Escenarios periféricos / Relaciones culturales entre el campo y la ciudad

Marc Badal Pijoan

Publicado el 2018-03-25

De noche, vistas desde el espacio exterior, las aglomeraciones urbanas dibujan sobre la Tierra una constelación de manchas incandescentes. Entre las unas y las otras , se extiende una densa trama de pequeños puntos luminosos sobre un fondo que permanece en la oscuridad. El medio rural es esta zona que todavía no ha sido iluminada.

El contraste lumínico que imprimen las ciudades sobre la faz dormida de los continentes puede entenderse como la materialización gráfica de la metáfora que ha vertebrado la modernidad: la luz de la razón imponiéndose sobre las tinieblas. Lo rural, siempre en la sombra, solamente aparece en la escena de la Historia cuando alguien dirige los focos hacia esa realidad invisibilizada. Como si de un interrogatorio policial se tratara, se ve entonces obligado a explicarse, procurando que sus respuestas concuerden con las premisas establecidas por quien tiene el poder de formular las preguntas. En este aparente diálogo, el campo y sus gentes adoptan el papel de sospechoso habitual. La ciudad, o determinados sectores sociales que la habitan, asumen el del celoso inspector que se escuda tras la lámpara que deslumbra al detenido.

La ciudad es, por definición, un centro de poder. La ciudadela, el templo o el mercado en épocas pasadas. Los ministerios y los parlamentos, las sedes corporativas o los cuarteles generales en la actualidad. Como en toda relación desigual, su dominio se basa en un mecanismo de desposesión. En la capacidad de controlar bienes y recursos ajenos. La ciudad necesita al medio rural para conseguir materias primas –alimentos, hormigón, mano de obra– y para depositar las excrecencias nocivas que, forzosamente, debe externalizar. Siendo completamente dependiente es capaz de dictar el curso de los acontecimientos dentro y fuera de sus contornos. El medio rural, por el contrario, pudiendo llevar una existencia al margen de la ciudad, asume con resignación su condición heterónoma.

Desde un punto de vista económico, ecológico, político o militar, esta desigualdad entre lo urbano y lo rural puede entenderse como la expresión territorial de la hiriente paradoja, conocida con el nombre de injusticia social, que atraviesa la historia. Sin embargo, la ciudad también controla otro ámbito sobre el que es totalmente autónoma: la producción de discursos y relatos. En el terreno cultural, la ciudad no necesita al medio rural para nada. Se basta a sí misma para indagar, definir y nombrar todo cuanto existe.

Lo urbano, por supuesto, cuenta con su propia marginalidad, pero, el simple hecho de vernos obligados a reconocer la esencia heterogénea y conflictiva de la ciudad , constituye una prueba más de su dominio. No se puede pensar en ella sin atender a sus propias contradicciones y, sin embargo, nadie se extraña cuando se habla del mundo rural como si fuera una realidad singular y monolítica.

Es evidente que, bajo la geografía laminada impuesta por la industrialización de las actividades agrarias o por el abandono, los rasgos que permitían orientarse a través de los distintos universos de la ruralidad se desvanecen en aquellas zonas que no han sido capaces de aguantar el ritmo de la modernización. La uniformización que nos impide saber a qué ciudad estamos llegando cuando atravesamos sus arrabales de polígonos y nudos varios se está extendiendo al conjunto del territorio. En un plano topográfico y, sobre todo, antropológico.

La ciudad y el campo son conceptos que se definen por su mutua exclusión, pero históricamente han constituido dos partes interconectadas de una misma realidad. La frontera que les separaba era borrosa y permeable. Lo rural penetraba en la ciudad tanto como lo urbano irradiaba sobre el campo. Un flujo continuo de materia y significados los ha vinculado, estableciendo un equilibrio inestable siempre decantado hacia el centro de la ciudad. Hoy en día, la ciudad no es, en absoluto, menos dependiente de los recursos generados en lo rural, pero está enterrando los últimos rastros de ruralidad que la constituían. La dimensión rural de la ciudad se desvanece a la vez que el modo de existencia urbano coloniza el conjunto del territorio.

El proceso de desagrarización que está convirtiendo a la agricultura en una actividad residual en el propio medio rural, viene a reforzar el proceso de urbanización generalizada. Aunque se trata de una tendencia que dista mucho de haberse consumado, las señales de que algo ha cambiado en nuestros pueblos son demasiado llamativas como para no reconocerlas.

El nexo económico –ecológico– con el entorno más inmediato, en el que se basaba la relativa autonomía de las zonas rurales, está siendo desplazado por la conexión al sistema circulatorio que integra y cohesiona el engranaje global de la producción industrial de mercancías. El metabolismo social del pueblo más pequeño, tal y como sucede en la ciudad actual, se abastece de un hinterland que adquiere una escala planetaria.

La memoria, que durante siglos ha sustentado el sentir de las sociedades campesinas, enmudece ante una actualidad tautológica que instaura un presente continuo y absoluto. La fractura entre el ámbito del trabajo y el hogar desarticula uno de los rasgos más característicos de la economía rural. El colapso de la urdimbre comunitaria, prácticamente consumado, integra a la población rural en una atomizada ciudadanía universal.

El resultado que se obtiene al combinar estos procesos no es otro que el de un medio rural transformado en un nuevo espacio urbano marginal.

Son varias las fisonomías que adopta, desde las urbanizaciones que invaden los intersticios de las grandes aglomeraciones a los enclaves turísticos en la costa o en las montañas. Desde la capital comarcal asfixiada por un ensimismamiento paralizante a la pequeña ciudad dormitorio que solamente conserva el nombre del pueblo que fue en su día.

La condición periférica de la nueva ruralidad urbanizada no solo se expresa en un sentido cartográfico. La escasez y la lejanía de los servicios públicos básicos, por tomar un ejemplo recurrente, establecen un agravio comparativo respecto a la población de los centros urbanos. El precio por vivir en un entorno envidiado por su tranquilidad se traduce en horas al volante, generalmente asumidas por las mujeres, para trasladarse al centro de salud, a la escuela o al supermercado. De hecho, cada vez es más difícil encontrarse con alguien en la calle o en la plaza del pueblo. El espacio público languidece a la espera de los pocos transeúntes que no recurren al vehículo privado para realizar hasta el más mínimo desplazamiento.

En este escenario desangelado, encontramos la prueba, quizás definitiva, para sentenciar la culminación de la metamorfosis social ocurrida en el mundo rural: la aparición de gente ociosa. En las sociedades campesinas tradicionales, pero también en las sociedades rurales modernas, el trabajo era el centro gravitatorio sobre el que pivotaba la existencia. Había, por supuesto, momentos para el descanso, pero estos, de algún modo, no dejaban de estar integrados en la esfera productiva o reproductiva que sustentaba el entramado socioeconómico local. El aperitivo de los domingos al salir de misa, los bailes y las romerías o los encuentros fortuitos en cualquier camino vecinal permitían reforzar o crear nuevos vínculos en la madeja comunitaria. Se trataba de un esparcimiento funcional que respondía a necesidades colectivas y personales muy determinadas.

En estos nuevos espacios urbanos surgidos de las ruinas del mundo rural, sin embargo, lo que encontramos es algo muy distinto. Alcohólicos que consumen las tardes en el bar, pensionistas tomando el sol o sentados al fresco, paseantes que, por prescripción médica, recorren a diario la “ruta del colesterol”, adolescentes vagando por las inmediaciones con sus ensordecedoras motocicletas...

Todos ellos encarnan la figura del flâneur rural. Un ser indolente y pusilánime que, a diferencia de su homólogo parisino del s.XIX, difícilmente puede esperar nada interesante o imprevisto de su deriva cotidiana. Desprovisto de una multitud en la que zambullirse y enfrentado a un plano fijo que conoce de memoria, el flâneur rural transita inevitablemente del descanso ocioso al aburrimiento más entumecido.
 

                *        *        *


Aunque la Real Academia todavía no se ha atrevido a borrar del diccionario la primera acepción de la palabra cultura (cultivo), cuando pensamos en este concepto, intuitivamente nos vienen dos aspectos a la cabeza. El primero, vendría a ser el conjunto de representaciones, costumbres, rasgos o maneras de hacer propias de un determinado grupo social. En este sentido, la aparición de este nuevo espacio urbano marginal constituye el fenómeno cultural determinante en nuestra ruralidad.

Por otro lado, la cultura también puede entenderse como algo que se produce y se ostenta. Desde este punto de vista, el desequilibrio entre lo urbano y lo rural adquiere su máxima expresión. No se trata solamente de que las universidades, los teatros, las grandes bibliotecas o las galerías de arte se ubiquen en la ciudad sino que, salvo raras excepciones, quienes transitan por estos círculos culturales parecen dirigirse exclusivamente a una audiencia que no muestra ningún interés por todo lo queda fuera de los confines de la propia ciudad.

En este monólogo, el medio rural, convertido en objeto, se ve modelado a capricho de los prejuicios de quien habla por él. Los argumentos pueden variar. También el tono y las intenciones, pero raramente los análisis o las recreaciones de lo rural escapan a este ejercicio de ventriloquía. El campo, dicho desde lo urbano, puede adquirir los rasgos de un espacio claustrofóbico, retorcido y embrutecedor, así como encarnar la esencia pura de lo edénico. Generalmente no hay término medio. Las sociedades rurales han sido acusadas de ser reaccionarias por naturaleza, de encerrarse sobre sí mismas y de someter, mediante férreas instituciones tradicionales, la voluntad individual. Sus estratos populares han sido tratados de ignorantes supersticiosos, huraños asilvestrados o sucios maleducados. El tópico del “pueblo pequeño, infierno grande” ha espoleado la creatividad de muchos autores y ha condicionado las interpretaciones de tantos otros pensadores. En el extremo opuesto, el género bucólico-pastoril de la “alabanza de aldea” cuenta con una tradición secular. Desde la Grecia clásica al medioevo andalusí, la poesía inglesa del s.XVIII o la retórica fascista del primer tercio del s.XX.

A pesar de los sesgos que distorsionan las interpretaciones históricas y las reflexiones sobre el presente, para entender el medio rural es necesario adentrarse en los meandros propios de esta producción académica, artística o periodística. Sería absurdo negar su utilidad y su interés, pero cualquier acercamiento a dichos trabajos requiere, en todos los casos, desbrozar la fuerte carga ideológica que impregna sus falsos atajos discursivos.

Más allá de esta cosificación que relega al mundo rural a la condición de personaje o paisaje narrativo, bien sea en una obra artística o en una investigación de carácter más o menos teórico, existen otras relaciones entre el mundo de la cultura y el campo.

Una de ellas es la que se establece a través de artistas, escritores o profesores universitarios que se exilian voluntariamente a un entorno rural buscando un lugar donde el reposo y el silencio se alíen con su actividad reflexiva y creativa. Tal sería el caso de compañías de teatro o de circo que instalan su lugar de ensayo en zonas relativamente cercanas a la ciudad, corrientes pictóricas que apuestan por un contacto íntimo y directo con los paisajes que reflejan en sus obras o escritores que se mudan a una pequeña aldea de montaña. La producción cultural de estos “talleres” u “obradores” no tiene por qué estar centrada en temáticas relacionadas con el entorno rural que les rodea. En muchos casos, la decisión de trabajar en el campo responde únicamente a una voluntad de apartarse del aire viciado de los círculos culturales o, simplemente, a una necesidad de espacio y silencio. Aunque, por supuesto, también existen casos bien conocidos de creadores o pensadores instalados en el medio rural que han reflejado en su obra lo que ocurría en este entorno.

La presencia de estos personajes excéntricos, más allá de aportar cierta diversidad sociológica, no suele tener demasiadas consecuencias en la cotidianidad de las localidades que los albergan. Es cierto, sin embargo, que en pueblos muy pequeños esta actividad cultural puede tener su incidencia a través de eventos o programas públicos. Algunos ayuntamientos en zonas fuertemente despobladas, incluso, han promovido la instalación de artistas y artesanos en su municipio como vía de revitalización y desarrollo.

Por último, conviene no olvidar que prácticamente todos los pueblos cuentan con sus propios artistas o historiadores amateurs. Ninguneados por los gestores culturales y menospreciados por los expertos, estos agentes culturales no solo llenan un vacío allá donde ningún profesional se ha preocupado por llegar sino que, en el caso de los historiadores locales que escriben sobre su pueblo o su comarca, llevan a cabo una actividad que, a menudo, acaba nutriendo directamente el trabajo de los universitarios.

El medio rural puede ser también un escenario donde se muestra o representa algún tipo de expresión cultural. Nadie se sorprende al constatar que la agenda programada no rebosa, precisamente, de actividades, pero quizás conviene recordar que muchas de las capitales comarcales de nuestros entornos rurales contaban, hasta fechas muy recientes, con salas de cine y compañías de teatro no profesionales. Actualmente, las poblaciones de mayor tamaño o los enclaves que atraen una mayor afluencia de turistas organizan programas veraniegos o eventos puntuales, pero en el resto del territorio las artes escénicas, las conferencias o las exposiciones no dejan de ser anécdotas esporádicas y descontextualizadas. 

En relación a las expresiones vernáculas de la cultura popular, en muchas zonas todavía se mantienen ciertos elementos, más o menos folklorizantes, que podrían entenderse como retazos de una cultura campesina en pleno proceso de hundimiento y desnaturalización. Desprovistos de su dimensión comunitaria y desvinculados del modo de vida que los alumbró, suelen adoptar el carácter de espectáculos destinados a entretener a los turistas o a reforzar estériles sentimientos identitarios de la población local. Es lícito reconocer, sin embargo, que algunos de estos eventos son capaces de activar procesos interesantes en el seno de las maltrechas comunidades rurales. Dejando a un lado los aspectos polémicos que a veces les rodean (cuestiones de género, maltrato animal, connotaciones clasistas, elementos religiosos...), quizás, el mayor problema asociado a estos últimos testimonios del mundo rural tradicional es que constituyen, prácticamente, la única oferta de una programación cultural reducida a las orquestas de baile o, en su versión precaria, al sintetizador que ameniza las fiestas patronales.

Una infinidad de equipamientos financiados con fondos europeos y concebidos, supuestamente, para dinamizar cierto movimiento cultural en los pueblos permanecen a la espera de que alguien les encuentre alguna utilidad más allá de almacenar sillas y mesas plegables. Bibliotecas itinerantes recorriendo decenas de kilómetros para atender un número ridículo de usuarios. Charlas o espectáculos a los que, salvo raras excepciones, asisten exclusivamente sus organizadores. Exposiciones de artistas o artesanos locales en centros de interpretación que, con suerte, atraen la mirada de algún vecino curioso o grupos esporádicos de turistas. Por mucho que sea un tópico cargado de cierto desprecio, a menudo , el medio rural se asemeja a un vasto y sofocante desierto cultural.

Existe, por último, una nueva corriente que intenta activar procesos de reflexión colectiva y de transformación en el medio rural a través de proyectos relacionados con el arte, en un sentido amplio. Algunas de estas iniciativas se orientan a la creación de espacios y dinámicas que pretenden sacudir el sopor y el desánimo reinante en las zonas más despobladas o remendar el tejido comunitario en localidades mayores. Gracias a la iniciativa de asociaciones locales o de artistas con cierta proyección, empiezan a proliferar propuestas que perfilan un nuevo horizonte cultural en la ruralidad. Festivales de cine temático en pequeñas aldeas, muestras de teatro callejero, conciertos o happenings en explotaciones agrarias, bienales de arte contemporáneo en antiguas cooperativas agrícolas, etc. El reto al que se enfrentan estas prácticas es conectar con la población autóctona y superar su evidente tendencia al paracaidismo.

Con objetivos similares, pero a través de planteamientos muy diferentes, nos encontramos con otros proyectos, generalmente impulsados desde el arte contemporáneo, que ponen el foco en las actividades agrarias y los conocimientos que las sostienen. Colaborando estrechamente con el sector primario de un territorio determinado suelen generar, recogiendo y amplificando la voz de quienes nunca la tuvieron, mecanismos con el objetivo de visibilizar las críticas al modelo de desarrollo rural y al sistema alimentario hegemónico.

Siguiendo la línea trazada por ciertas corrientes artísticas que conciben su práctica como un modo de intervención social, estas experiencias incluyen como parte de su trabajo diferentes procesos participativos con una población local poco acostumbrada a tomar la palabra y a expresarse a través de unos códigos que les resultan ajenos. Sobre la base de un significado compartido –la situación concreta de aquel territorio–, este choque de significantes es, precisamente, el que abre la posibilidad de generar nuevos puntos de vista y nuevos estados de ánimo que permitan reforzar los procesos colectivos a los que se incorporan estos proyectos culturales.

La capacidad de activar nuevos resortes perceptivos y cognitivos, de plantear perspectivas insólitas sobre la realidad más cotidiana, se revela como una estrategia muy interesante frente al desánimo reinante, especialmente en las zonas rurales más periféricas. Las pocas experiencias que hasta ahora han explorado este camino representan, sin duda, una posibilidad de devolverles parte de la dignidad negada a quienes viven de trabajar la tierra. Son ensayos tentativos que le reconocen al mundo rural y a quienes lo han mantenido vivo la condición de sujeto y de agente activo que siempre se le ha negado. 

La paradoja que subyace bajo estas iniciativas es que, en muchas ocasiones, están a cargo de artistas sumergidos en la lógica voraz del mundo del arte. Con una agenda desbordada por compromisos diversos y continuos viajes, obligados a posicionarse en el panorama cultural para seguir optando a líneas de financiación, carecen de tiempo para plantear intervenciones a medio o largo plazo que contribuyan a una regeneración efectiva y duradera del tejido comunitario. 

A pesar de ello, estos nuevos acercamientos a la ruralidad desde la cultura contemporánea son francamente sugerentes. Pueden llegar a desempeñar un papel importante como herramienta de dinamización local y contribuir a visibilizar un mundo que se resiste a verse arrastrado por el desagüe de la historia. Sus prácticas suponen una bocanada de aire fresco en un clima de resignación colectiva y pueden llegar, en efecto, a iluminar muchas de las zonas oscuras que enturbian el horizonte vital de la población rural.
 

 

Luzaide, marzo 2018

 

Imagen de portada: Jules Bastien Lepage, La cosecha, 1880.