La revolución que nunca fue

Mario Ojeda Revah

Publicado el 2019-02-17

Hace cien años, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron violentamente arrancados del Hotel Edén de Berlín, por paramilitares del Freikorps, regimientos de veteranos de guerra del desmovilizado ejército imperial; feroces nacionalistas y anticomunistas, mercenarios a las órdenes de Gustav Noske, vicario del ala más conservadora del SPD y paradójico ministro de la Defensa Nacional de una república que nació muerta.  Una vez en la calle fueron expuestos a las injurias y empellones de la turba enardecida. ¡Perra judía!; ¡renga polaca!, le gritaron a ella, entre otras lindezas. Vapuleados y ultrajados por la canalla patriotera, fueron sometidos a torturas sin cuento, dentro del furgón policiaco que supuestamente habría de conducirlos a una comisaría. 

Asesinada a poco, el cadáver de Luxemburgo fue arrojado al canal de Landwehr, en el entonces suburbio berlinés de Kreuzberg, con la perversa esperanza de que desapareciera para siempre. Por su parte, Liebknecht fue llevado al gran parque berlinés de Tiergarten, al oeste de la capital alemana, donde fue asesinado de un tiro en la nuca. Meses más tarde, en mayo de ese mismo año, como una admonición, reemergió el cuerpo de Luxemburgo de las turbias aguas del desagüe.

Teórica y polemista brillante, para muchos la más avezada discípula de Marx, y firme defensora de la paz y de la democracia, Luxemburgo no rehuyó el debate con Vladimir Illich Lenin, cuya versión centralista y autoritaria de la revolución socialista siempre cuestionó y a la que opuso la tradición democrática del socialismo, iniciada por el propio Marx y por Engels.

En 1916, junto con Liebknecht, abogado autodidacta, creó la Liga Espartaco como respuesta a la deriva beligerante y nacionalista del SPD, después de que dicho partido apoyara la declaración de guerra de la Alemania Imperial sobre el Imperio ruso en 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Dos años más tarde, en medio del colapso económico, el hastío bélico de la población alemana, la inminente derrota militar y con el Káiser Guillermo II camino del exilio, la República —que pasaría a ser conocida como de Weimar en la historiografía—, fue proclamada de manera precipitada por Friedrich Ebert, líder máximo del partido socialdemócrata alemán (SPD) el 9 de noviembre de 1918. 

El alto mando alemán, encabezado por el general Erich Ludendorff, aprovechó entonces la confusión generada para propagar la leyenda de la “puñalada por la espalda”, según la cual Alemania estaba destinada a ganar la guerra —después de todo las tropas germanas seguían a 100 kilómetros de París, al momento de proclamarse el Armisticio dos días después— cuando habría sido vilmente traicionada por los socialistas, bolcheviques y los judíos. La sucia especie de que la izquierda habría sido cómplice de la derrota alemana habría de prevalecer, lo que permitió que la legitimidad de la joven República fuera sistemáticamente cuestionada, o puesta en entredicho, por los atrabiliarios golpistas.

Se suele olvidar que Karl Marx era un europeo decimonónico, con los prejuicios propios de un varón blanco de ese siglo, y quien escribió su obra pensando que la anhelada –y para él inevitable– revolución que pondría fin al capitalismo y lo relevaría con el socialismo sucedería en aquellas naciones donde el capitalismo habría alcanzado su más alto grado de desarrollo y nunca como un atajo para alcanzarlo. En ese sentido, es menester recordar, siempre, que, en sus escritos, Marx pensó en Alemania, Gran Bretaña, Flandes, los Países Bajos y Estados Unidos y nunca en Rusia, China, Cuba, Vietnam o Angola.

Después del Armisticio y ante las vacilaciones de los socialdemócratas y los impetuosos asedios de conservadores y de la nueva ultraderecha en ascenso, las masas enardecidas se lanzaron a la desesperada a la huelga general primero, y después, en agónica huida hacia adelante, ni más ni menos que a la Revolución con mayúsculas, que evitase la perpetuación de la dictadura del ejército, encarnada por Ludendorff y Paul von Hindenburg.

A lo largo de tres días, las calles de Berlín se transformaron en un campo de batalla, entre obreros pobremente armados y tropas regulares. Ebert y Noske aplastaron violentamente a los espartaquistas, mientras se hacían de la vista gorda ante los homicidas embates de los Freikorps, de los ultramontanos de siempre y de los matones de toda laya. La Revolución, imaginada por Marx, fracasó de manera estrepitosa en Alemania y década y media más tarde un oscuro caporal austriaco, Adolf Hitler, se alzaba con el poder, e inauguraba un régimen que habría de perpetrar uno de los mayores genocidios de la historia, al tiempo que la Rusia bolchevique de Lenin se hundía en un salvaje baño de sangre, consumado por su fiel heredero, un viejo y paranoico bolchevique, que se hacía motejar como el “hombre de acero”: Stalin.

Qué hubiera ocurrido de haber triunfado la revolución en Alemania hace cien años, en vez de haberlo hecho en Rusia. Quizás no hubieran existido las purgas, los procesos, a un tiempo bufos y siniestros; los gulags; los campos de “reeducación”; la revolución cultural y demás horrores del socialismo real existente. Tal vez, por el contrario, hubiera surgido un socialismo democrático, tal y como deseara medio siglo más tarde Alexander Dubček, en los fugaces días de la Primavera de Praga.  Posiblemente se hubiera alumbrado un socialismo libertario, como el que despuntó en la Barcelona ácrata o en las comunas aragonesas, de los festivos y esperanzados días de julio de 1936 a mayo de 1937, o en tantas otras jornadas malogradas en la historia de la humanidad.

Nunca lo sabremos. La historia, a diferencia de la gramática, no entiende de especulaciones, quimeras, o utopías, ni mucho menos se ocupa de ellas: los hechos son siempre los hechos. Sólo queda la dulce melancolía de lo que pudo haber sido y el acre sabor de aquello que nunca fue.


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*Mario Ojeda Revah Profesor e investigador en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Autor de México y la guerra civil española, Madrid, Turner, 2005.  Su libro más reciente es La política exterior de Brasil. Su evolución reciente, México, UNAM, 2017. Twitter: @mojedarevah