La voz que me llama

Pablo Helguera

Publicado el 2016-05-08

Era el 22 de mayo del 2006. Me encontraba en Anchorage, Alaska, preparándome para realizar el viaje más largo de mi vida —recorrería la totalidad de la carretera panamericana en una camioneta, como parte de un proyecto de arte público que había planeado.[1] Era el día de mi partida y estaba ansioso, no tanto por la perspectiva del viaje, sino porque había estado esperando por varios días la posibilidad de entrevistar a Marie Smith Jones, la última hablante del eyak, la lengua del centro-sur de Alaska. A Sus 87 años, y con salud delicada, sabía que no habría otra oportunidad para verla. Los lingüistas que había contactado a través de la universidad de Anchorage no habían sido de gran ayuda —al ser sólo un artista y no un lingüista o antropólogo no parecían tomarme en serio, o parecían protegerla como si fuera de su propiedad. Para mí, entrevistar a chief Marie me era vital para documentar un testimonio de la cultura local que está por desaparecer.

Finalmente, la víspera de mi partida, gracias a la insistencia de Sean Licka, un profesor de la universidad que apoyaba mi proyecto, conseguimos entrar en contacto con su hija Sheilah. Chief Marie me vería después de su siesta de las 3:30 p.m. Vivía en Fairview, un barrio de clase trabajadora de Anchorage (como la mayoría de los barrios). Yo estaba nervioso: nunca había entrevistado al último hablante de una lengua.

Ver a chief Marie fue impactante. Era una mujer extremadamente frágil, pequeña, raquítica. Estaba hundida en un sillón con cojines y osos de peluche. Una mesita a su derecha estaba llena de medicinas, una caja de kleenex y un cenicero —chief Marie nunca había dejado de fumar. Había pinturas y símbolos eyak en las paredes.

Le traje un regalo mexicano como agradecimiento, lo cual ayudó a romper el hielo. Le pidió a su nieta que se sentara junto a ella para que le repitiera mis preguntas, pues casi no oía. Estaba igual de nerviosa que yo, lo cual me tranquilizó un poco.

 

Hablamos primero de su familia. «Los animales simbólicos de mi familia son el cuervo y el águila», dijo. «Cada quien recibe un nombre especial, el mío es Udach' Kuqax*a'a'ch, que significa “la voz que me llama”».

Había nacido en Cordova, Alaska, en 1918. Hacia 1948 se casó con un pescador de nombre William F. Smith, con quien tuvo nueve hijos. Sin embargo, en aquella época era un estigma dentro la sociedad norteamericana hablar una lengua indígena, y por ello no les transmitió su idioma. Su hermana mayor, la última interlocutora que le quedaba, había muerto en los años noventa. En esa época, ya en su séptima década, Marie se encontró en la extraña situación de convertirse en la líder de una tribu —los descendientes de los eyak— y a la vez la defensora de una lengua que ella era la última en poder entender. Con el lingüista Michael Krauss armó un diccionario eyak y una gramática, pero los esfuerzos no sirvieron para educar a la nueva generación.

Durante una hora chief Marie narró fábulas eyak; una de ellas, su preferida, consistía en la historia de un hombre ciego al que un animal del bosque le concede el deseo de ver de nuevo. Al regresar, el hombre descubre que su esposa lo engaña con otro y, en general, ve la miseria del mundo.

Al final de la visita, contándole de mi viaje, chief Marie dijo una plegaria en eyak. La fonética de la lengua es dura, con varios cortes y vocales abiertas, posiblemente más cercana a las lenguas de Asia central que a las lenguas indígenas de las Américas.

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 Aproximadamente cada semana muere el último hablante de alguna lengua en el mundo. La definición de lo que es una lengua es cuestión de debate entre lingüistas, y dependiendo de la definición se podría decir que existen entre 8 mil y 3 mil lenguas, aunque el número promedio se puede fijar en aproximadamente 6 000. De acuerdo con varios lingüistas, el 52% de todas las lenguas cuenta con menos de 10 000 hablantes y un 28%, con menos de mil. Se considera que en los próximos cien años al menos de la mitad de estas lenguas se extinguirá por completo —parte de un proceso de homogenización de la cultura que no es reversible, dada la manera en que la tecnología y la sociedad modernas están estructuradas. La diversidad lingüística del mundo se produjo por sus condiciones geográficas y ambientales (incidentalmente, los países con mayor diversidad biológica son también los países con mayor diversidad lingüística). En los últimos cien años, la desaparición de varias lenguas se ha dado por efecto del colonialismo y por su función en las economías sociales —si una lengua no es útil más que para comunicarse con los miembros de la generación anterior, al final se abandona. Estos ajustes, que a lo largo de los años se han acelerado conforme al ritmo de la comunicación, ha generado efectos que aún no son fáciles de visualizar en un contexto histórico amplio. Sabemos, sin embargo, que la lengua es un fenómeno específico de un lugar y tiempos determinados, y que al desaparecer la identidad de un espacio y un grupo de personas se homogeniza con sus vecinos más próximos. Pero mientras la integración trae más beneficios económicos que la individuación, los pueblos gradualmente se integran en un solo pueblo con los mismos referentes y con menores matices. La muerte de una lengua implica asimismo la muerte de una forma colectiva de ver la vida, en ocasiones, de una cosmogonía entera y, a su manera, un grupo enciclopédico de experiencias construidas a través de generaciones centenarias. El idioma puro no existe —es su impureza misma la que lo convierte en un ente orgánico en constante desarrollo—, pero las referencias generadas en torno a cada palabra inventada por una sociedad provienen de lugares concretos que son incomunicables e irrecuperables. Intelectualmente, es posible aprender una lengua muerta, pero la especificidad de la experiencia no se puede recrear.

Para un último hablante —por ejemplo, si uno fuera el último hablante del castellano— ¿cómo transmitir o explicar los matices metafóricos de Quevedo, los dobles sentidos de Cantinflas o las sensaciones provocadas por la letra de un bolero?

*

Al iniciar mi viaje, había advertido que el yagán —el idioma de los grupos indígenas de Tierra del Fuego—, al igual que el eyak, estaba también en vías de extinción. Por coincidencia y quizá por alguna razón relacionada con la simetría poética del destino, sólo quedaba una hablante, una mujer que vivía en la aldea del mundo situada más al sur.

La aldea Ukika, con 51 habitantes, se encuentra al sureste de Puerto Williams, un poblado chileno localizado, a su vez, al sur de la ciudad argentina de Ushuaia. Cuando los yaganes entraron en su proceso final de extinción, el gobierno chileno creó esta pequeña reserva para ellos, como un gesto mínimo y tardío hacia su cultura ancestral.

Puerto Williams, con una población de 3 000 habitantes, nació como base naval y aún cuenta con una buena cantidad de oficiales de la armada chilena, encargados de vigilar el archipiélago de islas deshabitadas cuya propiedad Chile y Argentina se disputan constantemente.

Mi búsqueda de Cristina Calderón resultó ser un reto no menos difícil que la búsqueda de Marie Smith Jones en Anchorage. Al estar en contacto desde hacía varios meses por correo electrónico con su nieta, quien promueve el conocimiento de la lengua y las tradiciones yaganes, obtuve alguna información intermitente y vaga acerca de las coordenadas de «la abuela», como se la conoce allí. Cuando llegué a Ushuaia sabía que la abuela vivía en Puerto Williams, a tan solo a 20 km. cruzando el canal Beagle —pero no sabía que el transporte comercial entre ambas poblaciones es prácticamente nulo, y particularmente en estas fechas invernales. Además, no tenía la certeza de encontrarla, pero no tenía más remedio que intentarlo.

Conseguí finalmente un transporte en lancha neumática, que me llevó a la isla Navarino de Chile (donde se encuentra Puerto Williams) junto con dos turistas australianos. Atravesamos entre la nieve y el frío gélido en la lancha que trotaba cual caballo por las olas del canal. Se tuvo que concertar por teléfono una cita con dos oficiales de emigración chilenos en puerto Navarino, quienes vinieron ex profeso a una zona designada de la isla, donde se encuentra una choza que sirve de aduana, a sellarnos los pasaportes. De ahí una camioneta me llevó al otro lado de la isla, por un camino de lodo (no hay caminos pavimentados), cruzando nieve y granizo por parajes apenas poblados por alguna clase de naturaleza, hasta llegar a nuestro destino. Un hombre silencioso, que parecía un indígena de Alaska, fue mi chófer. Le pregunté si conocía a la abuela. «Aquí todo el mundo se conoce», respondió.

Entré a villa Ukika, con su vista espectacular hacia el mar y a las montañas. La casa de la abuela se encuentra en el centro de ella. Llegué a la choza, guardada por dos perros que me ladraban. Estaba nervioso. Toqué la puerta. Una anciana me abrió y me miró con extrañeza.

— ¿Cristina Calderón?

— Sí.

Le expliqué con trabajo qué hacía yo allí. Aparentemente, había oído que yo vendría. Con su acento de Chile del sur me dijo:

«Regrese a las tres. Pero sabe que yo cobro las entrevistas, ¿eh?».

A las tres me presenté formalmente a su puerta con una cámara y dos muñecas tradicionales mexicanas de regalo. A diferencia de Marie Smith Jones, el regalo no pareció interesarle en lo más mínimo.

 

Nos sentamos. Las paredes de su casa estaban pintadas de verde y los muros estaban desvencijados. Apenas habíamos comenzado nuestra conversación, cuando el carnicero local entró por la puerta con un pedazo enorme y sangrante de res. Cruzó la sala y lo dejó en la cocina. Cristina sonrió por primera vez. «Aquí solo comemos asado. Antes se conseguía mucho cordero aquí, pero ya no. Pura res».

La abuela me explicó que todos en la aldea estaban emparentados con ella —tuvo seis hijos, trece nietos y comienzan a proliferar sus bisnietos. Refiriéndose a la expansión de su familia, dijo: «quizá porque me quedé huérfana, es que me reproduje tanto». El padre de Cristina murió antes que naciera, y su madre murió a sus cinco años. Creció con tíos y con su abuelo, de quien recuerda la veneración ancestral y religiosa por el sol. En la infancia de la abuela, la cultura yagana iba ya en rápido declive. La última celebración yagán la presenció fue a los ocho años, en 1936. La última generación en aprender el idioma fue la suya, y su última interlocutora fue su hermana, quien, como en el caso de Marie, había fallecido recientemente.

No recordaba bien el yagán. A diferencia de Jones, que había tomado una postura activista, Calderón había recurrido al silencio.

Como me sucedió con Marie Smith Jones, no sabía cómo abordar la pregunta de lo que significa el saberse el último hablante de una lengua. Pero la abuela comenzó a hablar por su cuenta de la soledad, y de su ambivalencia con Dios.

«Mi hija se suicidó hace unos años. Se tomó unos remedios. Dejé de ir a la iglesia, porque pensé que si algo tan injusto pasaba, eso quería decir que dios no estaba en ninguna parte. Un evangelista vino un día a convencerme que fuera a la iglesia, me dijo que si mi hija murió fue porque quizás habría sufrido mucho más de otra manera». Cristina no le creyó y nunca regresó a la iglesia. Sin embargo, su relación con dios se reanudó, aunque de manera íntima y desde su propia casa. «Creo que todos, al final, estamos solos con nosotros mismos y con dios».

La abuela me mostró algunas de las artesanías yaganes que hacen en la aldea. No tenían realmente ningún aspecto particularmente distintivo ni parecían siquiera referirse a ninguna tradición en concreto. Era realmente una improvisada tienda para los turistas ocasionales que pasan por la isla.

Me despedí de la abuela, agradeciéndole su tiempo y generosidad. Salí de su casa y vi de nuevo el mar y esa poderosa, afilada y melancólica luz austral, los muchos perros dormidos en la aldea, me puse a caminar por el sendero de lodo. Esa última y sencilla reflexión de que estamos solos con nosotros mismos, dicha por la última hablante de una lengua en el poblado más remoto del mundo, me dejó pensativo.

Marie Smith Jones murió en enero del 2008, a los 89 años. En nuestra conversación me dijo que tenía la esperanza de que el eyak renaciera, que los jóvenes lo retomaran. Era quizás una forma de pensar necesaria para ella, a sabiendas de su casi segura imposibilidad. El eyak ahora ha entrado a la larga lista de lenguas muertas.

Cristina tiene la actitud opuesta: para ella no hay manera de salvar su lengua. Hace algunos años intentó enseñar el yagán a los jóvenes, pero «no quieren aprender», dice. Como Jones, los últimos refranes de esa lengua, que ella apenas recuerda, esas canciones que escuchó en 1936, nos quedan cada día más lejanas e inasibles...

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[1] El proyecto en cuestión, que ocuparía demasiado espacio en este artículo para escribir con detalle, se tituló la "Escuela Panamericana del Desasosiego" y consistió en transportar una escuela portátil por vía terrestre a lo largo de la carretera panamericana, haciendo eventos públicos, debates y entrevistas a lo largo del camino.

 



Crítica & Reviews

Sección dedicada al análisis de las prácticas simbólicas. Cada domingo se publica un texto desde la consideración crítica a las producciones culturales, que abarca un espectro amplio de disciplinas artísticas y temas asociados al quehacer cultural.