"El dolor de los demás" / otras escrituras del yo

Luis Francisco Pérez

Publicado el 2018-06-10

Hace algo más de un año se publicó en el suplemento cultural Babelia un esclarecedor e informativo ensayo de Anna Caballé que utilizaba como título una inquietante interrogación: “¿Cansados del yo?” (1). La autora se preguntaba en dicho texto, sobre todo y como principal objeto de análisis, si “aquí y allá hay muestras de fatiga con relación a la autoficción. Fatiga debida en parte a la extrema dificultad de reconocer los límites del género y de saber qué estamos leyendo”. En literatura, en Arte, siempre es muy peligroso preguntarse por los límites de cualquier manifestación creativa –aviso que Caballé también recoge en su escrito–, aunque para quienes estamos más en el locus de las artes plásticas (en diferentes cometidos y situaciones) que en el de la literatura propiamente dicha, interrogarse acerca de los límites es una reflexión que nunca o casi nunca se manifiesta o plantea, de tan habituados como estamos, en esta parcela de la creación, a dar por hecho y asumido que hay una obligación de traspasar las posibles fronteras de cualquier disciplina artística. 

El análisis de Anna Caballé, insisto, es muy rico y sugerente en las consideraciones y los ejemplos que ofrece y comenta, pero su gran momento llega –y lo hace así como de pasada: el punctum barthiano del ensayo, como si dijéramos– cuando inteligentemente hace una distinción entre “autoficción” y “autobiografía”, que ella con acierto lamenta que se confundan entre sí, cuando “en mi opinión puede ser útil no confundirlos: juegan en campos distintos. En la autobiografía, el yo remite al autor, sin ambigüedades (que no significa que lo haga sin fracturas), y sin duda el género se ha afianzado a medida que el individuo ha ido perdiendo pie con relación a su lugar en el mundo”. Esta última frase me recuerda, y de una manera plenamente subjetiva, a El peso del mundo, unas raras y muy bellas memorias del escritor austriaco Peter Handke  ya lejanas en el tiempo, cuando esta actual pasión literaria ni siquiera había aparecido sobre el horizonte. Hay un gran contraste entre “autoficción” y “autobiografía”, y esta diferencia no siempre sutil, pues también se manifiesta de una forma grosera, es el punto de partida a donde queríamos llegar: el análisis de la última novela de Miguel Ángel Hernández, El dolor de los demás. Este libro posee, innegablemente, una querencia o vocación de ensayo. No tanto, que también, por el referente de casi idéntico título que cita  –Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag– como por la posibilidad de que esta novela sea, probablemente, más “ensayística” de lo que su limpia estampa narrativa demuestra. Por lo demás, el cambio de ‘El’ dolor de los demás por ‘Ante’ el dolor de los demás es posible que nos lleve a otra posible diferencia de talante, escala y registro entre autoficción y autobiografía. O, lo que es lo mismo, a las diferentes arquitecturas del yo en esos momentos de la vida en los que se siente de una manera implacable el peso del mundo.

Hay arranques e inicios de novelas (o expresado con diversa enunciación: de procesos narrativos) que más que simples principios de la historia que se pretende contar parecen impulsos y acometidas de un malestar (la palabra francesa ‘malaise’ quizá sea más apropiada en este caso) cuyas causas cuesta explicar. Son como empujes donde se mezcla la fuerza sentimental y afectiva del sujeto que narra con la violencia del objeto que ha provocado la implacable necesidad de ese decir, de ese devenir de una conciencia que relata una historia al mismo tiempo que se la explica a sí mismo. Así comienza –‘In medias res’ o a hechos consumados– El dolor de los demás: “Han entrado en la casa de la Rosario, dice tu padre desde la habitación de al lado, han matado a la Rosi y se han llevado al Nicolás”. Un plácido y sereno equilibrio de forma de vida y experiencia ha sido agredido y posteriormente destruido. A partir de este trauma inicial Miguel Ángel Hernández nos cuenta una historia trágica que él ha vivido en primera persona. Ahora bien, la escritura que utiliza posee los rasgos y el registro de una “escritura del desastre”. 

El homenaje al hermoso ensayo de Maurice Blanchot con este mismo título es más que un homenaje, es una necesidad expresiva donde quedan unidas y referenciadas forma y contenido, experiencia de vida y retrato generacional, trastorno íntimo y tragedia social. El que esa escritura del desastre parezca una novela y, lo que es más paradójico, que lo sea, serviría como testigo de cargo del propio desastre de la escritura: frases cortas, sencillas y limpias como pequeños latigazos aforísticos, imágenes de luminosa e hiriente transparencia como sinceros homenajes a la benjaminiana idea de la ruptura y la fragmentación, la tersura de la palabra escrita que no esconde el desfallecimiento e inoperancia del lenguaje ante el reto de narrar las dolorosas ruinas del pasado.

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De ahí que El dolor de los demás sea, en productiva paradoja, la más filosófica (es el raro ensayismo al que ya hemos hecho referencia) de las hasta ahora tres novelas escritas y publicadas por Miguel Ángel Hernández. Y ello a pesar de que se trata de la más prosaica y “realista” en el sentido que Courbet daba en su Manifiesto del realismo a este horizonte creativo: la imaginación en el arte consiste en saber encontrar la expresión más completa de algo que ya existe, sin jamás inventarlo o crearlo. El dolor de los demás es un relato ensayístico porque participa plenamente de la heteronomía que permite la propia autonomía del arte: lo narrado pertenece a un determinado régimen estético, que diría Rancière, pero sus objetos (la introducción como si fueran manchas pictóricas del pensamiento especulativo en el realismo de lo narrado) pertenecen a una esfera separada de ese régimen estético. Por eso aconsejo que esta última novela (¿novela?… un dispositivo visual, más bien) se lea junto a otro ejercicio de escritura que se publicó hace unos pocos años. Me refiero al estremecedor Cuaderno […] duelo. Obra esta (en el sentido plástico de la palabra) que vibra mucho más en consonancia con el relato que estamos comentando que con las dos entregas narrativas anteriores.

El dolor de los demás es, cómo negarlo, un laborioso proceso memorístico, o de memoria sanadora de quien se acerca al precipicio para verse a sí mismo en una interpretación dolorosa del mito de Narciso. De alguna manera ese tajo en la montaña une a los dos amigos protagonistas del relato, al asesino que pone fin a su vida lanzándose desde lo alto del despeñadero con el autor que recuerda y re-vive ese momento situándose él mismo en el borde de dicha sima. Tanto es así –me refiero al ejercicio de memoria– que el narrador de los hechos extrae la siguiente frase del ensayo citado de Susan Sontag: “La memoria es, dolorosamente, la única relación que podemos sostener con los muertos”. Es imposible estar más de acuerdo, pero en El dolor de los demás esa memoria está sostenida por un sofisticado discurso sobre el Tiempo o, más correctamente aun, sobre un doble declinar del Tiempo como si fuera un verbo reflexivo, lo que quizá sea, al menos en el Arte. Así lo creemos cuando comprobamos que el relato se divide en dos tiempos, alterna entre ellos. Dos tiempos que son dos maneras de narrar, dos registros de escritura, dos formas de sentimiento, dos desplazamientos sentimentales, dos experiencias (ayer y hoy) de la existencia, dos posibilidades de ensayar lo vivido (una como experiencia del pasado, y otra como manifestación del presente), dos manera de enfrentarse a lo que podríamos definir como “Ser en la Historia” (ayer) y “Ser en el Tiempo” (hoy), dos actos, en definitiva, de ejercer la autoría de la escritura como procesos que, en efecto, no deberían confundirse: la autobiografía –los capítulos más evocativos, dolorosos y proustianos donde la memoria es “recordada”: el peso del mundo–, y la ficción del Yo en un presente sin memoria que narra –e investiga–  los hechos acaecidos en un problemático paraíso de la adolescencia que en realidad nunca fue tal paraíso

El dolor de los demás es, ciertamente, una posible interpretación –con mucho de ensayo y teoría del arte, como corresponde al denso bagaje intelectual de su hacedor– de la novela de formación o aprendizaje (lo que en la teoría de la novela se conoce como ‘Bildungsroman’), pero esa interpretación o lectura está inundada (es importante que esto jamás se muestre ni demuestre) de una secuencia de intereses propia de la teoría o la filosofía del arte, las herramientas intelectuales con las que Miguel Ángel Hernández trabaja normalmente en sus ensayos. La novela que comentamos refleja esos intereses, pero en un enérgico “fuera de campo”. De ahí que El dolor de los demás sea una rara y magnífica novela, donde lo narrado son tanto categorías del tiempo y la temporalidad como de la memoria y el olvido, o de lo real y su ficción. Lo es, asimismo, porque en ella lo no dicho, los silencios, son tan importantes y necesarios como aquello que se expresa. Y en esta obra hay mucho silencio y fragmento y ruina y dolor y malestar, y realismos muy abstractos y abstracciones muy reales. 

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(1) Anna Caballé, “¿Cansados del Yo?”, Suplemento Babelia, diario El País, 07/01/2017