La institución de los cuerpos vivientes según Judith Butler*

Monique David-Ménard

Publicado el 2017-07-02

(....) Por otra parte, las interminables discusiones sobre las relaciones del pene y del falo refuerzan este desplazamiento metonímico del pensamiento que no define el cuerpo erógeno pero que lo pone en escena mediante la retórica del texto. El falo no coincide más que por azar con el órgano pene, ya que el falo es el significante de la ausencia y que su adecuación con la experiencia de la destumescencia y de la tumescencia del pene es a la vez indispensable aunque se la presenta siempre como secundaria. Una de las maneras en las que el psicoanálisis ejerce una acción normativa en la materialización de los cuerpos consiste en hacer de estos deslizamientos metonímicos sucesivos —dolor oral, dolor erógeno, turgencia del pene, dolor en la erogeneidad en general, interés en la forma de los órganos, Yo entidad de superficie, prevalencia de lo Imaginario— el modelo mismo del cuerpo erógeno. Para atenerse al proceso, habría que decir que la “erogenización” del cuerpo fija su forma sexuada. Butler señala la falta de rigor en esta definición del cuerpo erógeno: “¿Se trata de una consciencia que inyecta dolor en el objeto y mediante ello le da contornos, como ocurre con la hipocondría? O bien, ¿es un dolor causado por la enfermedad orgánica que respectivamente una consciencia atenta a este dolor ha grabado?” (1993: 59). Y, con respecto de la sexualidad fálica que terminaría por representar toda sexualidad, señala de igual forma una inconsecuencia, una falta de lógica: ¿las zonas erógenas son substitutos de los órganos genitales en los síntomas de diversas neurosis o bien la erogeneidad del falo es ya el efecto textual de deslizamientos practicados en los textos freudianos que adaptan la ficción de los desplazamientos de las zonas erógenas? (60). No obstante, Butler no se detiene primero a denunciar lo que le parecen ser inconsecuencias, lo que le importa es más positivo: si el cuerpo erógeno es una realidad imaginaria que la retórica de los textos ha instituido, ¿cuáles son las otras representaciones del cuerpo que esta retórica excluye? A fin de mostrar que toda concepción del cuerpo sexuado excluye, al mismo tiempo que vuelve representables, ciertos cuerpos, no está de más identificar sus inconsecuencias lógicas. El único límite a esta deconstrucción radical del cuerpo erógeno es que Butler no quiere ir hasta decir que “el cuerpo sexuado” es un puro efecto de lenguaje, ya que, nos dice, existe también en el lenguaje mismo una materialidad de los signos que su función significante no absorbe. Su perspectiva no es idealista, puesto que en lo que parece ser una ocasión para el idealismo —reducir el cuerpo a lo que la retórica del cuerpo erógeno instituye de él— encuentra materialidad en el lenguaje. La segunda razón que evita el escollo del idealismo es que al renunciar a la sola lectura de los textos psicoanalíticos, Butler evalúa el vacío del significante “mujer” confrontándolo con la concepción del sentido propio y del sentido figurado en Saul Kripke y la concepción del performativo en Slavoj Zizek, con lo que los desea establecer. Descubre, en la imposibilidad de fijar el significante “mujer”, una determinación política: “mujer” es menos un significante vacío o eternamente por llegar, debido a razones estructurales y simbólicas, como lo afirman Lacan o Zizek, que un significante cuyos correlatos sociales son excluidos en el discurso dominante.(1) De ahí el interés que representa estar atenta a los desplazamientos significantes de los términos cuyo referente es indesignable, en lo que Butler destaca en lograr: la propiedad performativa de ciertos sintagmas se encuentra directamente ligada a una política del género: “Que la categoría [mujer] no pueda ser descriptiva nunca es la condición misma para su eficacia política” (Butler 1993: 221). Esto vuelve interesante, por ejemplo, el significante “queer”, ya que en primera instancia es un insulto o una marca de vergüenza impuesta por los demás a una forma de vida sexual que está excluida de representación social. Esto establece un puente con lo que será el propósito de Giving an Account of Oneself: la referencia de un “Yo” es ante todo una respuesta a lo que nos llega de los otros; todo el problema consiste en saber si es sólo a partir de la vergüenza o de la culpabilidad como un “Yo” toma la palabra y un cuerpo adquiere forma.

Performativo y normativo en Foucault y Butler

Permanezcamos sin embargo todavía en ese momento que representa Bodies That Matter: si no hay ser ni esencia de lo femenino y la esencia supuesta de lo masculino es producto de esta determinación excluida del significante “mujer”, debe quedar vacío para que lo masculino fálico tenga un contenido, ¿cuál es exactamente la relación entre la institución del cuerpo erógeno y sexuado y el poder lingüístico de lo performativo? Al final de su libro, Butler retoma una definición clásica de performativo: “un término es performativo, no simplemente refiere, sino que actúa de tal modo para constituir eso mismo que enuncia” (1993: 217). Sin embargo, me parece que hay más de un uso butleriano del performativo que el de la clásica definición de Austin. Por ejemplo, cuando la autora describe la performatividad de la Ley simbólica en Lacan, observa que la Ley se produce a sí misma y produce su propia inteligibilidad, de tal manera que no hay nada “antes” de ella, y que lo presimbólico es una ilusión retrospectiva. Ahora bien, en la noción lingüística de performatividad no hay un factor de origen y no hay la misma superposición de la producción de una realidad y de su propia inteligibilidad. La noción de performativo en Butler es la de un poder instituyente, que instituye incluso los cuerpos, porque un mismo acto produce su existencia y lo que la hace pensable. Y esto tal vez porque lo vivible y representable son separados por una exclusión fundamental de lo que permanecerá fuera del campo de las formas aceptables y entonces vivibles. ¿No es acaso debido a que se piensa la producción a partir de lo que excluye que la existencia y su propia inteligibilidad se efectúan en conjunto? Efectivamente, en lingüística, lo performativo tiene como sentido “lo que efectúa”, pero esto no implica que dicho acto de lenguaje excluya otros aspectos de la significación para que se produzca, y, por ende, el significado, consignado por lo performativo, no hace nulo un supuesto significado que se pretendería indemne de todo acto. Mientras que, para Butler, el hecho de que la materialidad de los cuerpos es inasible como un hecho de experiencia se debe a que su propia materialización es resultado de imposiciones sociales e inconscientes y se alimenta originariamente de exclusión. Cuando Butler enuncia que la “Ley simbólica” es un performativo, el acto es doble: por una parte, el establecimiento de la Ley no tiene otro sentido que el que efectúa, a saber, el de repartir los sexos y la filiación según un modelo llamado “prohibición del incesto”. Pero, por otra parte, al hacer esto, lo performativo excluye de la existencia y de la representación otras formas de incesto concebibles y hace que parezca que existencia y pensamiento de la existencia coinciden. Sin embargo, es primero porque se afirma que coinciden en lo que se excluye como se llega a pensar que coinciden también en lo que se produce. Hay aquí un hegelianismo residual, aunque decisivo, en el pensamiento de Butler. Primero, a partir del no ser, que Hegel, en la Ciencia de la lógica (1812), se da la ocasión de pasar del pensamiento al ser: porque, escribe, persiste una diferencia entre no pensar en absoluto y pensar un no-ser indeterminable que el no ser se transforma en algo del ser que Hegel denomina Dasein, es decir, justamente, existencia o ser-ahí. El performativo de este acto de pensamiento al que el filósofo nos invita no tiene el poder instituyente de un ser-ahí, sino porque el acto consiste, por el puro pensamiento, en extraer una especie de ser del no ser. No obstante, tal paso del pensamiento a un ser-ahí no puede efectuarse cuando la categoría que se explicita es positiva. Hegel era ampliamente consciente de lo que efectuaba en ese momento, ya que había afirmado, en 1806, que la negatividad es la estancia mágica que convierte lo negativo en ser, y asumía el idealismo de su posición al decir que todo pensamiento que se apodera de su propia verdad es idealista. De igual forma, ¿no es porque se piensa la institución de la Ley simbólica a partir de lo que excluye y que no tiene existencia al estar separado de dicha Ley, la razón por la que Butler puede decir que, en un performativo, una existencia y su propia inteligibilidad coinciden? ¿Y no es por está razón que lo performativo y lo normativo como poder se superponen en su pensamiento? Como contraejemplo, examinemos lo que Foucault describe, desde sus primeros libros, como institución o poder: Butler comparte con él la idea de que la contingencia de ciertas formaciones discursivas va de par con el hecho de que éstas no tienen esencia. Por ejemplo, el “Gran encierro” no es otra cosa que el conjunto instituido por el acercamiento a la vez institucional y conceptual de dominios de la realidad histórica hasta entonces distintos: el modo de exclusión de la locura se produce al principio de la Edad Moderna y de las sociedades burguesas, mediante actos convergentes en dos esferas distintas de la realidad social. Por una parte, una medida administrativa encierra en el mismo espacio a los sin trabajo, a los libertinos y a los locos en las antiguas leproserías que se volvieron inútiles desde que la lepra se eliminó en Europa. Por otra parte, Descartes excluye la posibilidad de que esté loco cuando produce el acto de “dudo, pienso, soy, esta proposición es necesariamente cierta cada vez que la pronuncio o que la concibo en mi mente”. Lo que se instituye aquí, dice Foucault, es un mismo modo de exclusión de la locura: pierde su especificidad social, ya que se la percibe en adelante con el libertinaje y el desempleo; por otra parte, se vuelve radicalmente diferente del ejercicio del pensamiento como capacidad de producir verdad, es decir, como claro y distinto. Hay una performatividad del “Gran encierro” en la que la locura no tiene esencia, no es más que lo que las sociedades hacen de ella a través de la manera en que la excluyen de diversas maneras. Y hay también una especie de performatividad en la convergencia de una medida administrativa y de una meditación filosófica, ya que el lugar de los locos sufre ahí una reconfiguración equivalente. Sin embargo, Foucault nunca dirá que la creación de los hospitales generales y la escritura de las Meditaciones metafísicas son el mismo hecho, puesto que un mismo modo de exclusión puede identificarse en ellos conceptualmente. El pensamiento no produce el ser, aunque sí es capaz de disolver la ilusión de una esencialidad de fenómenos que relaciona a sus condiciones contingentes, si bien inteligibles, de producción. En una institución, en sentido foucaultiano, lo real se describe como producto sin que se produzca a partir de su esencia. Otro ejemplo se encuentra en Vigilar y castigar, en donde Foucault muestra que en el siglo xix, en el espacio de la prisión, un acercamiento se produjo performativamente entre la psiquiatría y las prácticas judiciales, ya que, por razones heterogéneas, los jueces y los psiquiatras hacen resaltar a los “individuos”. Los psiquiatras se interesaban en lo que llamaron “individuo” porque intentaban percibir las múltiples relaciones de lo patológico y lo normal. Por su parte, los jueces que tenían que decidir la suerte de los prisioneros encerrados en un espacio carcelario después de un juicio tuvieron que matizar las decisiones judiciales a causa de la prolongada duración del encierro de los prisioneros: la diferencia de sus conductas en prisión se volvió importante porque convenía organizar la duración de las encarcelaciones. A través de esto, se volvieron sensibles a los “individuos”, lo que finalmente llevó a la creación de los “jueces de aplicación de penas”. En ambos casos, psiquiatría y sistema judicial produjeron al individuo como realidad y categoría. Pero esto no significa en absoluto que el individuo de los psiquiatras sea el mismo que el de los jueces del régimen carcelario. Lo que acercó los dos movimientos fue la necesidad, para la psiquiatría naciente que deseaba ser aceptada por la sociedad, de mostrar que su saber podía ser útil. Por su parte, los jueces recurrieron a los psiquiatras para ajustar la aplicación de las penas. El que se haya puesto en primer plano a los individuos es el resultado performativo, es decir, sin determinación de esencia, de este doble movimiento. Sin embargo, no podría decirse que la denominación “individuo” crea su propio contenido material al mismo tiempo que su significación por el acto mismo de su producción: el pensamiento que describe su proceso no efectúa la producción. Y esto se encuentra ligado al hecho de que Foucault describe “positividades”. Me parece que en la concepción de la performatividad de la Ley simbólica y de la institución de las formas vivas y de los cuerpos sexuados, Butler sitúa el análisis crítico en el mismo plano que la performatividad de los procesos que aborda. Por eso, completa el “producir” foucaultiano mediante un “instituir” butleriano, en el texto que cité al principio de este estudio.

Epílogo

A partir de estas observaciones, habría que regresar a algunos puntos de discusión, en particular, a su lectura de Freud, en la que Butler descuida lo siguiente: un año después de “Introducción al narcisismo”, Freud redacta su texto sobre “Las pulsiones y destinos de pulsión”. Ahora bien, no trata ahí del modelo fálico de la sexualidad ni de la hipocondría, ni del abismo doloroso de la oralidad que daría lugar al cuerpo erógeno. Cuando vuelve a este tema en “El Yo y el Ello”, años más tarde, es de pasada y con una reserva: tal vez, el dolor es un factor en la erogeneidad. Así pues, habría que retomar esta discusión. Por otro lado, concuerdo con Butler en que el lenguaje freudiano sobre el psiquismo y lo orgánico es confuso. Pero ¿no es acaso porque estos términos, que Freud encontraba en el vocabulario de finales del siglo xix, son incapaces de concebir lo pulsional? He señalado de igual manera que convendría confrontar lo que Butler denomina como la melancolía del género con las situaciones que nos hacen hablar de melancolía en la clínica. Y que quizás ciertas y ciertos psicoanalistas, en el periodo mismo en que Butler practica sus lecturas críticas de las teorías analíticas constituidas, producían otras, más atentas a los destinos pulsionales insuficientemente legibles en los modelos reinantes. Sin embargo, esto será en otra ocasión.

 

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* Fragmento de "La institución de los cuerpos vivientes según Judith Butler" de Monique David-Ménard trad. Melina Balcázar Moreno en Acta Poética, vol. 38, núm. 2 (2017): Género y melancolía.

Nota

1 “The constitutive instability of the term, its incapacity ever fully to describe what it names, is produced precisely by what is excluded in order for the determination to take place” (Butler 1993: 218).

Bibliografía

Butler, Judith. Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity. New York: Routledge, 1990.

Butler, Judith. Bodies That Matter: On the Discursive Limits of “Sex”. New York: Routledge, 1993.

Derrida, Jacques. Donner le temps, 1. La Fausse monnaie. Paris: Galilée, 1991.

 

 

 

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