Diario parisino*

Walter Benjamin

Publicado el 2017-07-16

30 diciembre 1929

En cuanto pisas la ciudad esta ya te agasaja con obsequios. Es inútil proponerse no escribir sobre ella. Te reconstruyes el día que acabas de pasar como los niños lo hacen con la mesa de los regalos en la mañana del día de Navidad. Pues también es esta una manera de ser agradecido. En general me ajusto a mi organización de proponerme quizás un día algo más que eso. Pero en esta ocasión la prudencia, que debo conservar precisamente para ese trabajo, me prohibe abandonarme a la ciudad renunciando a mi voluntad. Por primera vez la obvio, evito la cita a la que la soledad, esa vieja celestina, me invita, y lo dispongo todo para no ver en ciertos días la ciudad sin antes no haber visto a parisinos. Aunque, por supuesto, resulta fácil no ver esta ciudad. Tan fácil como dejar de ver la salud y la suerte. Es increíble cuán poco insiste ella. Probablemente no haya ninguna donde se pueda pasar menos por alto, donde menos se haga la vista gorda, que Berlín. En esto se muestra el espíritu organizador y técnico que la domina, para bien y para mal. París es lo contrario. Hasta qué punto la calle misma es aquí un interior vivido, incluso uno en exceso vivido, cuántas cosas, hasta en las partes que mejor se conocen, no se ven; cómo aquí, más que en ninguna otra parte, resulta decisivo pasar de la acera derecha a la izquierda: es preciso haber vivido mucho tiempo en París para saber todo esto. ¿De dónde proviene esta sencillez y modestia, que se rige por las necesidades y capacidades de lo más insignificante? Quizá de una manera de pensar conservadora y urbana, que a nosotros nos resulta muy ajena. No solo el Aragon que escribió aquel libro es un “Paysan de Paris”, con más motivo lo son el ‘concierge’, el ‘marchand de quatre saisons’, hasta el ‘flic’. Todos ellos son gentes que labran su barrio de manera continua y desde el amor a la paz de los campesinos. Es seguro que la historia de la construcción de esta ciudad no ha sido ni menos movida ni menos llena de violencia que las de otras. Pero de la misma manera que la naturaleza cura las heridas de las fortalezas con vegetación, así también la burguesía pletórica que se estableció en la gran ciudad la pacificó. Cuando ciertas plazas apartadas abarcan el espacio de una manera tan íntima, que parece que una convención de casas lo hayan fundado, el sentido de paz y permanencia que las creó se trasladó a través de los siglos a sus habitantes. Y todo esto resonó en el saludo con el que el viejo cajero de la oficina de cambio de dinero a la que siempre voy me saludó hoy, tras estar fuera mucho tiempo: “Vous avez été un moment absent”, un tirón con el que hacía un nudo alrededor de mi ausencia, como un saco en el que me entregaría los ahorros de tres años.

6 de enero de 1930

En los primeros días de enero vi a Aragon, Desnos, Green, Fargue. Fargue apareció en el Bateau Ivre. Ahí dentro hay puentes de mando, ojos de buey, bocinas, mucho latón, mucho barniz blanco. La última moda: que las ‘boîtes de nuit’ las lleven damas de la aristocracia. Esta es, así pues, de la princesa d’Erlanger. Y como el gin fizz cuesta además 20 Fr. la aristocracia puede hacer además negocio, y ello con la mejor de las conciencias puesto que sus mezclas inspiran en gran parte a escritores, de manera que el local contribuye de paso a incrementar los bienes espirituales de la nación. De forma que ahí me topé, mucho después de la medianoche, arrebatado por el calor, por así decir surgiendo de la sala de máquinas, con Léon-Paul Fargue. Cuando apareció de golpe ante mi solo tuve tiempo de decirle en un murmullo a Dausse, que estaba sentado a mi lado: “es el poeta lírico vivo más grande de Francia”. Más allá de que Fargue sea efectivamente un gran poeta, en esta noche le conocimos en la faceta de narrador, y además uno de los más cautivadores. En cuanto se enteró de que yo me había ocupado mucho con Marcel Proust puso todo su honor en evocar ante nosotros la imagen más colorida y contradictoria de su antiguo amigo. Ahí no estaba únicamente la fisonomía del hombre, que revivía asombrosamente en la voz de Fargue; no solo la carcajada fuerte y exaltada del Proust joven, del león de los salones, que agitando su cuerpo entero apretaba las manos enguantadas de blanco contra la boca desmesuradamente abierta mientras su monóculo cuadrangular al extremo de una cinta ancha y negra le bailaba delante; no solo el Proust enfermo, que malvivía en una habitación, apenas distinta del almacén de muebles de una casa de subastas, tendido sobre una cama que llevaba días deshecha, más bien una cueva de manuscritos, hojas escritas y en blanco, vades, libros que se apilaban formando montañas, que se trababan en los huecos entre la cama y la pared, que yacían amontonados sobre la mesilla de noche; no, no solo evocó a este Proust. Fargue resumió la historia de los veinte años de esa amistad, los prontos de ternura conmovedora, los arrebatos de desconfianza enloquecida, este “Vous m’avez trahi” à propos de tout et rien, sin olvidar la notable narración que hizo de la comida, y también, por supuesto, de cómo la dirigió él mismo, para la que invitó a su casa a Marcel Proust y James Joyce, que en esta ocasión se vieron por primera y última vez. “Hacer que la conversación no parase”, dice Fargue, “fue para mi como sostener en alto un peso ingente. Y eso que por si acaso, y para mitigar el choque, les había pedido a dos bellas mujeres que estuviesen presentes. Pero eso no impidió que Joyce, al marchar, se prometiese solemnemente a si mismo no volver a poner un pie en una habitación donde pudiese correr el peligro de encontrarse con esta figura.” Y Fargue imita el horror que le provoca temblores al irlandés cuando Proust proclama de vete a saber qué alteza imperial o real, y con los ojos muy abiertos y brillantes, que “c’était ma première altesse”. Este Proust temprano de finales de los años noventa se encontraba en el inicio de un camino cuyo discurrir él mismo no podía prever. En esos momentos él buscaba la identidad en el ser humano. Le parecía que era lo que había que divinizar. Así comenzó el mayor destructor de la idea de personalidad que hay en la literatura más reciente.

“Fargue”, escribe Léon Pierre-Quint en noviembre de 1929, “ es de aquellos que escriben como hablan, él hace obra tras obra al hablar, obras que se quedan sin escribir, quizá por pereza, pero quizá también porque desprecia la escritura. No podría hablar más que como lo hace, a fogonazos de ingenio, con juegos de palabras, que se suceden uno tras otro tan fácil como interminablemente. París, sus cafecillos dejados de la mano de Dios, sus bares, las calles y la vida nocturna que no acaba nunca, todo eso lo ama ingenuamente. Tiene que poseer una salud perfecta y una naturaleza altamente resistente. Trabaja todo el día como industrial y por las noches sale. Sus acompañantes son mujeres elegantes, americanas. Este hombre que está cerca de los cincuenta lleva por las noches, como si no le quedase otro remedio, la vida de un gigolo, y a todos los que se encuentra los arrastra a la órbita de su discurso.” Exactamente así lo he conocido, y así hemos estado juntos, bajo unos pequeños fuegos artificiales hechos de recuerdos y máximas, hasta que nos echaron a las 3 de la madrugada.

[…]

18 de enero

Emmanuel Berl. Un método primitivo, que sigue siendo el mejor: antes de visitar a un desconocido, leer durante media hora sus escritos. Y no ha sido en balde. En Mort de la pensée bourgeoise me topé con un trozo que no solo arroja anticipatoriamente su luz sobre Berl mismo, sino también retrospectivamente sobre la conversación que tuve con Quint sobre Lautréamont. Son estas frases sobre el sadismo:

“¿Qué otra cosa enseña la obra de Sade sino a reconocer hasta qué punto un espíritu auténticamente revolucionario se aleja de la idea del amor? Siempre que sus escritos no representen las represiones propias de un preso, siempre que no surjan del propósito de provocar el escándalo –un propósito que no creo que Sade tuviese, pues hubiese sido algo bastante bobo en un prisionero de la Bastilla– siempre que no sea esto lo que está en juego, sus obras surgen de una negación revolucionaria que se despliega hasta las consecuencias lógicas más extremas. ¿De qué serviría una protesta contra los poderosos si se ha aceptado la vida humana, con todo lo que de indignante conlleva, como condicionada por la naturaleza? ¡Como si el ‘amor normal’ no fuese el más chocante de los prejuicios! ¡Como si la concepción no fuese la manera más indigna de suscribir el plan general del Universo! ¡Como si las leyes naturales ante las que el amor se pliega no fuesen más tiránicas y odiosas que las leyes sociales! El sentido metafísico del sadismo consiste en la esperanza de que la revuelta del ser humano adquiera una intensidad tan poderosa como para que la naturaleza se vea obligada a modificar sus leyes, y que a la vista de la determinación de todas las mujeres a negarse a seguir aceptando tanto la iniquidad del embarazo como los peligros y dolores del parto, la naturaleza se viese obligada a dar con otros caminos para la preservación de la humanidad sobre la Tierra. La fuerza que le dice ‘no’ a la familia y al Estado también tiene que decirle ‘no’ a Dios, y de la misma manera que deben infringirse las disposiciones del funcionario y el sacerdote debe violarse la vieja ley del Génesis ‘obtendrás tu pan con el sudor de tu frente, y parirás con dolor’. Una ley que convierte a Adán y Eva en criminales por no contestarlo, por tolerarlo.”

Y ahora me encuentro en la habitación donde vive el autor de esas líneas: asientos bajos, aparte de la silla del escritorio. En el lado menor a la derecha un acuario, que se puede iluminar. Sobre el acuario un cuadro de Picabia. Las paredes tapizadas de verde, enmarcadas en listones dorados. Las estanterías recubiertas con cuero verde: Courier, Sainte-Beuve, Balzac, Staël, Las mil y una noches, Goethe, Heine, Agrippa d’Aubigné, y Meilhac y Halévy. No es difícil notar que él es de aquellas personas que lo único que quieren es que se les lleve a su tema favorito para entonces, sin aguantar demasiadas interrupciones, traerlo a la memoria. Ahora para él se trata ante todo, como continuación de su polémica obra, de sacar de sus últimos escondrijos a la pseudorreligiosidad de la burguesía. Pero él no contempla como tal ni el catolicismo, con sus jerarquías y sacramentos, ni el Estado, sino el individualismo, la creencia en la incomparabilidad, en la inmortalidad del individuo, la convicción de que el propio interior sea el escenario de un argumento trágico único e irrepetible. Él considera que la forma de dicha convicción que está más de moda es el culto al inconsciente. Yo ya lo sabía, aunque Berl no me lo hubiese asegurado, que en la lucha fanática, que prevé sostendrá este culto –es decir, el surrealismo, que lo celebra–, tendrá a Freud de su lado. Y lanzando una mirada a Grand jeu, la revista de algunos miembros disidentes del grupo que acababa de comprar, exclama: “Seminaristas, eso es lo que son, ni más ni menos.” Y a continuación unas cuantas alusiones curiosas al estilo de vida que tienen estos jóvenes, al refus, como dice Berl, que nosotros podemos traducir como sabotaje. No querer ser entrevistado, rechazar una oferta de colaboración, rehusar una fotografía, son para ellos otras tantas demostraciones de su talento. Berl lo relaciona de una manera muy inteligente con la arraigada tendencia al ascetismo propia del parisino. Por otra parte aquí sigue agitándose la idea del genio incomprendido, que nosotros estamos empeñados en eliminar por completo. El raté continúa teniendo aquí su aureola, y el esnobismo está por la labor de devolverle nuevamente su dorado. Así esos financieros que crean un club para comprar cuadros y se comprometen a no ponerlos en el mercado antes de diez años. El principio básico: por cada cuadro no deben pagarse más de 500 francos. El que cueste más que eso ya ha triunfado, y el que ha triunfado no vale nada. Yo le escucho, y no le contradigo. Pero a mi no me resulta tan incomprensible ni la actitud de aquellos jóvenes ni la de estos viejos esnobs. ¡Cuántos procedimientos no habrá para triunfar como artista, y cuán pocos de entre ellos no tienen absolutamente nada que ver con el arte!

21 de enero

Monsieur Albert. Dausse aparece por la mañana en mi hotel y me pide que me reserve la noche. Me recogerá a las 7 y me presentará a M. Albert. Lo iremos a ver a su établissement. Dice que será extraordinariamente curioso. Y efectivamente, el établissement, unos baños en el quartier Saint-Lazare, es muy curioso, pero en absoluto pintoresco. Los vicios serios, los auténticos y de verdad, es decir, los que resultan socialmente peligrosos, se comportan de una manera discreta, evitan por supuesto cualquier signo de ser un negocio, y casi adoptan un aspecto digamos conmovedor. Proust, el amigo de Monsieur Albert, debió saber de ello. Resulta difícil describir la atmósfera de estos baños. Sería algo así como estar al lado de la familia, pared con pared, pero a sus espaldas, como todos los vicios verdaderos. Resulta realmente llamativa, y ello a lo largo de toda la velada, la confianza familar, sincera y abierta, de estos chicos, que en absoluto entra en contradicción con su sorprendente liberalidad. Al menos los que vi poseen, aun en esa su manera tan estrafalaria y preciosista de darse, una ingenuidad, una tozudez juvenil, un jugueteo y una obstinación que me recuerdan veladamente mi tiempo en el internado.

De entrada el patio, que hay que atravesar: un paisaje de adoquines y paz. Pocas de las ventanas que dan a este lado están iluminadas. Pero hay luz tras los vidrios opalinos de la oficina de Albert y en la mansarda a la izquierda, que se alza, recubierta de zinc, contra el cielo. Éramos tres. Hessel y yo tuvimos que apechugar con que Dausse nos presentase como traductores de Proust. Se confirmó de una manera sorprendente lo que Hessel me había dicho de él unos días antes: este carácter de dios marino, que se mezcla con todo y contra todo fluye. Por cierto: las muñecas de porcelana en grupos poseen esto de la manera más clara; la porcelana es la materia más celestinesca en lo que se refiere a las parejas de amantes; a Dausse me lo imagino como una alcahueta y deidad fluvial de porcelana. De entre los personajes secundarios Maurice Sachs demostró ser merecedor de un papel principal. Gracias a su vivacidad y a la exacta puntería de sus anécdotas, que claramente había puesto a prueba en repetidas ocasiones anteriores, contribuyó a que sospechase de determinados episodios y determinadas informaciones. Y cuando, a la que estuvimos metidos Hessel, él y yo en el automóvil, comenzó a hacer la lista, el muestrario de las historias más importantes de Albert, pensé con un cierto malestar que también aquí estaba descubriendo las huellas de una tournée de los grand-ducs. El recibidor tras los vidrios opalinos, que unos estores aíslan de los aposentos indecentes y escandalosos. Y Monsieur Albert tras el mostrador o la caja, un arrangement, en definitiva, de esponjas, jabones, perfumes, pochettes surprise, bonos y muñecas nutrientes. Sumamente cortés, muy discreto al saludar, y luego agradabilísimamente ocupado en cosas que le quedaban pendientes del trabajo diurno. Proust lo conoció, si recuerdo bien, en 1912. Entonces no debía tener más de veinte años. Y acerca de su aspecto actual, para describirlo cabe hacerse una idea diciendo que se ve que entonces, cuando era el sirviente personal del príncipe de Radziwill –previamente también lo había sido del príncipe Orloff–, tuvo que ser muy bello. La simbiosis perfecta, que caracteriza al lacayo, entre el más absoluto servilismo y una extrema capacidad de decisión –como si a la casta de los señores no le hiciese gracia alguna tener el mando sobre unos seres que no ha domado hasta convertirlos en poderosos– ha madurado en los rasgos de su rostro de manera que en ciertos momentos se parece a un profesor de gimnasia. El programa de la velada estaba planeado a lo grande. En cualquier caso se había pensado en que tras la cena se fortaleciera la nueva amistad en el segundo establecimiento de Monsieur Albert, el Bal des Trois Colonnes. Durante un corto tiempo pareció que no sabían bien en qué sitio cenaríamos, quizá por aquello de guardar las formas. Pero en seguida hubo acuerdo acerca de este local en la Rue Vaugirard, por delante del cual pasamos Hessel y yo en una ocasión hace tres años sin que nos atreviéramos a echar una mirada en su interior. Hoy había en él unos cuantos chicos de una belleza asombrosa. Entre ellos un príncipe de la India, al parecer auténtico, que le interesó tan vivamente a Maurice Sachs que no pudo llevar a cabo su intención de hacer que M. Albert se extendiese en confidencias especialmente dilatadas. Aunque tampoco sé si hubiesen tenido estas un interés mayor que ciertas observaciones, muy laterales y dichas casi sin pensar, que se colaron en nuestra conversación. Pues apenas me interesa la pregunta acerca de qué ocurriría si uno pusiese las pasiones de Proust –entre las que hay unas que se acercan mucho a una famosa escena con Mademoiselle Vinteuil– al servicio de la interpretación de sus obras. Me parece, al contrario, que una obra como la de Proust contiene indicios de unas características generales, aunque muy escondidas, del sadismo. Y para esto parto de la insaciabilidad de Proust en el análisis de los más mínimos sucesos, y también de su curiosidad, situada a muy corta distancia de dicha insaciabilidad. Sabemos por experiencia que la curiosidad, en forma de pregunta taladrante sobre el mismo hecho, repetida una y otra vez, puede convertirse en instrumento en las manos de un sádico, el mismo instrumento que los niños manejan inocentemente. La relación de Proust con la existencia tiene algo de esta curiosidad sádica. Hay lugares en donde, por así decirlo, pone a la vida contra las cuerdas con sus preguntas, y otros en donde se sitúa ante una situación del corazón como lo hace ante un niño atemorizado un maestro sádico, que mediante gestos ambiguos, unos pellizcos y unos estironcitos de los cabellos que son medio cariñito medio tortura, busca arrancarle el reconocimiento de un secreto sospechado, pero que quizá ni siquiera sea verdad. En esto, sea ello como fuere, convergen las dos grandes pasiones de Proust, la curiosidad y el sadismo: el no poder tranquilizarse con conclusión alguna, el encontrar en cada misterio uno más pequeño, y en este otro aún más diminuto, y así seguir con la sospecha hasta el infinito, pero de manera que con la mengua del tamaño aumenta la importancia de lo que se descubre.

Esto iba pensando yo para mis adentros mientras M. Albert me esbozaba la evolución de su amistad. Se sabe que Proust le montó durante un tiempo, después de que se hubieron conocido, una maison de rendezvous. Esta supuso para el escritor un pied-à-terre y un laboratorio, ambas cosas a la vez. Aquí aprendió, a menudo presenciándolas, las distintas especialidades de la homosexualidad, aquí se hicieron las observaciones que luego empleó para describir al encadenado Charlus, aquí depositó Proust los muebles de una tía que había fallecido, para acabar lamentando en A l’ombre des jeunes filles en fleur su indigno final como amueblamiento de un burdel.

Se había hecho tarde, me costaba mucho trabajo separar la voz de M. Albert, que hablaba muy bajo, del ruido de un gramófono alimentado ininterrumpidamente por una belleza elegíaca que no podía bailar porque tenía un agujero en el pantalón y a la que le molestaba la rivalidad triunfadora del príncipe indio. Estábamos demasiado cansados como para darle a M. Albert la oportunidad de una revanche chez lui. Dausse nos llevó en coche a casa.

26 de enero 

Félix Bertaux [germanista, autor de un diccionario francés - alemán]. […] Nuestra conversación se centró sobre todo en torno a Proust. Proust y Gide: en 1919 pudo parecer que era dudoso en qué orden ponerlos. Pero para Bertaux este no ofreció dudas tampoco entonces. Las objeciones y reservas canónicas: que Proust no habría enriquecido la substance humaine, no habría elevado el concept de l’humanité. Bertaux cita la comparación que usa Gide para caracterizar el procedimiento de Proust con respecto a la vida cotidiana: un trozo de queso bajo el microscopio. Uno se dice: “Eh bien, c’est ça ce que nous mangeons tous les jours?!” Mi réplica: Es cierto, no ha elevado al ser humano, solo lo ha analizado. Pero su grandeza moral está en un lugar completamente distinto. Ha convertido en asunto propio la fidelidad a las cosas con las que nos hemos cruzado en la vida, y ello con una pasión que ningún escritor antes que él conoció. Fidelidad a una tarde, a un árbol, a la mancha de la luz del sol sobre la alfombra, fidelidad a los vestidos de gala, a los muebles, a perfumes y paisajes. (Debí haber dicho que lo que descubre el último volumen -que los caminos de Guermantes y Méséglise se confunden- incluye alegóricamente la moral más elevada que Proust nos transmite.) Reconozco que en el fondo Proust peut-être se range du côté de la mort. “Más allá del principio de placer”, la genial obra que Freud escribe en su vejez, es probablemente el comentario fundamental de Proust. Mi interlocutor quiere admitir todo esto, pero mantiene una postura reservada, se range du côté de la santé. Me conformo con decir que si Proust ha buscado y amado una salud en sus obras, en cualquier caso no es la enérgica del hombre adulto, sino la indefensa y tierna del niño.

4 de febrero

Adrienne Monnier. Poco después de las tres abro la puerta de “Aux amis des livres”, 7, rue de l’Odéon. Percibo una cierta diferencia con otras librerías. Esta no podría ser una de viejo, ciertamente. Adrienne Monnier se ocupa al parecer solo con libros nuevos. Pero aquí hay menos colorido, menos movimiento, menos dispersión que en otras tiendas. Sobre las amplias mesas se extiende un color marfileño cálido y apagado. Quizá se deba a las sobrecubiertas transparentes que aquí muchos libros llevan. Todos son primeras ediciones modernas, impresiones de lujo. Me dirijo a la mujer que tengo más cerca, que es a la vez la que más frustraría la ilusión, superficial y efímera, de conocer aquí a una mujer joven y bonita, en el caso de que fuese, efectivamente, Adrienne Monnier. Una mujer ancha, de cabellos rubios, ojos muy claros grisazulados, trajeada con un vestido de recia lana gris de corte monjil, que lleva delante unos botones adornados, con ribetes anticuados. Ella lo es. En seguida percibo que estoy ante uno de esos seres humanos con los que nunca se es lo suficientemente respetuoso, que de acuerdo con su apariencia no cuentan en absoluto con dicho respeto, pero que nunca lo van a rechazar o trivializar. Es extraño que esta mujer solo se cruzara con Rilke, quien vivió tanto tiempo en París, en dos ocasiones. Me imagino que él se tendría que haber sentido profundamente atraído por un ser tan rústicamente puro, por una criatura tan cósmicamente monacal. Ella habla muy bien de él: “Al parecer a todos los que le conocieron les dejó con la sensación de que estaba íntimamente relacionado con todo lo que ellos hacían.” Y esta sensación la daba sin pronunciar palabra, simplemente con su presencia. Estamos sentados a su pequeño escritorio, cubierto de libros, en la parte delantera de la tienda. Empezamos hablando, es obvio, de I. M. S [seudónimo de Monnier]. […] Y así, casi imperceptiblemente, dimos en hablar de la coincidentia oppositorum sin que estas palabras hubiesen llegado a pronunciarse. Quiero llegar a Gide, de quien sé que ella ha estado, o está, cerca. En este espacio ocurrió la famosa subasta en la que Gide, para sellar ceremoniosamente el divorcio entre él y aquellos de sus amigos que rechazaban su “Corydon”, hizo subastar los ejemplares de su biblioteca que dichos amigos le habían dedicado. “No, bajo ningún concepto.” No quiere oír hablar de Gide aquí. Gide posee esto: la afirmación y la negación, pero consecutivamente, en el tiempo, no en la gran unidad, la gran calma, donde cabe encontrarlas en los místicos. A continuación menciona a Breton, y eso me interesa de verdad. Hace el dibujo de Breton: una naturaleza tensa y explosiva, en cuya cercanía resulta imposible vivir, “quelqu’un d’inviable, comme nous disons”. Pero considera que su primer manifiesto surrealista es extraordinario, y que en el segundo también se siguen encontrando cosas maravillosas. Reconozco ante ella que en el segundo me sorprendió sobre todo el giro hacia el ocultismo, y en un sentido muy desagradable. Tampoco ella quiere saber nada de la magnificación de la echadora de cartas que Breton efectúa en la Lettre aux voyantes. Aún se acuerda del tiempo en que Breton y Apollinaire aparecieron juntos en su tienda. De cómo él se deshacía en su obsequiosidad hacia Apollinaire, y le obedecía hasta en lo más nimio. “Breton, faites cela, cherchez ceci.” Aparecen muchos clientes. No deseo forzar esta situación, junto al borde de la mesa, y además temo que la estoy distrayendo de sus asuntos. Pero en seguida me vuelvo a sentir fascinado por la manera en que ella se toma mi vieja idiosincrasia, que me hace reaccionar vehementemente en contra de las fotos de cuadros. De entrada parece que le impresiona mi afirmación de que un cuadro, pero sobre todo una escultura, y aun más la arquitectura, se “disfrutan” más en la foto que en la realidad. Pero cuando continué diciendo que esa manera de ocuparse del arte me parecía empobrecedora y enervante se afirmó en su posición. “No es posible,” dijo, “pensar que las grandes creaciones son la obra de unos individuos. Son objetos colectivos, y son tan poderosos que su disfrute está ligado a la necesidad de reducirlos de tamaño. Los métodos de reproducción mecánica no son, en el fondo, sino técnicas de reducción. Gracias a ellas el ser humano llega a ese grado de soberanía sobre las obras sin el que estas no pueden ser disfrutadas.” Y así cambié una foto de la vierge sage de Estrasburgo, que ella me había prometido en el comienzo de nuestro encuentro, por una teoría de la reproducción, que quizá me resulta aun más valiosa.

[…]

10 de febrero

Adrienne Monnier por segunda vez. Entretanto me había familiarizado más con la topografía de la rue de l’Odéon. Había leído en su olvidado libro de poemas “Visages” los hermosos versos sobre su amiga Sylvia Beach, que posee enfrente de ella la pequeña boutique donde ocurrió la agitada historia de la publicación de la primera edición del Ulises en inglés. “Déjà”, dice, “Déjà midi nous voit, l’une en face de l’autre / Débout dévant nous seuils, au niveau de la rue / Doux fleuve de soleil qui porte sur ses bords / Nos Libraires”. Entra en la tienda hacia las cuatro y media, exactamente un minuto después que yo, envuelta en un grueso abrigo gris, como una abuela cosaca, tímida pero muy decidida. Y apenas nos hemos sentado en el mismo lugar que la primera vez, cuando alguien la saluda a través del escaparate y entra en la tienda. Es Fargue. Y como en París hace un día espléndido, algo frío pero soleado, y los tres estamos ebrios de la belleza que hay fuera, yo cuento que estuve deambulando alrededor de Saint-Sulpice, y entonces Fargue deja caer que es ahí donde quiere vivir. Y a continuación los dos iniciaron un dúo maravilloso sobre los curas de Saint-Sulpice, un dúo en el que su vieja amistad dio el tono. Fargue: “Ces grands corbeaux civilisés.” Monnier: “Cada vez que ando a través de la plaza, que es bellísima, pero que en invierno está barrida por ráfagas cortantes, y salen los curas de la iglesia, me parece que el viento se va a prender de sus sotanas y los va a elevar en el aire.” Hay que haberlo visto, este ir y venir negro, este detenerse y echar a andar allá en el quartier, y el encuentro del silencio de los curas con la mudez de los muchos librairien, pues de lo contrario no se posee la llave de este barrio inigualable y tampoco de la plaza que es su corazón. A continuación los dos retomaron sus disputas, que tienen que venir de antiguo. La pereza de Fargue tiene que aguantar el chaparrón, que por qué no escribe. “Que voulez-vous, j’ai pitié de ce que je fais. Ces pauvres mots, je les vois, à peine écrits, qu’ils s’en vont, traînant, boitant, vers le Père-Lachaise.” La conversación siguiente la domina la traducción de Joyce que ella ha publicado; cuenta las circunstancias que la han conducido a un éxito tan infrecuente.

Algunas cosas sobre Proust: Monnier habla de la repugnancia que en ella ha despertado su transfiguración de los diez mil de arriba, de la rebeldía y protesta que le han impedido amar a Proust, y a continuación, fanáticamente, casi con odio, habla de Albertine, que sería ce garçon du Ritz –Albert– de una manera absurda, y cuyo cuerpo y andar masculinos percibe constantemente en Albertine. Su persona moral le ha impedido amar a Proust, más aun, querer amarlo. Lo que dice me lo pone fácil, y así le cuento las dificultades con las que Proust se encuentra en Alemania, lo necesarios que resultan estudios profundos sobre el escritor para superarlas, lo escasos que son dichos estudios en Alemania, pero también en Francia. Su sorpresa ante esta frase me da pie para dibujarle a grandes rasgos mi imagen de una interpretación de Proust. No es el lado psicológico, ni la tendencia analítica, sino la metafísica que hay en sus escritos, le explico, lo que sigue pendiente de ser descubierto. Las cien puertas que franquean el acceso a su mundo siguen cerradas: la idea del envejecer, la afinidad de los seres humanos con las plantas, su imagen del siglo XIX, su sensibilidad hacia el moho, el desecho, el resto pendiente. Y le cuento que cada estoy más convencido de que para entender a Proust hay que considerar que su tema es el envés, le revers -moins du monde que de la vie même.

Esa misma tarde, al cabo de un rato, conversación con Gabriel Audisio. Puedo decirle muchas cosas sobre su Heliotrop, lo que le alegra. Cuenta entonces las condiciones en que escribió este libro, lo que nos lleva a hablar del trabajo en el clima meridional. Estamos completamente de acuerdo en que es absurda la opinión según la cual el sol del sur es un enemigo de la concentración mental. Audisio confiesa su plan de escribir una Défense du soleil. Empezamos a considerar las diferentes maneras de contemplación mística según se trate de la medianoche septentrional o del mediodía meridional. Jean Paul por un lado, la mística oriental por el otro. La postura romántica del norteño, que en su urdir de un mundo onírico intenta parecerse al infinito, y el rigor del sureño que, más bien tercamente, entra en competencia con la infinitud del azul del mediodía para concebir algo que también sea perenne. En esta conversación me acuerdo de cuando escribí las primeras cuarenta páginas, en Capri y en pleno julio, del libro sobre el drama barroco: no tenía nada salvo pluma, tinta, papel, una silla, una mesa y el calor del mediodía. Esta carrera con la duración sin fin, cuya imagen evoca el cielo del mediodía en el sur de modo tan perentorio como el cielo nocturno la de un espacio infinito, hace que la mística del sur tenga un carácter cerrado, algo que se expresa arquitectónicamente, por ejemplo, en los templos del sufismo.

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Traducción del alemán Manolo Laguillo

Crítica & Reviews

Sección dedicada al análisis de las prácticas simbólicas. Cada domingo se publica un texto desde la consideración crítica a las producciones culturales, que abarca un espectro amplio de disciplinas artísticas y temas asociados al quehacer cultural.