Al fin uno indigenista

Mario Bellatin

Publicado el 2019-06-16

Una de las maneras más curiosas de morir quizá sea la que practican ciertas campesinas que cultivan la tierra en los andes centrales. Estas mujeres desde muy niñas han aprendido la importancia que tienen los dientes para la vida en comunidad. Saben desde muy temprano que cada uno de los miembros de estas comunidades debe vérselas por sí mismo con respecto al sustento. Es por esto que desde pequeñas cuidan sus dientes como si fuera el elemento más importante de sus cuerpos. En la zona es común hallar una piedra caliza de nombre Utccu. Este mineral, rugoso y parecido a una piedra pómez, es raspado contra los dientes de las niñas desde que cumplen los cinco años de edad. Esta práctica, que cualquier dentista calificaría de demencial, curiosamente hace posible que se hallen mujeres de más de ochenta años con la dentadura intacta. Ciertos investigadores han tratado de desvirtuar las propiedades de estas piedras, y han tratado de demostrar que la fortaleza de las dentaduras en las mujeres de los andes centrales se debe a un factor de orden genético. El caso es que estas mujeres saben que si pierden tan sólo una pieza de su resistente dentadura, pierden también la vida con ello. Es el rotundo aviso que envía la naturaleza para informar que la autosubsistencia llegó a su fin. Deben prepararse entonces para desaparecer después de la celebración de los siguientes carnavales y perderse en las alturas de los andes para no volver más. Se habla de un cementerio natural de mujeres desdentadas, ovilladas en pequeños agujeros en la tierra que ellas mismas excavan para esperar la muerte. Han abandonado el poblado en los finales de la fiesta. Cuando los habitantes han caído rendidos después de tres días de celebración y la desaparición de una anciana de la comunidad no será percibido por nadie. Algunas salen cantando, mientras esquivan a los hombres y mujeres dormidos en las calles, el Putuhuasi, aquel canto ceremonial que antes de cumplir los cinco años les enseñaron para que fueran acostumbrándose al momento decisivo de la pérdida de un diente de verdad. Otras no se atreven a cantarlo. Aunque saben que hacen mal no pueden evitar que aquel canto les traiga el recuerdo de la caída del primer diente de leche, hecho que entre sus madres era motivo de celebración. Kuntur Huasi era una mujer que nunca había dependido de los demás para su subsistencia. Aunque tenía un hijo, del muchacho nunca se volvió a saber después de que fue enganchado en las filas del ejército. Cuando quedó embarazada, Kuntur Huasi le dijo a todos que aquel hijo no tenía padre. Toido había empezado una tarde ventosa en que regresaba a su casa después de haber recibido un envío de mercancias de la capital. Kuntur Huasi contaba con una pequeña tienda, donde vendía mercancias de primera necesidad. En sus anaqueles era común encontrarse con bolsas de galletas, latas de atún, botellas pequeñas de Coca Cola y con licores de mala calidad. Kuntur Huasi debía viajar cada semana hasta la cabeza del distrito para recibir las mercancias. Su travesía le llevaba una jornada completa. Debía llegar al gran mercado, hacer las compras y regresarlas cargándolas ella misma, pues las líneas de transporte pasaban por el camino que estaba a poco más de una hora del poblado. El caso es que les dijo a todos que volviendo de una de sus periódicas travesías le sorprendió que se desatara un viento tan intempestivo. Kuntur Huasi tuvo que dejar la mercancia al borde del camino y buscar refugio hasta que pasara la ventisca. En ese momento sintió que el viento la tomaba por la espalda, levantaba sus faldas y la embarazaba. Efectivamente, a las pocas semanas comenzó a sentir ciertos malestares que le confirmaron el embarazo. Ahora que perdía el diente no tenía nadie de su familia cerca para contárselo. Tuvo que comenzar a arreglar ciertos asuntos antes de recorrer el pueblo para despedirse. Todo comenzó cuando la semana anterior encontró una piedrecilla oculta en el arroz que estaba comiendo. Siempre se ponía especial atención en la ciudad al lavado de los granos, pero en esta ocasión.... 

Longevos anónimos. Nunca sabremos cuán longevos son porque se suicidan a edades adultas. Parece decir la naturaleza que basta. Prueba de la estandarización necesaria del ser humano. ¿Dónde quedaría el olvido necesario? 


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Imagen de portada: Verso de Raúl Zurita, proyecto Escrituras sobre los acantilados, 2008. Foto de Nicolás Piwonka.

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Mario Bellatin (Ciudad de México, 23 de julio de 1960) es un escritor peruano y mexicano. Ha escrito numerosos libros y ha emprendido distintos proyectos artísticos y culturales como la Escuela Dinámica de Escritores y Los cien mil libros de Mario Bellatin. Su novela Salón de belleza figura en el número 19 de la lista seleccionada en 2007 por 81 escritores y críticos latinoamericanos y españoles de los mejores 100 libros en lengua castellana de los últimos 25 años. Actualmente vive en la Ciudad de México.