Zum Bilde Benjamins / Para una imagen de Benjamin

Manolo Laguillo

Publicado el 2018-07-15

Walter Benjamin nació el 15 de julio de 1892, hoy hace exactamente ciento veintiséis años. A los casi ochenta años de su muerte, y una vez concluida la publicación de su obra en Alemania, esta está también disponible en las principales lenguas de nuestro ámbito cultural (1). De manera que para entrar en sus textos solo hace falta tener ganas, tiempo y paciencia (2).

Benjamin es un autor complejo por al menos tres razones. De entrada está su manera de usar el lenguaje, que responde tanto a que seguramente no le hubiera importado ser un culterano (3) –permítaseme esta transposición– como a su extraordinario dominio del alemán. A la vez que se va superando el escollo del lenguaje, es normal que en un primer momento el lector se interrogue ante muchos de sus textos no ya acerca del posicionamiento de Benjamin sobre el asunto en cuestión sino, más radicalmente aun, acerca del asunto, y se diga a si mismo: “¿pero de qué va esto, cuál es el tema, de qué está hablando este hombre?”. Este virtuosismo por mor de la veladura, con todo, no ocurre por el mero gusto de ejercitarlo, sino que está dentro de un programa, al servicio de un propósito. Benjamin era muy consciente de hasta qué punto el lenguaje se desgasta y pierde fuerza, y por ello se movía deliberadamente en el límite de lo que se puede decir, en la frontera de lo expresable mediante las palabras. El contexto es su interés profundo –que comienza antes del estallido de la Primera Guerra Mundial y cultiva hasta el final– por la Ursprache, el lenguaje primordial, originario, paradisíaco, cuyo olvido nos lleva al desastre.

La segunda dificultad tiene que ver con el hecho de que Benjamin se interesó por una cantidad inmensa de temas: su curiosidad abarcó desde la filosofía del lenguaje a la de la historia, pasando por la metafísica, la sociología, el materialismo histórico y la cábala. Pero tras estas rúbricas generales se esconde lo particular: de Proust a Baudelaire, de los surrealistas al haschisch, de Bachofen a Karl Kraus, de Hölderlin y Goethe a Hofmannsthal y Kafka, de la ‘high culture’ a la cultura popular, pero también de los emblemas y acertijos visuales a los juguetes infantiles, de los pasajes parisinos al mesianismo, del cine a Brecht, del subalterno al intelectual o de la teoría de la traducción a la magia del lenguaje. Benjamin se describía a si mismo diciendo que poseía al menos dos caras, como Jano. Esta aparente dispersión no nos lo pone fácil, aunque sin duda alguna exista un tono inequívocamente benjaminiano, una forma, inconfundible y única, de acercarse a los asuntos que le es propia.

En tercer lugar están las capas de literatura secundaria que se han ido acumulando sobre Benjamin en las sucesivas oleadas de recepción que ha sufrido su obra a partir de los años sesenta del siglo pasado. La manera más probable de toparse hoy con él es a través de una cita, que en muchas ocasiones no lo es de la fuente primaria, sino de una secundaria. A Benjamin, que es seguramente uno de los autores más mencionados en historia del arte, arquitectura, diseño, fotografía, museología o estudios culturales –es decir, no tanto en los campos académicos centrales, los que por naturaleza estarían más cercanos a él, como la filosofía, los estudios literarios, la filología germánica, sino en aquellos ámbitos periféricos que él contribuyó a fundar–, a Benjamin se le cita mucho y a veces muy mal. Bastantes acercamientos a su trabajo tienen un carácter depredatorio. Citarlo prestigia –es un autor de culto– aunque la cita no venga demasiado al caso. Su lenguaje oracular propicia su apropiación por parte de tirios y troyanos. En este sentido, y tras la primera recepción, la de los años sesenta, que favoreció una lectura sesgada por predominantemente marxista –es la que hace Jesús Aguirre en su selección y traducción al castellano de comienzos de los setenta–, a partir de los setenta y ochenta, precisamente cuando empiezan a estar poco a poco disponibles todos sus textos, se comienza a reivindicar su faceta esotérica y se empiezan a recuperar sus textos más metafísicos.

En el importante libro que su amigo Gershom Scholem publica en 1975, siete años antes de morir, y donde él relata la historia de su amistad (4), se realiza una operación en este mismo sentido, pues trae a la luz la parte judía del pensamiento de Benjamin. No es de extrañar que en este libro Scholem subrayase el papel fundamental que él tuvo, en su calidad de interlocutor de primera fila, en el curso de la biografía intelectual del amigo, y que destacase los elementos judaicos: ese es, al fin y al cabo, el terreno, vital y de estudio, donde Scholem jugaba. Pero lo que lo convierte en único es su valor testimonial, pues solo él se tomó el trabajo de tomar sistemáticamente nota de la convivencia, los encuentros y la correspondencia que tuvo lugar entre ambos desde 1913 hasta 1940 (5).

Es esta faceta del libro de Scholem la que hoy, con motivo de su 126 cumpleaños, me interesa destacar. Deseo presentar una imagen del Walter Benjamin hombre para celebrar su memoria. Para ello he seleccionado y traducido aquellos lugares en los que Scholem escribe sobre su aspecto, fisonomía y gestualidad. Pero también aquellos párrafos en los que, al hilo de acontecimientos concretos, cuenta de su personalidad y manera de ser. Es obvio que la de Scholem está detrás y que, inevitablemente, hace de filtro (6). Pero hay dos cosas de las que no hay duda: de la honestidad e inteligencia del testimonio, es decir, de su calidad, que se manifiesta en su perfecto respeto, y de la profunda amistad que unió a estos dos hombres durante casi treinta años (7).

Benjamin le dedicó a lo largo de los años veinte y hasta mediados de los treinta una considerable atención a Proust. Comenzó a leerlo tempranamente, en 1919, y diez años más tarde, en 1929, cuando ya había empezado a traducirlo (8), se publicó en tres entregas del semanario Die literarische Welt su ensayo Zum Bilde Prousts [Para una imagen de Proust]. La primera frase de este texto dice así: “Los trece volúmenes de A la recherche du temps perdu de Marcel Proust son el resultado de una síntesis inconstruible, en la que se juntan, para formar una obra autobiográfica, el ensimismamiento del místico, el arte del prosista, la verve del escritor satírico, el saber del erudito y la parcialidad del monomaníaco.” Me gustaría que esta caracterización de Proust, perfectamente aplicable a quien la escribió, sirviese de ayuda en lo que sigue.

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[GS inicia su libro con el párrafo que viene a continuación. Las fechas de cada entrada se deducen con una precisión suficiente a partir de ellas mismas o de las contiguas.]

Quedan muy pocas personas vivas con unos recuerdos exactos y profundos de Walter Benjamin. Él conoció a mucha gente en un trato superficial, pero solo a muy pocas les permitió el acceso a su interior. Es muy lamentable que quienes estuvieron cerca suyo apenas hayan consignado por escrito lo que recordaban de él. Al medio año de su muerte procuré mover a Dora –su ex mujer, que fue quien seguramente lo conoció mejor a lo largo de quince años– a que escribiera lo que sabía de su vida y de su auténtico ser, pero por desgracia fracasé.<7>

Antes de conocerle personalmente vi a Benjamin en el otoño de 1913 durante un encuentro […] entre el grupo judío sionista al que yo pertenecía […], que hacía proselitismo entre los alumnos de los cursos superiores de los centros berlineses de bachillerato, y el así llamado ‘Parlamento de la juventud’, un grupúsculo situado bajo la influencia de Gustav Wyneken que estaba integrado en la ‘Jugendbewegung’ [Movimiento de la Juventud], y que también buscaba adeptos entre esos mismos centros. Estos ‘parlamentos’ también estaban formados mayoritariamente por judíos, algo que la literatura posterior silencia adrede. Se habían reunido unas ochenta personas con la intención de expresar su relación con la herencia alemana y judía. De cada lado tomaron la palabra dos o tres oradores. El orador principal del grupo de Wyneken era Walter Benjamin, y sobre él corría el rumor de que era, de entre todos ellos, la cabeza mejor dotada. Pronunció un discurso muy sinuoso, que aunque de entrada no rechazaba el sionismo, de alguna manera lo arrinconaba, y cuyo tenor y detalles ya no recuerdo. Sí que guardé en la memoria su forma de comparecer. Sin mirar a los presentes habló con mucha intensidad y con unas palabras que hubiesen podido ir, sin necesidad de corrección, directamente a la imprenta. Las dirigió hacia uno de los rincones del techo de la sala, un punto sobre el que fijó todo el tiempo su mirada, sin apartarla de ahí ni un momento. Lo que los sionistas le respondieron también lo he olvidado. <10>

Cuando conocí a Benjamin todo esto pertenecía al pasado. La Primera Guerra Mundial había estallado y se había llevado por delante a la ‘Jugendbewegung’. Yo estaba en el primer semestre de la universidad, donde estudiaba matemáticas y filosofía, y fuera de ella, pero con una intensidad como mínimo similar, hebreo y las fuentes textuales del judaísmo. A finales de junio de 1915 asistí a una conferencia de Kurt Hiller, de quien había leído La sabiduría del aburrimiento. Éste realizaba, situándose por decirlo así en las huellas de Nietzsche, una vehemente denuncia de la historia como un poder enemigo del espíritu y de la vida que me parecía completamente errónea e inadecuada. ¿La historia? ¡Un disparate! Vivimos sin historia, ¿qué nos importa todo este cuento de los milenios? ¡Vivimos con los congéneres que han nacido a la vez que nosotros! Estas fueron las palabras con las que resumí en mi diario la substancia de la conferencia. Al final de la misma se anunció que una semana más tarde tendría lugar una discusión sobre ella en la residencia de la Asociación Libre de Estudiantes, que estaba por Charlottenburg. Acudí, me apunté junto con muchos más en el turno de palabras, y protesté de una forma bastante desamparada contra el concepto de la historia de Hiller, con el resultado de que me gané el disfavor de quien presidía el acto, el Dr. Rudolf Kayser, un amigo de Hiller, quien me quitó sin más la palabra en un momento de titubeo. En este acto Benjamin volvió a hablar, y nuevamente me llamó la atención por la postura que adoptaba al hacerlo, y que he descrito más arriba. Esta postura tenía seguramente que ver con su pronunciada miopía, que le dificultaba la percepción de grupos en movimiento.

Unos días después, entrando en la sala de fichas de la biblioteca de la universidad, me topé cara a cara con Benjamin. Éste me miró intensamente, como si estuviese intentando acordarse de quién era yo. A continuación salió de la estancia, pero en seguida volvió a entrar, se inclinó de forma irreprochable ante mi y me preguntó si yo era aquel señor que había tomado la palabra en la sesión vespertina sobre Hiller. Le contesté afirmativamente. Siendo así, me dijo que deseaba hablar conmigo sobre lo que yo había dicho, y me solicitó mi dirección. El 19 de julio recibí una invitación: “Muy señor mío – deseo pedirle que venga a visitarme el jueves de esta semana hacia las cinco y media.” Más tarde recibí una llamada que adelantó la invitación al día anterior.

De manera que le visité por primera vez el 21 de julio de 1915. La casa en Grunewald, que era de sus padres, era la de la esquina de la Delbrückstraße número 23 con la Jagowstraße (hoy Richard Strauss Straße). En ella tenía una grande y muy correcta habitación con muchos libros, que me pareció un gabinete de filósofo. En seguida entró ‘in media res’. Se estaba ocupando a fondo de la esencia del proceso histórico y estaba dándole vueltas a cuestiones de filosofía de la historia. Por eso le había interesado lo que yo había dicho y me pedía que le desarrollara más aquello a lo que yo había querido aludir cuando le planteé mis reservas a Hiller. Así dimos en hablar rápidamente de las cosas que me ocupaban entonces especialmente, el socialismo y el sionismo. Yo ya estaba en el bando del sionismo desde hacía cuatro años […]. Al estallar la guerra, frente a la que me posicioné con el más absoluto de los rechazos […], me encontré inesperadamente en el mismo lado político de mi hermano Werner, que era algo mayor que yo, que se había afiliado al Partido Socialdemócrata, y que se encontraba en el bando de la minoría antibelicista. Por aquel entonces yo leía mucho sobre socialismo y materialismo histórico, pero ante todo sobre anarquismo, que era lo que me resultaba más simpático. […] Yo intentaba unir en mi estos dos caminos del socialismo y del sionismo y le hablé a Benjamin sobre ello, quien estuvo de acuerdo con que podían ser dos caminos viables. Yo asimismo estaba muy influido, como todos los sionistas, por Martin Buber. […] Pero Benjamin adujo muchas reservas en contra de Buber, que encontraron en mi un eco tanto más positivo por cuanto la postura positiva de Buber y sus principales discípulos respecto a la guerra (la así llamada “vivencia” de la guerra) ya había despertado mi especial animadversión. De este modo Benjamin y yo arribamos al punto en que empezamos a hablar del posicionamiento en relación con la guerra. Ahí le expliqué que compartía la visión de Karl Liebknecht, que había votado en el Reichstag desde finales de 1914 contra la autorización de los créditos de guerra. Benjamin me dijo que él estaba por completo de acuerdo con esa posición. […] Yo participaba con mi hermano desde comienzos de 1915 en los encuentros que hacían sin permiso policial los socialdemócratas antibelicistas en un restaurante en Neukölln, donde los principales dirigentes de la oposición informaban cada 14 días sobre la situación interna. Todo esto le interesó mucho a Benjamin, y así manifestó su interés en participar sin demora en alguna actividad de la oposición. Le invité a que viniera a verme al día siguiente para que pudiera leer los textos que este grupo había sacado. Entre ellos se encontraba sobre todo el primer y único número de Die Internationale, la revista editada por Rosa Luxemburg y August Thalheimer, en cuya distribución ilegal participábamos mi hermano y yo. Nuestra primera conversación duró más de tres horas.

El primer rasgo que me llamó la atención, y que de hecho siguió siendo característico de él a lo largo de toda su vida, fue que en el curso de la conversación nunca se quedaba sentado, sino que en seguida empezaba a caminar por la estancia mientras formulaba las frases, y que entonces solía pararse delante de uno y exponía su postura usando una entonación especialmente intensa, o formulaba otras posibles posturas alternativas como si experimentara. Si estabas a solas con él con frecuencia te miraba a la vez con los ojos muy abiertos. Cuando en cambio hablaba en un círculo más amplio, como ya he dicho a menudo concentraba la mirada en el rincón más alejado del techo, lo que le proporcionaba un aspecto casi mágico. Esta inmovilidad de la mirada contrastaba fuertemente con su gestualidad, que era por demás vivaz.

Estaba hablando de su aspecto. Benjamin no era lo que se dice guapo, pero impresionaba por su frente, que era inusualmente despejada y alta. Sobre ella llevaba un cabello espeso, bastante elevado y de color castaño oscuro, ligeramente ondulado y apenas dominable; así lo conservó, aunque más tarde encanecido, hasta el final. Su voz era bella, melodiosa y convincente. Leía en voz alta de una manera extraordinaria, e irradiaba sin alzar el tono una fuerte energía. De estatura mediana, era entonces, y lo siguió siendo durante años, muy delgado. Vestía de una forma especialmente discreta, y solía inclinarse ligeramente hacia delante. No creo haberle visto jamás con la cabeza erguida. Su andar tenía algo inconfundible, era mesurado, cuidadoso y como tentativo, que seguramente era achacable a su miopía. No le gustaba andar de prisa, y yo, que era mucho más alto que él, que tenía piernas largas y era más rápido, tenía trabajo para adaptarme a su paso cuando íbamos juntos. Muy a menudo se quedaba parado y seguía hablando. Desde atrás era fácil reconocerlo por su caminar, y esta manera tan suya se agudizó con el paso de los años. Bajo la frente llamaban la atención las gafas de gruesos cristales, que a menudo se quitaba al conversar; entonces aparecían de forma muy impresionante sus ojos, que eran de un azul oscuro. Su nariz era regular, la parte inferior de la cara era por entonces aún bastante blanda, su boca era llena y sensual. La mitad de abajo de su rostro contrastaba por su desarrollo todavía incompleto con la ya madura de arriba, expresiva y fuerte. Cuando hablaba su rostro adoptaba sin embargo una expresión extrañamente cerrada, como más bien vuelta hacia dentro. Siempre fue con un bigote bastante espeso, pero el resto se lo afeitaba. El tono de la piel de su cuerpo era de un blanco decidido, mientras que el de la faz tendía a ser ligeramente rojizo. Tenía unas manos muy bonitas, finas y expresivas. La impresión general de su fisonomía era plenamente judía, pero de una manera callada, incluso introvertida. Las mejores fotografías que existen de él son las de Germaine Krull (1926) y las que le hizo unos diez años más tarde, en París asimismo, Gisèle Freund.

Sus maneras eran ya de entrada extremadamente corteses, lo cual creaba una distancia natural y parecía que invitaba a que el interlocutor adoptara un comportamiento similar. Esto resultaba en mi caso especialmente difícil, pues por naturaleza yo no tendía a ser cortés y desde muy joven me acompañaba una cierta fama de tener unas formas provocativas. A Benjamin no le iba nada el modo descarado e impertinente tan típico de Berlín, que yo usaba al relacionarme con los amigos de mi edad, de manera que él fue casi la única persona con quien me comporté casi siempre cortésmente. Había un punto, evidentemente, en que podía tratarle sin miramientos. Benjamin a veces usaba al hablar el dialecto de Berlín, pero sin hacer ostentación, como imitando, aunque ese no fuese su fuerte. Él había nacido y crecido en el Oeste, una zona donde el dialecto ya estaba en vías de desaparecer, mientras que yo provenía del Berlín viejo, de manera que las formas dialectales y de comportamiento del Friedrichsgracht y del Märkische Viertel me resultaban naturales. Y así yo caía a menudo, cuando la cosa no iba de filosofía o teología, en el berlinés puro, un terreno en el que yo le ganaba, algo que él recibía sorprendentemente con mucha gracia y sentido del humor. A cambio yo estaba muy por debajo de su nivel cuando de hablar en alemán culto se trataba. Su forma de hablar me influyó con el tiempo muy fuertemente, y yo empecé a usar algunos de sus manierismos, como el posicionamiento enfático del ‘se’ en los verbos reflexivos. La palabra que para él expresaba el máximo reconocimiento era en esos años ’extraordinario’, que siempre pronunciaba con una entonación especial. Entre las expresiones que usaba para criticar gozaba de un alto predicamento ‘hipocresía objetiva’. Por aquel entonces no utilizaba jamás giros judíos y solo empezó a emplearlos más tarde, influido por Dora y por mi. […] Cuando conocí a Benjamin él acababa de cumplir veintitrés años, mientras que yo tenía diecisiete y medio. <12-18>

Tratar con Benjamin era difícil, a pesar de que lo disimulaba su cortesía sin fisuras y su disponibilidad para escuchar y responder. En torno a él había siempre un área de exclusión hecha de taciturnidad que se reconocía intuitivamente, y que quien estaba enfrente percibía aunque no ocurriesen las acciones que Benjamin llevaba a cabo para hacerla visible. Estas consistían principalmente en un secretismo llevado hasta la excentricidad, que reinaba en general en todo lo que tenía directamente que ver con él, pero que, como es lógico, a veces se veía quebrado inesperadamente por confidencias y comunicaciones personales. Había sobre todo tres dificultades. Atenerse a la primera, el respeto a su soledad, era fácil, bastaba con seguir el dictado de un sentido natural de los límites. Rápidamente entendí que él este respeto, una condición sine qua non para tratarlo, lo sabía apreciar y que fomentaba su confianza. Me resultaba igual de fácil ajustarme a la segunda dificultad, a saber, a su total rechazo a hablar del día a día político y de lo que ocurría en el frente. […] En aquello años solo podía acceder a un trato cercano con Benjamin quien como yo compartía esta postura, o quien la tenía en cuenta. […] Ajustarse a la tercera dificultad, no tenerle en cuenta su secretismo, exigía a menudo un verdadero esfuerzo, pues en una persona tan seria, incluso melancólica, este poseía algo que rozaba lo hilarante. Solo a disgusto pronunciaba los nombres de amigos y conocidos, de hecho evitaba hacerlo si podía. Cuando mencionaba las circunstancias de su vida solía insistir en la petición de un mantenimiento absoluto del secreto que solo en contadas ocasiones tenía sentido. Poco a poco, aunque nunca por completo, se fue relajando este secretismo que otros también habían llegado a percibir, y así comenzó a hablar de las personas sin convertirlas en seres anónimos. <34-35>

A ello se añade la sensación inmediata de genialidad: la claridad, que brotaba a menudo de su oscuro pensamiento, la energía y agudeza con que experimentaba al hablar, y la inesperada seriedad, salpimentada mediante formulaciones chistosas, con que le entraba a los temas que bullían en mi interior –mi convicción sionista y las cuestiones que se derivaban de mis estudios matemáticos y filosóficos– y que en realidad a él le resultaban lejanos. Pero sabía escuchar muy bien, sin detrimento de que también le gustaba mucho hablar y durante largo rato. Suponía en quien tenía enfrente un nivel de conocimientos muy superior al que realmente poseía. De manera que cuando yo declaraba mi ignorancia se mostraba extrañado. Planteaba preguntas muy buenas, que a menudo resultaban sorprendentes. […] También sorprendía en él una hipersensibilidad al ruido, de la que frecuentemente hablaba llamándola su ‘psicosis de ruido’. Este le podía llegar a demoler. En una ocasión me escribió: “¿La gente descansa? Me gustaría saberlo.” <36>

Durante mi visita jugamos varias veces al ajedrez. Benjamin lo hacía de una manera increíblemente lenta y sin mirar. Como yo era mucho más rápido él siempre iba a remolque. Perdí una partida en la que Dora y él jugaron contra mi.

Quizá sea este un buen sitio donde mencionar que a Benjamin le gustaba mucho, ya por aquel entonces, leer novelas policíacas, sobre todo las traducciones de las novelas clásicas americanas y francesas que se publicaban en una colección editada en Stuttgart, como las de Maurice A. K. Green, Emile Gaboriau (Monsieur Lecoq) y en la temporada que pasó en Munich las de Maurice Leblanc sobre Arsène Lupin, el ladrón de guante blanco. Más tarde leyó mucho al sueco Heller y en los años treinta a Georges Simenon, a quien me recomendó en sus cartas. […]

Benjamin permaneció hasta el 20 de diciembre de 1916 en Munich, donde había comenzado en el semestre de verano a estudiar, bajo la tutela del americanista Walter Lehmann y por su estrecha conexión con el interés que abrigaba por la mitología, la cultura mexicana y la religión de los mayas y aztecas. Estas clases estaban muy poco concurridas, y menos por estudiantes; en ellas Benjamin aprendió a apreciar la figura del sacerdote español fray Bernardino de Sahagún, a quien se debe grandemente la preservación de las tradiciones mayas y aztecas. En Munich, entre mediados de noviembre y mediados de diciembre, tuvo contactos esporádicos con Rilke, de cuya cortesía me habló en un tono muy admirativo – él, que con su cortesía chinesca suponía para mi el máximo en ese terreno. En Berlín vi luego sobre su escritorio el grueso Diccionario Azteca - Español de Molinos, que se procuró con la intención de aprender azteca, algo que nunca llegó a realizar. El recuerdo de lo que Benjamin me había contado acerca de la atmósfera que reinaba en las clases de Lehmann me indujo a visitarlas cuando llegué a Munich en 1919. En ellas leí himnos mayas a los dioses, y aun hoy soy capaz de recitar algunos de ellos en la lengua original.

Benjamin se hubiese podido encontrar en Munich con Kafka, quien hizo el 10 de noviembre de 1916 una lectura pública de su narración “En la colonia penitenciaria”. Por desgracia se la perdió, y en ocasiones he especulado acerca de lo que hubiese podido suponer el encuentro de estos dos hombres.

En las conversaciones que mantuvimos en Seeshaupt Benjamin mencionó que veía su futuro como profesor de filosofía. Con el recuerdo aun fresco de esas conversaciones yo escribí entonces: “Si Benjamin llegara a enseñar de forma esencial historia de la filosofía no habría nadie que le entendiera, pero tendría mucha asistencia si se llegasen a plantear las preguntas de verdad y la cosa no se limitase meramente a poner etiquetas.” <46-48>

Era evidente su relación íntima con los objetos que poseía, libros, obras de arte y productos artesanales, a menudo provenientes del medio rural. Siempre que estuve con él, hasta en mi última visita a París, encontró placer en enseñarlos. Se los daba a la visita para que los tocara y desarrollaba sus observaciones como un pianista que improvisa. En esos meses me sorprendió ver sobre su escritorio una baldosa bávara de color azul con un Cristo de tres cabezas. […] En su cuarto colgó durante mucho tiempo una reproducción del altar de Grünewald en Colmar, que fue a ver expresamente en 1913 cuando aun estudiaba. Las referencias a estas imágenes, que le emocionaban por su “inexpresividad” –así solía denominarlo–, abundan en sus escritos de esos años. En los años veinte era capaz de disertar filosóficamente a partir de los juguetes de su hijo. Y así trajo de Moscú un puñal de plata que usó para extenderse de una forma solo a medias irónica sobre el terror. En París colgaba de la pared la hoja con el muestrario de un tatuador que había conseguido en Copenhague, para él un especial motivo de orgullo que situaba al mismo nivel que los dibujos infantiles y el arte primitivo. <51-52>

En junio de 1918 encontramos en un librero anticuario de Berna el primer volumen del Bilderbuch für Kinder [Libro de imágenes para niños] de Bertuch, [el hispanista NT] que perteneció al círculo de Goethe en Weimar […]. Al comentar alguna de sus láminas se encendió su acusado sentido para los emblemas. Las imágenes llenas de asociaciones de esos libros le fascinaban al mismo nivel con que más tarde lo haría Melencolia I de Durero y los libros de emblemas de los siglos XVI y XVII.

Su pasión por el mundo imaginativo de las asociaciones, que se relacionaba asimismo con el que sintió por el mundo de la infancia y que se despertó al ver crecer a su hijo, también se reconocía en su interés por la literatura de los enfermos mentales. Ya en Berna tenía algunas obras originadas en el trastorno psíquico. Lo que le fascinaba en ellas era sobre todo lo arquitectónico, algo que hoy llamaríamos el elemento estructural de sus sistemas, y las tablas fantásticas que a menudo se asociaban a las mismas, y que en sus adscripciones mortalmente serias carecían de la fluidez infantil. No le interesaba lo patológico-psicológico, sino lo metafísico. […] Su relación con la pintura, que incluía a James Ensor mucho antes de que los surrealistas lo descubrieran, pertenecía a este mismo ámbito. Le gustaba ir a exposiciones, con las que fomentaba más su juicio estético que con las reproducciones. En París me llevó a visitar los ‘cabinets’ en que se cultivaba la producción de ilusiones, pero también al de cera de Madame Tussot, donde las yuxtaposiciones inesperadas despertaban su arrobo estético-asociativo.

[…]

A veces hicimos juntos grandes caminatas, como la nocturna de Thun a Interlaken a finales de mayo de 1918. Andábamos en silencio, y cuando empezábamos a hablar Benjamin en seguida se detenía, pues le gustaba introducir esa variación en la conversación. Luego seguíamos caminando, hablábamos de naderías, volvíamos al silencio, para retornar de nuevo a lo “esencial”. Fue entonces cuando me empezaron a llamar la atención los aspectos depresivos de Benjamin, de entrada incipientes, luego más fuertes, su esencia melancólica. Nunca fui testigo de rasgos maníacos. <86-87>

En el hotel de Biel donde pernoctamos [29 de junio de 1919] tuvimos una conversación cuyo tema fue la intuición. Yo anoté la definición de Benjamin, que propuso someter a discusión: “El objeto de la intuición es la necesidad de devenir perceptible que posee un contenido que arriba puro a la sensación. Apercibirse auralmente de esta necesidad se llama intuir.” Dio por inválida mi protesta contra esta transposición teológica de la intuición al plano acústico. De eso precisamente se trataba: no cabe separar las esferas, y no hay una intuición pura que no sea una percepción aural, aunque por supuesto no lo sea de una voz, sino de una necesidad. <108>

Para ganar dinero Benjamin había recurrido a la grafología, para la que poseía unas aptitudes extraordinarias. Una vez le mostré en Berna la carta de mi amigo más cercano del círculo de la juventud sionista, alguien de cuyo carácter yo creía tener la imagen más exacta. Miró la carta, brevemente pero con mucha atención, y exclamó bastante irritado: “¡Bobamente honesto!”. El tipo le había amargado de una forma especial y no fue posible sacar nada más de él. Si algo irradiaba esta persona era justamente eso, honestidad. <115-116>

Con posterioridad hablé con diferentes mujeres que llegaron a conocer muy bien a Benjamin. A una de ellas le llegó incluso a proponer matrimonio en 1932. Todas remarcaron que Benjamin no ejerció jamás sobre ellas un atractivo como hombre, por mucho que su inteligencia y su conversación las impresionara e incluso fascinara. Una de sus conocidas más cercanas me dijo que ni para ella ni sus amigas él habría existido como hombre, que ni siquiera se les habría ocurrido que esa dimensión estuviese presente en él. “Walter era incorpóreo, por decirlo así”. […]

Tres cosas, el gusto innato de viajar, una inquietud interna o el rechazo de las condiciones bajo las que se desarrollaba su vida como homme de lettres, explican que las cartas y postales que recibí en los años subsiguientes provinieran de muchos lugares distintos. En cuanto podía salía de viaje. La distancia creciente entre él y Dora, quizá también la muerte de su padre en julio de 1926, también contribuyeron a ello. Pero el lugar que se hizo con un puesto fijo en su corazón a partir de ese año fue París, donde pasó su mayor parte dedicado a traducir a Proust. <122>

Al poco de mi partida [1927] lo visitó [en París] Dora, y Walter la llevó a lo largo de unos cuantos días de paseo por la ciudad. Dora me lo contó en una postal en la que intentó imitar la letra diminuta de Walter, y que él glosó como una “pieza decisiva de la cábala más reciente”. A continuación fueron juntos a la Riviera y estuvieron unos días en Montecarlo, donde ganó tanto dinero que con él pudo permitirse viajar una semana a Córcega. <166>

Su admiración por Valéry se contraponía a su interés apasionado por los surrealistas, situados en el polo contrario. Estos poseían en gran medida aspectos que habían emergido en él mismo en los últimos años. Todo aquello que él pretendía domeñar y entender mediante la disciplina de lo mental le parecía digno de consideración en las formas opuestas de la entrega sin limitaciones a las explosiones del inconsciente y le estimulaba la imaginación. Su desmesura le atraía con más fuerza que el artificio deliberado del expresionismo literario, en el que reconocía la falta de sinceridad y el bluff. El surrealismo suponía para él algo así como un primer puente para acceder a una valoración más positiva del psicoanálisis, pero no se hacía ilusiones acerca de lo que podían dar de si ambas tendencias con sus debilidades. Leyó las revistas en que Aragon y Breton anunciaban cosas que resonaban de alguna manera con sus propias experiencias más profundas. Lo que aquí ocurrió se parece a su encuentro con lo que él llamaba el ‘comunismo extremo’. Benjamin no era un extático, pero los éxtasis de la utopía revolucionaria y de la inmersión surrealista en el inconsciente eran para él las llaves que le abrían su propio mundo, para el que buscaba unas formas de expresión estrictas y disciplinadas, muy diferentes. El libro de Louis Aragon Le paysan de Paris (1926) le proporcionó el empujón decisivo para iniciar el trabajo sobre los pasajes de París, cuyos primeros bocetos me leyó en esas semanas. Tenía en mente un ensayo de unas cincuenta páginas impresas en las que deseaba proyectar su fisionomía de París desde la filosofía de la historia, más allá del materialismo dialéctico, y de una manera que reflejara sus experiencias metafísicas o lo que de ellas se estaba movilizando en el proceso de disolución recién mencionado. <169>

No puedo olvidar la noche que pasé en el Café Dome con Benjamin y Franz Hessel, que estaban unidos por una amistad muy estrecha. Hessel poseía la sprezzatura, el elegante abandono, de un cosmopolita. El contraste entre sus respectivas fisionomías era muy notable; el espeso cabello de Benjamin, por un lado, y el cráneo completamente calvo de Hessel, por el otro, contribuían a subrayarlo. <171>

Benjamin era un outsider por partida doble, con respecto al mundo científico –donde sigue siéndolo en gran medida hasta hoy mismo– y con respecto al literario. Muy pocos de entre sus colegas escritores podían hacer algo con él, la mayoría no lo soportaba, y ello descansaba sobre una base de reciprocidad. Precisamente los que gozaban entonces de prestigio le merecían una opinión bastante baja, a excepción de Heinrich Mann y del Thomas Mann posterior a La montaña mágica – esto solo tras haber superado una considerable antipatía. Sobre el segundo casi llega a la ruptura con Brecht, pues este lo odiaba. Autores que eran entonces muy famosos, como Lion Feuchtwanger y Emil Ludwig, no existían para Benjamin, y él evitaba mientras podía el contacto con ellos. En cambio se reprochaba, aun en 1938, no haber conocido a Kafka. <182-183>

El encuentro de Benjamin con el surrealismo preparó el terreno para las pruebas con haschisch, que comenzó no mucho después de que nos separáramos y de su regreso a Berlín, y sobre las que me escribió varias veces en ese año. En 1932 aún pensaba en escribir un libro sobre este asunto. No se quería limitar a la mera descripción y protocolarización, que es lo que se ha conservado, sino sondear la relevancia filosófica de esas percepciones desde un estado alterado de la conciencia que él consideraba que era algo más que una mera alucinación. Esto tenía totalmente que ver con su concepción de la extensión de la experiencia auténtica. <221>

Mientras yo me encontraba en Milán y seguía confiando en que nos encontraríamos, él pasó su cuadragésimo cumpleaños, tras renunciar a todo lo que tenía dispuesto, en Ibiza, donde acababa de conocer a Jean Selz y a su mujer, que despertaron sus simpatías. Es un misterio la manera en que tomó la decisión de quitarse la vida en Niza, en el Hotel du Petit Parc […], pero lo es asimismo que, tras adoptar las medidas pertinentes, abortara bruscamente su propósito. Que yo sepa nunca le dijo nada a nadie al respecto. Fue una especie de clímax, una crisis de fiebre en su vida que surgió con la misma brusquedad con la que luego remitió. <232>

[Febrero de 1938] Llevaba once años sin verlo y su aspecto se había modificado. Se había vuelto más ancho, iba más descuidado y su bigote era mucho más frondoso. Su cabello había encanecido notablemente. […] En cuanto pudimos retomar nuestras discusiones [GS no pudo hablar en los primeros momentos de su reencuentro debido a una fuerte afonía] el trabajo sobre la obra de arte [en la época de su reproductibilidad técnica] ocupó de inmediato el primer plano. […] Le critiqué la utilización del concepto de aura, que él había empleado durante muchos años en un sentido muy distinto al que ahora le daba al situarlo en lo que yo juzgaba que era un contexto pseudomarxista. La nueva definición que él hacía de este fenómeno representaba una subrepción (9) que estaría introduciendo bajo mano unas ideas metafísicas en un marco inadecuado para ellas. Pero sobre todo le critiqué la segunda parte, cuya forzada e inadmisible teoría del cine como la forma de arte proletario y revolucionario carecería de vínculo visible alguno con la primera parte. Benjamin defendió su postura enérgicamente. La naturaleza de su marxismo no sería ni mucho menos dogmática, sino heurística y experimentadora, y el traspaso a las perspectivas marxistas de aquellas argumentaciones metafísicas, incluso teológicas, que él había desarrollado en los años de nuestra convivencia, suponía una ganancia, pues en ese contexto podrían llegar a vivir con más fuerza, al menos en nuestro tiempo, que en el que en principio más se les adecuaba. […] Dijo: “El lazo filosófico que echas de menos entre las dos partes de mi trabajo lo creará la revolución de una manera más eficaz que yo.” Esto difícilmente aceptaba una réplica, cuando no se creía en esta revolución. <255-258>

Por todo lo que aquí se ha narrado es evidente que Walter había contado en varias ocasiones con la posibilidad de suicidarse, y que lo había preparado. Estaba convencido de que otro conflicto mundial significaría la guerra con gas, y que eso acarrearía el fin de la civilización. De manera que lo que ocurrió tras atravesar la frontera española no fue un acto súbito y repentino, sino previsto. Con toda la paciencia enorme que demostró poseer en los años siguientes a 1933, que combinó con altísimas dosis de resistencia, no fue lo suficientemente fuerte para lo que sucedió en 1940. En septiembre, a su paso por Marsella, le contó en varias ocasiones a Hannah Arendt de su intención de poner fin a su vida. La única narración auténtica de las circunstancias relacionadas con su muerte figura en un informe detallado que le envió el 11 de octubre de 1940 la señora Gurland –quien había cruzado con él la frontera– a Arkadi Gurland, miembro del Institut für Sozialforschung que dirigía Horkheimer. <279>

Notas:

(1) La publicación en Alemania de su ‘obra reunida’ ocurrió entre 1972 y 1999. La inmensa labor de Rolf Tiedemann y Hermann Schweppenhäuser, sus editores, se pone claramente de manifiesto en unas completísimas y suculentas notas. En ellas incluyen, además de las variaciones textuales y el aparato crítico, los materiales secundarios (bocetos, fragmentos de cartas, anotaciones, apuntes preparatorios, etc) pertinentes para cada texto. Pero quien quiera leer a Benjamin sin saber alemán no lo tiene demasiado difícil, pues lo encontrará traducido no solo al castellano, sino también al italiano, al francés y al inglés, siempre con el criterio de buscar la exhaustividad, es decir, la obra (casi) completa. Conviene destacar que fueron Tiedemann y Schweppenhäuser quienes se encargaron de la edición en italiano (Opere complete di Walter Benjamin, Einaudi, 2001-2014). Sus comentarios no coinciden con los que redactaron para la alemana.

(2) Como dice Burkhardt Lindner en el Benjamin Handbuch (2006) que él coordinó (cf. infra notas 6 y 7), la obra de Benjamin es la que con más retraso se publica en comparación con la del resto de filósofos de su generación, pero en estos momentos es la más completa y la que tiene filológicamente mejor fijado el texto.

(3) No es casual que su escrito de habilitación versase sobre el drama barroco alemán.

(4) Gershom Scholem. Walter Benjamin – die Geschichte einer Freundschaft. Frankfurt/M.: Suhrkamp 1975 (hay una traducción al castellano, de F.J. Yvars y V. Jarque, de 1986: Walter Benjamin. Historia de una amistad). Posteriormente Scholem publicó la correspondencia entre ambos: Gershom Scholem (ed.). Walter Benjamin – Gershom Scholem. Briefwechsel. Frankfurt/M.: Suhrkamp 1980.

(5) El archivo de Scholem constituyó de hecho uno de los más importantes puntos de partida en la publicación de la obra de Benjamin.

(6) Scholem supuestamente poseía una rigidez de carácter que chocaba frontalmente con la laxitud de Benjamin en una serie de asuntos prácticos. Stéphane Mosès opina que “Scholem era en su esencia más profunda un puritano, para quien la moral […] representaba el más alto valor en la vida. La moral era para él que hubiese un acuerdo absoluto entre las ideas y su realización práctica. Lo que Scholem no aceptaba de Benjamin era la discrepancia, que él creía constatar, entre los pensamientos y el comportamiento concreto de su amigo.” Cf. Stéphane Mosès: “Intellektuelle Freundschaft: Gershom Scholem”, en: Burkhardt Lindner (ed.) Benjamin Handbuch. Leben – Werk – Wirkung. J. B. Metzler 2006, p. 62.

(7) Fania, la segunda mujer de Gershom Scholem, cuenta que éste supo el 8 de noviembre de 1940 de la muerte de Benjamin, acaecida en Port Bou en la noche del 26 al 27 de septiembre. Se enteró a través de una breve carta que Hannah Arendt le había escrito desde el sur de Francia el 21 de octubre. Scholem abandonó precipitadamente la casa, presa de una gran agitación, y no regresó hasta pasados unos días. Cf. Stéphane Mosès, op. cit., p.76.

(8) El primer volumen de su traducción, hecha con Franz Hessel, apareció a comienzos de 1927.

(9) Ocultación de un hecho para obtener lo que de otro modo no se conseguiría.