“Haré que me escuchen aunque sea secuestrando aviones”[1]

Isaac Ait Moreno

Publicado el 2016-09-18

Los aviones sirvieron antes para tirar bombas que para transportar pasajeros. Bombas que cayeron, para ser exactos, sobre las fuerzas otomanas que se enfrentaban a la invasión italiana de Libia. Occidentales con tecnología superior que invaden países musulmanes empobrecidos. ¿Suena familiar, no? Sucedía en noviembre de 1911, y los militares italianos que concibieron y ejecutaron el ataque sobre la pequeña población de Ain Zara se manifestaron orgullosos del carácter pionero y moderno de esta hazaña bélica. La prensa italiana elogió debidamente la gesta civilizadora,[2] y seguramente Marinetti brindó a la salud del teniente Giulio Gavotti, piloto del primer bombardero de la historia. Será tres años después, en 1914, cuando comiencen a probarse los aviones para pasajeros, algo también decididamente moderno pero sin la épica violenta tan querida por los futuristas.

Y, sin embargo, también puede haber violencia en un avión de línea, algo que nos recuerda la obra “                                                                                                                                ”[3], realizada por Karmelo Bermejo en 2012. Y no nos referimos a los famosos ataques yihadistas de 2001, aunque la obra que aquí nos ocupa tiene también mucho de secuestro y de guerrilla. Las imágenes y documentos de esta obra aluden más bien a una violencia sutil, pero no por ello menos insidiosa o mortífera que la de los proyectiles occidentales que hoy siguen cayendo sobre las partes más desafortunadas del mundo.

Un vídeo nos muestra el interior vacío de un avión de Tunis Air/Iberia que realiza el recorrido Barcelona-Túnez. 126 asientos vacíos que dan un ambiente inevitablemente fantasmal a este vuelo regular. ¿Quiénes son las almas en pena que ocupan estos asientos? Dada la ruta, de Europa a África, no sería extraño que se tratase de esos deportados expulsados sin miramientos de la Unión Europea y condenados a una muerte segura a su regreso, muertos en vida que se cruzan a 30.000 pies de altitud con los migrantes ahogados en el Mediterráneo. O tal vez los fantasmas sean esos pasajeros a los que no se permite embarcar por su aspecto o su idioma, pues al parecer un velo o la lengua árabe son hoy más terroríficos que los espectros. Un terror que, no obstante, se manifiesta sólo cuando se viaja en clase turista. Pues no importa que hables árabe y lleves velo mientras tengas una buena cantidad de petrodólares para volar en primera o, mejor aún, en un jet privado.

Porque en realidad el acceso a determinados espacios (un avión, una sala VIP, el despacho de un banquero…) es una cuestión de poder económico y geopolítico, como bien desvelan otros aspectos de “                                                                                                                                ”. ¿De dónde ha salido el dinero para comprar los billetes de este avión? Del corazón de las tinieblas capitalista: a partir de unos fondos provenientes del Banco Santander aplicados a la especulación bursátil de manera simultánea a la toma de decisiones con la City de Londres, nodo del comercio colonial de ayer y hoy. Esos fondos, magnánimamente otorgados por un mecenas-oligarca[4] para realizar una obra de arte, fueron utilizados por Karmelo Bermejo para jugar en ese casino que es el mercado de derivados financieros. Como todos los casinos, éste también está amañado, y gracias precisamente a los mecanismos del amaño nuestro artista logró ganar apostando a las pérdidas. El capital así aumentado en esta operación, documentada con sus correspondientes extractos bancarios, se utilizó para comprar todos los billetes del vuelo Barcelona-Túnez. De este modo el capital financiero se apropia del espacio del avión, como testimonian, en fría sucesión mecánica, la totalidad de las tarjetas de embarque enmarcadas.[5] Todas ellas a nombre de la misma persona, lo que introduce de forma visible un elemento ilógico (todos los pasajeros son uno) en un sistema informático que sostiene un entramado computacional abocado a implosionar en su hipertrofia.

 

En este avión es el capital quien está viajando y no las personas, algo que no debería sorprendernos demasiado. En realidad, nuestros capitales viajan por el mundo con una facilidad de la que pocos pasajeros disfrutan, y en ese movimiento sumen en la miseria a los condenados de la Tierra[6]. Capitales para invertir en el saqueo de materias primas o bombas para lanzar sobre aquellas regiones díscolas que necesitamos saquear, tanto unos como otras cruzan fronteras con una velocidad y un poder destructor que habría pasmado y entusiasmado a los colonizadores del siglo XIX. De hecho, en estos mismos momentos el ejército estadounidense está bombardeando Asia y África con aviones sin pasajeros ni pilotos, esos drones de nombres tan inequívocamente religiosos como Hellfire y Reaper, cuyas versiones policiales sobrevolarán también pronto, no lo duden, nuestras calles.[7] Nuestros misioneros decimonónicos les enseñaban a los nativos los riesgos de arder en el infierno; hoy nosotros se lo mostramos in situ. ¿Acaso nos extraña que los desheredados exijan justicia? Ellos conocen bien la hipocresía de un Occidente donde el dinero puede comprar todos los billetes de un avión pero donde no se acoge a los que huyen de una miseria provocada por los hombres blancos desde hace ya siglos. Porque tal vez nos sintamos muy satisfechos pensando que nos movemos en un mundo del arte global y que nos hemos trasladado a un paradigma postcolonial, pero lo cierto es que vivimos en un mundo neocolonial,[8] donde el prefijo “neo” es en realidad bastante superfluo, pues tan sólo viene a indicar un cambio superficialmente tecnológico (ahora los bancos de la City utilizan internet) y una cercanía cronológica. Karmelo Bermejo elaboró en 2011 una obra en la que, con su habitual sutileza, nos hace reflexionar sobre esa superficialidad de lo postcolonial: Postcolonial Layer, donde presentaba, según su propia descripción, una “pieza arqueológica precolombina proveniente de un expolio, adquirida con dinero público en una subasta europea y cubierta posteriormente con una pátina de falsa antigüedad”. Efectivamente, continuamos saqueando y dictando las reglas del juego, protegidos en nuestra fortaleza y sorprendidos de que algún paria se plantee atacar a los amos.

O no tan sorprendidos, pues lo cierto es que es muy probable que estas mismas líneas que hablan de aviones y bombas terminen automáticamente almacenadas en el Utah Data Center de la Nacional Security Agency, donde los servicios de espionaje estadounidenses, con la debida colaboración de países vasallos, almacenan exabytes de datos tomados secretamente de nuestro tráfico en internet, con el supuesto objetivo de evitar ataques terroristas. Este centro, envuelto en las tinieblas del top secret, forma en realidad parte de toda una maquinaria de control social dirigida a monitorizar a la propia población occidental, pues a ojos del poder también nosotros somos parias a los que temer y a los que atemorizar.[9] De hecho, cualquiera de nosotros puede terminar convertido en uno de los fantasmas del vuelo Barcelona-Túnez, merced a las no-fly lists que ya existen en Estados Unidos y que sin duda llegarán también a Europa. Efectivamente, hay miles de ciudadanos estadounidenses a los que, por ser sospechosos de extremismo, se veta el acceso a los aviones, y no es necesario que la sospecha haya sido confirmada por ningún tribunal. Basta figurar en una de las no-fly lists elaboradas por los numerosos servicios secretos estadounidenses, listas donde no sólo se incluye a musulmanes (los nuevos judíos a los que dirigimos nuestros pogromos) sino también a activistas antirracistas, anticapitalistas y ecologistas que no podrán ver ya su nombre impreso en una tarjeta de embarque y que ni siquiera sabrán de qué se les acusa, pues estos elencos de personas vetadas son secretos.[10] Desaparecemos así en esta distopía donde George Orwell y Philip K. Dick se cruzan, entre la vigilancia constante y la previsión del crimen, borrados como esos espacios vacíos en el avión y en el propio título, “                                                                                                                               ”.[11] Mientras tanto, el poder financiero campa por sus respetos, libre de todo control,  llevándose por delante todo aquello que pueda perturbar su propio beneficio y ajeno, en suma, a que “ahora es la abundancia capitalista la que ha fracasado”[12].

Karmelo Bermejo ha mirado a los ojos a ese Leviatán y ha desviado un capital financiero para mostrarnos el rostro del mal en el retrato de poder y exclusiones que es esta obra. Y como hiciera en otras piezas, ha hecho visible una realidad mediante una paradójica operación de supresión, de ocultación. He citado Postcolonial Layer, donde desvela el expolio colonial bajo una capa de pátina, pero también pienso en -10000** (2011) y 10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de Latitud Norte 42º 50’ 57.2172” y longitud Oeste 2º 40’ 5.3688” (2016), en las que, al enterrar dinero, hace visible la opacidad de las relaciones entre arte, capital y espacio público.  Aquí, el dinero ha secuestrado este avión para vaciarlo de personas y, mediante esta ausencia, desvelar la violencia de un sistema que hunde en la oscuridad a la mayor parte de la población mundial. El origen financiero de esa violencia queda probado por los documentos exhibidos, mientras que la firma de Karmelo Bermejo, en tinta invisible, da fe también de la necesidad de ocultar nuestras huellas si aspiramos a prestar batalla. Una batalla ideológica en la que, dada la asimetría de fuerzas, se impone la guerrilla.

En 1917 Lenin y sus camaradas viajaron en un tren sellado desde Suiza hasta Suecia (donde pasarían a Rusia), gracias al secreto apoyo financiero del gobierno alemán y de banqueros occidentales, que confiaban en que los bolcheviques provocasen el caos en Rusia y debilitasen así a este estado que también competía por los despojos del imperio otomano –recordemos el poblado libio bombardeado por el teniente Gavotti. Potencias occidentales que financian a elementos subversivos para desestabilizar a países enemigos, algo también familiar para nosotros. En cualquier caso, los bolcheviques tomaron el dinero y subieron al tren, con objetivos muy distintos a los de los banqueros. Quizás el avión de Karmelo nos recuerda que sigue siendo tiempo de conspirar.

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*Imágenes de los videos de Karmelo Bermejo presentados en Manifesta 11, comisariada por Christian Jankowski.

** Según indicaba Sema D’Acosta acerca de esta pieza (cuyo título originalmente va en tipografía en color rojo) en “Bartleby en el Museo (o contra la institucionalización del arte)”, en (http://www.larayaverde.org/ediciones/edicion_00/numero_00.html#Mundo_Reves): “El nombre de la obra va en rojo por expreso deseo del artista, que no sólo implica al público y a la institución que acoge su exposición, sino también a todos aquellos que deban escribir sobre su trabajo o lean sobre él. De nuevo Karmelo Bermejo rompe la lógica establecida y diseña una estrategia conceptual desconcertante que trasciende la corporeidad de los objetos o las normas habituales. Al incluir un código de color que no se puede modificar, estos caracteres se convierten en algo más que la interpretación de un número en negativo relacionado con el saldo deficitario de una cuenta bancaria, superando su valor semántico para formar parte indisoluble de la pieza, que acentúa así su condición ubicua. Al igual que evidenció Joseph Kosuth, una obra es, ante todo, una idea; por eso es tan importante su presentación como su enunciado, una máxima que se adentra en los terrenos de lo tautológico y mezcla las cuestiones artísticas con las filosóficas o las lingüísticas”.

Notas

[1] Verso de la canción “Confesiones”, escrito por Ricardo Romero Laullón (Nega) para Los Chikos del Maíz, álbum Pasión de talibanes, 2011, pista 09.

[2] Del mismo modo que, años después, la prensa estadounidense cantaría la gloria de las masacres de Hiroshima y Nagasaki.

[3] El título de la obra consiste en 126 espacios en blanco, el mismo número de asientos vacíos en el avión intervenido por Karmelo Bermejo.

[4] La Fundación Botín. Arte, banca y política llevan unidos desde tiempos de los Médicis, quienes, aparte de pagar magníficas obras de arte (en homenaje a su propia gloria),  destruyeron el proto-democrático sistema comunal florentino.

[5] En un despliegue minimalista que nos recuerda el comentario de Susan Buck-Morss en relación con la teoría económica neoclásica hoy dominante: “Minimalism is characteristic of its visual display”. Buck-Morrs, S. (1995). “Envisioning Capital: Political Economy on Display” en Critical Inquiry, Vol. 21, No. 2, p. 463.

[6] Resulta inevitable aquí rendir homenaje a Frantz Fanon, cuya principal obra analizaba, hace ya largas décadas, la violencia intrínseca de las relaciones económicas, políticas y sociales entre colono y colonizado. Fanon, F. (1963 [1961]). Los condenados de la tierra, México D. F., Fondo de Cultura Económica.

[7] Acerca del discurso tecnológico como justificante de prácticas represivas, Chomsky afirmaba lo siguiente durante las últimas etapas de la invasión estadounidense de Vietnam: “Advanced technology makes a dual contribution. On the one hand, it provides the antipersonal weapons, electronic battlefield, automated fire-control systems, and the like, all designed for wars against the weak. It also provides an intellectual framework to protect the decision maker from any realization of what he is in fact doing and to deflect the attention of the public (...). How much more convenient it is merely to face technical problems, as neutral in an ethical sense as those of physics”. Chomsky, N. (2003 [1972]). For Reasons of State, Nueva York, The New Press, p. 9.

[8] ¿Cómo definir, si no, un orden mundial dominado por instituciones tan poco democráticas como el Consejo de Seguridad de la ONU, el G8 y el G20?

[9] Estamos hablando, de hecho, de la vigilancia panóptica descrita por Michel Foucault: “Es un tipo de implantación de los cuerpos en el espacio, de distribución de los individuos unos en relación con los otros, de organización jerárquica, de disposición de los centros y de los canales de poder, de definición de sus instrumentos y de sus modos de intervención”. Foucault, M. (1998 [1975]). Vigilar y castigar, Madrid, Siglo XXI, p. 209.

[10] Recordemos en este punto a Rosa Luxemburg cuando escribía, en la cárcel, que “para la burguesía, la invasión enemiga no es el más abominable de todos los horrores, como lo pinta hoy, sino un probado medio del que se sirve gustosamente para luchar contra el «enemigo interior»”. Luxemburg, R. (1976 [1915]). La crisis de la socialdemocracia, Barcelona, Anagrama, p. 129.

[11] En este sentido, Michel Foucault también recordaba cómo “el sordo cántico de las razas que se enfrentan a través de la mentira de las leyes y de los reyes (…) llegó a ser la forma administrativa de un Estado que se protege a sí mismo en nombre de un patrimonio social a conservar en estado puro”. Foucault, M. (1992 [1976]). “La parte de la sombra” en Genealogía del racismo, Madrid, La Piqueta, p. 92.

[12] Debord, G. (1999 [1967]). La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-Textos, p. 112.

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