Nómada encallado en la modernidad*

Julián Meza

Publicado el 2019-04-14

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Vivo feliz de no tener, al igual que todo el mundo (aunque mucha gente crea no ser mestiza, sino, como los caballos, pura sangre o, como los perros, tener un inmaculado pedigree), uno, sino varios orígenes. Sólo me entristece no saber si soy también, como me hizo caer en cuenta alguno de mis antepasados, descendiente de gitanos. No obstante mi ignorancia, he descubierto que tengo algo de nómada y no quisiera perder esta rara condición. Nací en México como consecuencia de las causas y de los afectos (como dice una errata muy acertada en un poema de Borges, porque el mundo no está hecho de efectos, sino de afectos; casi nadie es efecto de lo que no se quiere o no se desea, aunque, paradójicamente, también es posible ser efecto de lo opuesto: lo que se detesta), pero mi geografía natal no anula mi relativa condición de nómada. Relativa porque tiene, sobre todo, más que ver con la dimensión onírica de la literatura que con la prosaica, áspera realidad que se resiste a ser seducida por la poesía.

El gitano es la representación más completa del nómada al que nunca se le ocurrió urdir la mentira de pertenecer a un pueblo elegido (jamás ha habido tal) e inventar que le esperaba una tierra prometida por la divinidad que lo eligió… sin razón alguna, pues no era ni mejor ni peor que todos los demás pueblos. Por esto no se dio cita en Palestina, en Rumania, en la Bohemia, en los Balcanes, en Andalucía o en las verdes praderas de Hungría, en donde tal vez hace miles de años domesticó el caballo, insufló vida a las marionetas e inventó una singular manera de leer en la palma de la mano la suerte y el destino. Tal vez cerró este ciclo de creatividad cuando inventó el primer instrumento de cuerdas en el Sur de la India: la cítara, con la que dio nacimiento a la música, porque como dijo el gran director de orquesta y compositor judío Leonard Bernstein: “En música todo se lo debemos a los gitanos”.

Cercados por la agresividad nacionalista (xenófoba y no pocas veces racista) de los ya caducos tiempos modernos (que no han sido sustituidos por una supuesta postmodernidad, ¿o acaso son postmodernas guerras como las de Afganistán e Irak y las estafas financieras que reiteran milenarias prácticas agiotistas de la especie, ahora encarnadas en agencias descalificadoras?), los gitanos persisten, sin embargo, en su voluntad de movimiento aun cuando son acosados y deportados, o se pretende encerrarlos en ghettos que ya han inaugurado, sumados a los de los palestinos, el universo concentracionario del siglo XXI. Sarkozy deportó gitanos que volvieron a Francia porque a donde llegan les informan que de ahí tampoco son. Berlusconi puso en práctica su desprecio por los romaníes en una Italia sometida a su satrapía (exceptuados sus dóciles machos, que la aceptan gustosamente). Cuando los campamentos de gitanos no han sido incendiados y sus ocupantes atacados por bandas racistas, il bernocchio ministeriale (la excrecencia ministerial) decide deportarlos a algún lugar de la antigua Yugoslavia, en donde también son rechazados.

El nómada también puede ser hoy una condición que se elige cuando se desprecia la petrificada inmovilidad nacionalista y patriotera en la que viven engolfados casi todos los pueblos, pero en la que destacan bandas de feroces vascos, rudos castellanos, fanáticos irlandeses, bárbaros ingleses, chauvinistas franceses, belicosos israelitas, provocadores palestinos, temibles rusos, criminales serbios, sensibleros mexicanos que lloran mientras pegan sonoros gritos de guerra al narcotráfico y estúpidos norteamericanos felices de entonar la cancioncilla que reza (son un pueblo creyente): Oh, say can you see…

Los gitanos nunca tuvieron a donde ir a restañar las heridas del genocidio llevado a cabo con ellos por los nazis (se calcula que pueden haber sido víctimas de este exterminio hasta un millón y medio de romaníes) porque, pese a todas sus maravillosas creaciones, nunca se inventaron un origen que remitiera a un terruño dado en propiedad por un dios iracundo y arbitrario o un papa abusivo y prepotente, o a símbolos de pertenencia tan disímbolos como la rosa (o las dos rosas, ensangrentadas y luego convertidas en una), el águila bicéfala (o monocéfala), el bulldog y el ciervo rojo, el oso devorador de morojos y la serpiente emplumada… frecuentemente desplumada por el águila calva.

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Por mi abuelo paterno mi pasado me remite a la Francia mediterránea y a la España de la judería: la sefardí, que no es la de los jázaros convertidos al judaísmo (ashkenazís) –como lo demuestra Arthur Köestler en La tribu número 13. Por el materno soy descendiente de un portugués garibaldino que peleó en Río Grande do Sul. De aquí procede, quizá, mi pasión por Sicilia, aun cuando tiene un peso enorme en este afecto la Magna Grecia, cuyas casi intactas huellas descubrí en Sagesta, Selinunte, Agrigento, Siracusa y Taormina.

Fui a Cerdeña porque tal vez tengo primigenios ancestros nuraghi y debido a mis afectos catalanes. Al llegar me dio la impresión de que la ciudad de Alghero me esperaba desde finales del siglo XIV, cuando fue repoblada por colonos del reino de Aragón y Cataluña. No tuve la misma impresión, por supuesto, al pasar por esa parte de la costa Esmeralda que es propiedad de poderosos truhanes globalizadores de la prepotencia, la estafa y el machismo.

Estuve en Constantinopla y Capadocia tanto para satisfacer la curiosidad de mi amiga Philareti, como para, primero, ver lo que ahí queda de la Magna Grecia y Roma (Afrodisias, la biblioteca de Celso y el templo de Adriano en Éfeso, Pérgamo…), y luego para despertar en el sueño bizantino del astuto emperador Constantino, que cristianizó el imperio para que Roma sobreviviera, y sobrevivió como prolongación griega durante casi toda la feudalidad y más allá. Este despertar se lo debo a mi amigo Álvaro Mutis, con quien comparto sus ideas monárquicas porque cada vez me siento más ajeno a esas democracias en donde el electorado elige como sus representantes a sargentos, cantantes de cruceros, socialistas cuyos enemigos principales son la socialdemocracia y el estado benefactor, subnormales como el que decidió la guerra que no cesa en Afganistán y en Irak (los gobernantes norteamericanos nunca han sabido terminar las guerras que han iniciado después de la II Guerra mundial), vendedores de refrescos, sulfurosos abogados decimonónicos o, como decía Lenin que iba a ocurrir en el comunismo: cocineras –con bigotes de mariachi de Pénjamo o de Chaplin vallisoletano– capaces de conducir la nave del estado. A Lenin se le olvidó añadir que a fin de cuentas la conducirían tan mal que la harían naufragar en el mar de las burbujas inmobiliarias y los fraudulentos sargazos financieros.

Aún no he estado en Córcega, adonde me invitan a ir sus dólmenes y menhires, su pasado greco-romano y algunos rasgos del famoso y, no siempre con razón, desprestigiado corzo, pero no los de sus fanáticos nacionalistas. Sí, en cambio, la peculiar historia de un bandolerismo que tal vez se parezca en algo al del controvertido y seductor bandido siciliano Salvatore Giuliano.

En Malta descubrí una historia muy anterior a la de los monjes militares que, apadrinados por Inocencio III, junto con mercenarios y comerciantes genoveses y, sobre todo, venecianos, saquearon el imperio bizantino y en particular Constantinopla. De la misma manera que en el caso de Cerdeña, la prehistoria de esta isla es de una extraordinaria riqueza y –esto es algo por lo menos curioso–, al igual que en el caso de la otra, por inexplicables razones aquí tampoco estuvieron los antiguos griegos.

Aún no he ido a Chipre, pero ahí estaré porque tal vez nací de la cabeza de Afrodita, de la misma manera que ella nació de la de Zeus, el padre de todos los dioses habidos y por haber y el único que me resulta atractivo debido a esos humanos aciertos y desaciertos que hacen de él  una divinidad a la medida del hombre.

En varias ocasiones he estado en Pompeya porque es una prueba viviente o una piedra viva que habla con serenidad y, por lo tanto, sin prosopopeya: sin lugar a dudas, cierto tiempo pasado sí fue mejor.

Muy pronto estuve en Creta, tal vez porque esta isla es el inicio del recorrido que me metió en el laberinto por donde camino hace unos veinte mil años, cuando mis ancestros esgrafiaron en cuevas los símbolos de los misterios que nos acompañan desde entonces: la vida, la muerte, la sexualidad, la amistad y el amor, que siguen siendo la verdadera existencia frente a lo que parecer ser el siniestro destino del planeta en la actualidad: la muerte, única y exclusivamente la muerte, que de ninguna manera es vivida como un misterio, sino como un vulgar acontecimiento lapidariamente normal.

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Vuelvo al pueblo no elegido porque nunca se le ocurrió tamaña necedad: el gitano, que jamás hizo la guerra porque nunca tuvo un territorio que defender ni una religión o una ideología que imponer construyendo mazmorras para torturar y levantando hogueras y cadalsos para quemar, ahorcar, decapitar, fusilar paganos, infieles, herejes, impugnadores, disidentes y heterodoxos. En pocas palabras: para exterminar a los otros, a los que se equivocan porque no son como el exterminador.

El gitano es hoy el símbolo de los desposeídos del planeta que viven en sus márgenes o en su periferia, o la racaille (la escoria), como dijo en su día un presidente francés desde la plataforma de una xenofobia muy próxima al racismo. El gitano es el símbolo de la única posibilidad para nuestra especie si algún día las fronteras de los nacionalismos llegan a su fin –aun, como está ocurriendo, de mala manera, por la intensa práctica anarquista de las agencias descalificadoras. Como los gitanos seremos, entonces, habitantes de la casa Tierra, que no es la del ingenuo Gorbachov, sino la que imaginaban Romain Rolland, Stefan Zweig, Charles-Ferdinand Ramuz y sigue imaginando un hombre que lucha contra el aplastante dominio de la imbecilidad en nuestro tiempo: Edgar Morin. Mientras tanto nos quedan los sueños, y yo celebro los que nos dejaron otros dos grandes nómadas en sus obras literarias: Louis-Ferdinand Céline y Jorge Luis Borges.


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Cuando vivo demasiado en mi inevitable arraigo mexicano sin democracia, sin civilidad y sin ley ocurre que ya no me desespero como antaño; me aburro. La democracia, la ciudadanía, la ley, la libertad en México son promesas incumplidas que exigen una constante crítica creativa que, cuando no se es asesinado o injustamente encarcelado, a veces por cansancio se deja de ejercer. El arraigo puede ser creativo, y de hecho lo ha sido para mí, pero el desarraigo siempre es más creativo. Los israelíes empezaron a inventar su fantástica historia mitológica cuando fueron conducidos al cautiverio (o volvieron de este) en la imaginativa Babilonia. La continuaron cuando recorrieron el camino a la esclavitud en el no menos imaginativo Egipto y en su huída por el desierto y la montaña, en donde se les dio un código ético que anticipadamente dejaron de respetar, porque les resultaba más atractivo y conveniente el becerro de oro. Hoy han olvidado esa fantástica historia debido a un ansia de poder que se realiza a costa de un pueblo que, por su nomadismo, pudo haber sido próximo al gitano: el palestino. Además, la historia en la que ahora viven los israelíes no fue invento suyo porque la democracia moderna no remite (es obvio) al Antiguo Testamento, sino a esa Grecia que despreciaba las leyendas judías y cristianas, aun cuando más tarde algunas creencias e ideas griegas (como las del quinto evangelista: Aristóteles), al igual que otras tantas del imperio romano, hayan sido manipuladas y convertidas en parámetros por los disidentes israelitas de las diversas sectas cristianas de los primeros tiempos de nuestra era.

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Independientemente de las creencias, hay seres humanos que privilegian la sensibilidad, en ciertos momentos superior a lo razonable. Uno de esos seres humanos es Cess Nooteboom, brillante escritor holandés que tiene, sin serlo, mucho de gitano por su condición de singular nómada.

Recorrer la España perdida (como yo la Grecia de otros tiempos)  y, aun cuando pueda ser difícil de creer, aún ajena al turismo, es una pasión de este escritor, pero de pronto su sensibilidad lo lleva a dimensiones desconocidas. Fuera del Mediterráneo hay otros caminos que conducen o, por mayor precisión, conducían a lugares que, a diferencia de la Grecia clásica adonde aún se puede ir gracias a su amplia estela civilizatoria, ya no existen. Nooteboom llega al aeropuerto de Ámsterdam sin saber a donde va a ir y, frente al tablero de partidas decide volar, por ejemplo, a Banjul, Gambia o a La Paz, Bolivia, a donde puede ir no sólo porque le asalta  sin descanso y quiere escapar a la “gustosa nada de la vida” que hiere su sensibilidad, sino porque su intuición le dice que puede contemplar de cerca algo de lo que fue otra realidad, otra manera de ser. Yo fui a Bolivia de forma parecida: nunca había pensado en ir a La Paz, pero estaba harto de los ataques de “la gustosa” cuando recibí una inesperada invitación para asistir a un congreso (que bien pudo haberse llamado Aburridas divagaciones sobre el Ser y la Gustosidad) en esa inhóspita cresta de los Andes. Nooteboom encontró en La Paz mucha gente que puede vivir y de hecho vive en las calles sin asfaltar que rodean el principal mercado de la ciudad y están a un paso de su distrito financiero; y esta gente vive totalmente al margen de las crisis financieras y otras zarandajas por el estilo, aunque la mayoría de las mujeres que van por esas calles lleva un londinense bombín. Yo confirmé en La Paz algunos rasgos comunes a la capital de México y a otras capitales latinoamericanas, como Lima y Bogotá: conductores de esperpénticos autobuses, gobernantes, políticos, monopolios (sindicales o privados), militares que arrollan impunemente a ciudadanos despojados de su ciudadanía. La Paz también fue para mí la puerta de acceso para imaginar la vida en un mundo precolombino cuyas extraordinarias construcciones pude admirar, pero no entender porque, para mí, las piedras milenarias sobre las que se yergue la ciudad mestiza de Cuzco son tan mudas como las de Machu Picchu o, en otras regiones de América Latina, las de Palenque o las de Teotihuacán.

Cees Nooteboom no sólo confirmó mis sospechas de que el nomadismo es una elección acertada; me convenció de que es la auténtica condición del hombre que, a imitación de los antiguos, quiere seguir descubriendo el mundo, la vida, la condición humana. Además, desde el momento en que lo leí me di cuenta de que no estoy errado cuando pienso que los nacionalismos son algunas de las peores pestes que han asolado y siguen asolando el planeta. Baste con echar una mirada a estos en la Rusia, la China, los USA y en casi en todas las latitudes y paralelos del planeta donde hoy las patriochadas (aleación de patrioterismo y paparruchadas) inhiben la ciudadanía, la confiscan o, por medio de la violencia, impiden que se practique.


Doy gracias a este gran holandés que reafirmó la idea de que mi pasión por el Mediterráneo tiene por lo menos una razón de ser: el Mare Nostrum es un capítulo fundamental en la historia del nomadismo fundador de Occidente. Los griegos fueron a Troya, a Sicilia, al Bósforo, los romanos a Hispania, a Britannia, a Egipto, los bizantinos al reino vándalo en África, a Italia, a Spania, los catalanes a Cerdeña, a Sicilia, a Nápoles, y los grandes desplazamientos de estos y otros navegantes a lo largo de los siglos han hecho de la historia del Mediterráneo una historia sin final porque aún no ha acabado de escribirse, y acaso no se acabará de escribir jamás.

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* Este texto fue publicado en Salonkritik hace algunos años. Lo republicamos aquí por varios motivos, entre los que se puede mencionar la celebración, el pasado 8 de abril, del pueblo gitano y a su autor, un amigo y un maestro muy querido al que siempre es un gusto necesario recordar.

Julián Meza (Orizaba, Veracruz, 1944;Ciudad de México, 2012)

Narrador y ensayista. Estudió el doctorado en Historia Económica y Social en el École Pratique des Hautes Études de París. Ha trabajado como docente e investigador de ciencias sociales. Miembro del consejo de redacción de La letra y la imagen, suplemento de El Universal ilustrado; editor de la revista Estudios. Filosofía, historia, letras, del itam. Miembro del SNCA desde 1997. Escribió y publicó numerosos libros entre los que podemos citar: Cándidos y tartufos (1989), La huella del conejo (1991), Sicilia la piedra negra (2008), Constantinopla, la isla del mediodía (2011).