Guardianes del canon / coda

Marcos Giralt Torrente

Publicado el 2016-07-02

Hay recursos dialécticos que retratan a quien los frecuenta. He detectado algunos gruesos en el reciente artículo con el que Mariano Navarro dice matizar, ampliar y justificar ciertas afirmaciones de su reseña Una ocasión perdida, en donde se servía de un libro de conversaciones con Manuel Borja-Villel para cuestionar su labor en los museos que ha dirigido, haciendo uso de una curiosa mezcla de argumentos atendibles, amnesias medidas o sesgadas, pecios desaprovechados y ejemplos sujetados con pinzas, salpimentada a pie de página con fuego de metralla contra algunos artistas expuestos recientemente en el Reina Sofía. Para defender a uno de los damnificados me levanté en mi artículo Guardianes del canon. Podría haberlo hecho por otros, como Andrzej Wróblewsky -al decir de muchos, una de las más sorprendentes exposiciones de la última temporada madrileña-, pero lo hice en favor de Juan Giralt espoleado por el combustible contenido en mi apellido y porque a él en particular le destinaba Mariano Navarro tanto desdén y ninguneo de razones en dos líneas y media que era imposible no preguntarse si no se ensañaba en quien consideraba la pieza más vulnerable de su elenco, la menos amparada en ese mercado de valores cada vez más especulativos en que se ha convertido el arte contemporáneo; un mercado como otro cualquiera donde el género a la venta suele ser lo de menos y donde por supuesto hay lobbys, alianzas estratégicas y mucho soldado de fortuna; también resentidos y quienes reclaman con estrambóticos gestos la atención que, sienten, han perdido. Mi artículo era, sí, una defensa de Juan Giralt, pero, como para decidirme a escribirlo hube de vencer antes algún escrúpulo, no sólo me preocupé de mesurar mi tono, dejando puertas abiertas a la concordia, sino que armé mis argumentos con la mayor finura de que fui capaz, en vistas a no dejar cabos sueltos. Quería hacer una llamada de atención, que trascendiera el caso particular de Juan Giralt, sobre la necesidad de revisar algunas ideas fijas que han permanecido inalteradas desde los fagocitadores años ochenta, y me dolía del desamparo en el que quedan los artistas cuando en su esforzado camino se entrecruzan las tramas de intereses, no siempre inocuos, de quienes viven a su costa.

El título del nuevo escrito de Mariano Navarro es ejemplar de los desvíos quepractica en el texto: En el nombre del padre / Esto no es una contrarréplica a Marcos Giralt Torrente. A su semejanza, yo podría haber titulado este Réplica a la contrarréplica que no lo era o Esto no es una réplica a Mariano Navarro. No lo he hecho porque mentiría. Creo, además, que, aunque no fuera su intención, Navarro acierta con el título. No sólo en el primer sintagma, con el que trata de deslegitimar ya de entrada -con menos sutileza de la que pretende- mi posición en el debate.  Para ser una verdadera réplica debería recoger los guantes que yo le lanzaba en mi artículo y lo cierto es que, stricto sensu, sólo rebate uno de los puntos de mi escrito, allí donde afirmo que Juan Giralt fue uno de los fundadores de la Nueva Figuración Madrileña. Todo el espacio sobrante lo gasta en tirar balones fuera, redundar en algunos procedimientos argumentativos fraudulentos y continuar, erre que erre, con su verdadero programa, en el cual Juan Giralt sólo es un mero figurante. 

Tira balones fuera cuando esgrime minucias que por lo demás son falsas. Por ejemplo: en ningún texto del catálogo de la exposición de Juan Giralt en el MNCARS se afirma, como él sostiene, que este trabajase nunca en la Galería Fernando Vijande. O bien es un error, producto de una lectura apresurada del catálogo, o bien escribe de oídas o bien trata deliberadamente de confundir. Si algún periodista dio el dato equivocado en la crónica con la que cubrió la inauguración, debe achacarse a un malentendido del que sólo es responsable quien lo haya cometido. En cualquier caso no se entiende el afán de destacar la Galería Vijande por encima de la Galería Vandrés, dirigida por el mismo Fernando Vijande, la cualfue un referente de la vanguardia artística española en tiempos más difíciles y escasos que su sucesora.

Redunda en procedimientos argumentativos fraudulentos cuando aclara que ser un artista de mediana importancia es “ser uno entre la mayoría de los artistas representados en los museos y que por tanto jamás tendría equivalencia con ser un artista sin importancia”, obviando que era ese calificativo de “artista de mediana importancia”, junto con el semánticamente contradictorio de “epígono de sus contemporáneos”, lo que le servía en su nota para denostar la exposición de Juan Giralt en el MNCARS. ¿Debemos entender, entonces, que la mayoría de los artistas representados en los museos son epígonos de sus contemporáneos y no merecen una exposición individual en esos mismos museos? El mismo oblicuo proceder demuestra cuando confunde permanentemente las carencias que hayan podido tener los responsables de la muestra en el planteamiento, si las tuvieron, con la valoración que le merece el artista.  No estoy en la cabeza de Manuel Borja Villel y no sé qué pretendía con la exposición que el Museo Reina Sofía dedicó a Juan Giralt. Tal vez algo tan sencillo como traer a la palestra a un artista que considera interesante para iluminar un período no tan conocido del arte españolsobre el que abundan los clichés interesados. Fuera lo que fuere, contradictorio o no con los postulados enunciados por el propio Borja-Villel en el libro de conversaciones, no parece legítimo señalar males de otros para minusvalorar la obra de un artista y, todavía resulta menos legítimo si, como es el caso, las carencias apuntadas son claramente discutibles. No es del todo cierto que la exposición de Juan Giralt fuese biográfica. Si lo hubiese sido no habría arrancado en 1972, fecha de composición del cuadro exhibido más antiguo; para ello tendría que haber incluido obra de los cincuenta y sesenta y una representación mayor de los ochenta. Tampoco es cierto, como deja asentado, que sea una excepción en su formato, pues, como ya le señalaba en mi artículo, en el mismo MNCARS abundan las exposiciones recientes con planteamientos muy similares sobre las que él prefiere callar. Y desde luego no lo es que en el catálogo falte una parte teórica, de contextualización del artista en su tiempo, porque ese es precisamente el cometido del texto de Calvo Serraller, que sí menciona pero al cual vacía a su conveniencia de contenido. Presentar como una anomalía que sólo uno de los dos comisarios escriba en el catálogo es otra vuelta de tuerca en el mismo torcido proceder. 

Insisto: entre tanto disparo al director de MNCARS (y ahora también a Carmen Giménez) echo de menos que no se haya quitado los anteojos para contemplar la obra expuesta. Su desdén se resuelve, pues, en menosprecio. Lo mismo cabe decir del hecho de que deje sin respuesta aspectos angulares de mi artículo en los que lo situaba ante contradicciones. Repito algunos: ¿No es uno de los cometido de los museos hacer propuestas que ayuden, si es necesario, a reconsiderar el canon establecido? ¿Sólo los artistas de su gusto merecen esa revisión? ¿En qué medida es epigonal la obra de Juan Giralt si, al menos desde los noventa, todos los críticos han coincidido en señalar su condición de solitario? ¿No cree que sería saludable inaugurar, con Giralt, una línea expositiva que trajese al escrutinio público a otros artistas olvidados?  

Tiene razón Mariano Navarro en imputarme intereses de parte en mi reivindicación de la figura de Juan Giralt; son tan evidentes que resultaría inútil ocultarlos. Pero juega al despiste cuando los insinúa desde el mismo título y luego abunda en ellos con condescendencia. Pierde el foco y se deja por el camino otros flancos quizá más fructíferos. De todas las posibles réplicas suyas que barajé a la hora de mesurar si contestar a su primer artículo, fue esa, la que pasaba por subrayar mi condición de hijo de Juan Giralt, la que deseché primero. Su invocación la consideraba demasiado fácil y por tanto burda.

Concedo un tanto: Juan Giralt no fue fundador de la Nueva Figuración Madrileña, ya que al parecer Mariano Navarro estaba muy cerca de quienes de verdad lo fueron y dice saber bien que no fue así. Da igual lo que piensen quienes califica como críticos menos autorizados. Pero es verdad: lo reconozco: tal vez me equivoqué. Quise hacer mía una frase de Darío Villalba que citaba en las notas (“Juan Giralt fue, junto a Luis Gordillo el maestro inicial e incontestable de la llamada Figuración Madrileña”) y para que no fuera del todo igual a la original metí sin reflexionarlo dos gazapos: “nueva” y “fundador”. La palabra “fundador” estuvo sin duda mal elegida, pues introduce cierta estructura jerárquica y organizativa en asuntos que por lo común no la tienen. Ser maestro de algo para alguien, como le atribuye Villalba a Giralt de la Figuración Madrileña, no es igual, en efecto, a fundar nada. En cuanto a lo de haber antepuesto el adjetivo de “nueva”, creo sinceramente que tanto da. Reconocida mi parvulez -no pretendo ser otra cosa que un intruso ocasional en estas cuestiones-, si Giralt no fue un “maestro inicial e incontestable” de la Nueva Figuración Madrileña, lo fue -eso dice Villalba y coincide con otros- de la Figuración Madrileña a secas, lo cual no es más, al fin y al cabo, que escalar un peldaño en el orden temporal. Recordemos que yo lo traía a colación, junto a las alusiones a la hemeroteca, con una intención muy concreta: señalar la paradoja de que, siendo así, su nombre estuviera ausente del relato más asentado de ese período del arte español. Quería así contradecir a Mariano Navarro en su empecinado afán de negar todo a los comisarios de la muestra, incluso su modesta propuesta de presentar a Giralt como un artista fuera del canon. Me hago dos preguntas. La primera: si renunciamos a transformar ese “fuera del canon” en “marginado” o en “situado en el margen”, que es lo que sucesivamente hace Navarro, ¿en qué consiste “el fallido intento”, al que alude, “de hacer de Giralt lo que nunca fue ni podrá ser”? La segunda: ¿modifica la discusión en torno al término “Nueva Figuración Madrileña” el hecho de que Giralt tuviese en esos años, al decir de algunos protagonistas notables, un papel que no ha sido reconocido por quienes, como Navarro, han patrimonializado hasta ahora la exégesis de dicho periodo?

La respuesta a la primera pregunta la ignoro y dudo que la haya, pues no parece que la frase de Navarro apunte a nada real, sólo a causar daños. La respuesta a la segunda es claramente no.

Mariano Navarro finta y amaga con recortes y golpes de efecto, pero vuelve a colocar la pelota donde estaba al principio, no sale con ella agarrada al pie jamás. El partido le aburre porque su guerra es otra: cargar, sirviéndose de lo que sea, contra un establishment artístico del que últimamente a lo mejor se siente excluido.

Crítica & Reviews

Sección dedicada al análisis de las prácticas simbólicas. Cada domingo se publica un texto desde la consideración crítica a las producciones culturales, que abarca un espectro amplio de disciplinas artísticas y temas asociados al quehacer cultural.