El cristal ríe –la extraña relación entre un anillo y un archivo de Barragán*–

María Virginia Jaua

Publicado el 2016-08-21

 

Existen diversos motivos por los que me he sentido obligada a escribir sobre la reciente creación de Jill Magid, la pieza “The proposal”. Primero fue como una llamada, algo más fuerte que el impulso de responder a los numerosos, confusos y tajantes juicios y opiniones que se han vertido al respecto; luego, me embargaron unas enormes ganas de verla y de leerla. No sólo descifrarla “intelectualmente” o hacer una “crítica” de ella, sino acompañarla en una aventura que de antemano se sabe destinada al fracaso (como toda obra que realmente se propone alcanzar un imposible, ir más allá). Y tras esos dos primeros impulsos, recordé –nunca podré olvidarlo– que una vez yo misma recibí el encargo de crear una pieza “de arte” con las cenizas de una persona amada. Pero esa es otra historia de la vida privada, que quizás algún día comparta.

Para los lectores no familiarizados con la obra de Magid, ni con la reciente polémica que ha despertado en México, se trata aquí de una pieza hecha con una parte de las cenizas del arquitecto Luis Barragán, cuyo resultado es un cristal, con el que la artista estadounidense mandó a hacer un anillo de “compromiso” y que ofreció a los actuales dueños (1) del archivo del arquitecto jalisciense, con el fin de que este legado se liberara del cautiverio en el que hoy se encuentra en Suiza y pudiera estar a la disposición del público y de los estudiosos.

Antes de continuar con la lectura, es importante señalar que ella está enmarcada en un proyecto más amplio “Los archivos de Barragán” que indaga y reflexiona sobre un asunto de enorme interés como es el de los derechos de autor y la propiedad intelectual. Pero también evidencia un tema sobre el que casi nadie ha querido hablar o muy pocos han señalado. El hecho de que ninguna institución en México, ni privada ni pública, asumió el compromiso de que ese archivo permaneciera en el país. Nadie demostró el interés ni reunió el dinero para adquirirlo. Actualmente, muchos patrimonios culturales mexicanos (colecciones, bibliotecas, archivos) están siendo comprados por instituciones de otros países principalmente de Estados Unidos y a nadie parece importarle o que se sepa, muy pocas personas lo han expresado.

Aquí por ejemplo llama la atención que el escritor Juan Villoro, que siempre ha demostrado una enorme sensatez y sensibilidad, se escandalizara por el hecho de que la familia de Barragán le hubiera permitido a la artista tomar una porción de las cenizas para la pieza. Hizo un llamado a las autoridades a intervenir,  más tarde intentó enmendar varios errores en un segundo texto (2) tal como le reclamó Cuauhtémoc Medina (3) pero sin embargo, en ninguno demuestra la misma indignación -o un interés real- ante la enorme pérdida de legados que se están produciendo desde hace tiempo en México.

También resulta bastante curioso, ya que estamos en el tema del “legado” y de la herencia, que por una vez que la lógica se invierte, es decir, la familia llega a un acuerdo y le permite a un artista crear libremente y le entrega algo tan íntimo y tan valioso en el terreno de lo simbólico como las cenizas, exista la ceguera de un escritor que de alguna manera llame a la prohibición por parte de la “autoridad” (si algo así existe en México); al tratarse, según él, de un acto “necrofílico” y banal con el arquitecto como víctima. (4)

Cuando todos sabemos que la mayoría de las veces los principales censores y asesinos que castran las obras y la posibilidad de que éstas sean un espacio para la creación, son los propios herederos. Pero además, si hubiera víctima no sería Barragán, la persona o el hombre (o lo que queda de él, sus cenizas) sino la obra en su conjunto, pues no sólo su archivo no encontró comprador y varios de los edificios y de las casas que construyó en México cayeron en el absoluto olvido; muchos de ellos han sido modificados o incluso derribados, por ser construcciones de particulares y por no formar parte de las construcciones más emblemáticas como su casa en la ciudad de México, Las arboledas o Las Torres de Satélite.

 

Es curioso como todo ese interés por preservar la integridad se traslada al “cuerpo” de la persona que ya no está entre nosotros. Lo cual me remite a que dentro de nuestra cultura aún no hemos logrado despojarnos de un cierto fetichismo material, ese sí necrófilo.

En ese sentido pienso que Jill Magid debe haber desplegado una buena dosis de seducción y de argumentos para que la familia del arquitecto le permitiera disponer de un poco de sus cenizas. Y me pregunto, si con ese gesto de desapego los familiares, además de ser co-propietarios de una obra que no puede venderse (el anillo), no hayan buscado expiar algo de la culpa que quizás pudieron sentir al haber dejado que el archivo saliera de México y hoy se encuentre en las manos de Vitra y oculto, casi en la caja fuerte de un banco suizo. (5)

Si esto fue así, Jill Magid cayó en México –valga la imagen y el guiño–  “como anillo al dedo”, ya que su propuesta –nunca mejor titulada “proposal”– comportaba un compromiso que nadie antes que ella asumió: intentar rescatar ese archivo. Poco importa que haya "fracasado" en ese intento, pues ya ha logrado evidenciar la enorme pérdida que hasta ahora nadie había "sufrido". Ella misma afirma que su intención al concebir el anillo de diamantes es que este fuera «una herramienta de negociación» (6). Esto es fascinante más allá del entramado que la artista teje –y en la que algunos han querido ver un retorcido triángulo amoroso– para ofrecer a la pareja (7), que posee el archivo, el anillo con el diamante producto de las cenizas del arquitecto.

Pero ¿por qué un cristal?

En Heaven and Hell, Aldous Huxley escribió: «Los seres humanos han invertido enormes cantidades de tiempo, energía y dinero en descubrir, extraer y cortar piedrecillas de colores. ¿Por qué? El utilitarista no puede ofrecer ninguna explicación de un comportamiento tan extraordinario. Pero tan pronto como tomamos en cuenta la experiencia visionaria, todo se aclara. En la visión, los hombres perciben en abundancia lo que Ezequiel llama “piedras de fuego”, lo que Weir Mitchell describe como “fruto transparente”. Estas cosas son autoluminosas, presentan un esplendor preternatural de colorido y poseen una significación igualmente preternatural. Los objetos materiales que más se asemejan a estas fuentes de iluminación visionaria son las piedras preciosas. Adquirir tales piedras es adquirir algo cuyo carácter precioso está garantizado por el hecho que existe en el Otro Mundo.» (8)

Esta reflexión de Huxley es bastante aguda y reveladora, pero también insuficiente, al tratarse ya no de la simple extracción de la piedra de su entorno natural sino de su producción por medio de algo ya considerado “muerto” o que ha hecho ya ese viaje a otro mundo: los restos de un ser querido que respiró, caminó, montó a caballo, amó, sufrió y creó. Un ser cuyo pensamiento cristalizó en una obra arquitectónica que hoy sigue fascinando e inspirando a otros arquitectos y artistas.

Lo hermoso en la obra de Magid no sólo subyace en esa enorme potencia alquímica de lo simbólico por medio de la cual el cristal buscaría su venganza en el diamante, sino también, por qué no, una relación posible con la cristalina precisión de la obra de Luis Barragán: en la que un plano limpio consiguió resquebrajar los esquemas previos de percepción del espacio.

Ahí hay algo que en verdad podría ser hermoso y que nos hace repensar muchos de los juicios que se han hecho hasta ahora. Como los que una vez más Villoro vierte en su texto (9)  cuando señala que «nadie reparó en lo que hubiera deseado el involuntario protagonista de esta historia. Barragán era católico y abominaba el ornamento».

Una vez más el escritor se equivoca por partida doble. El protagonista de la historia no es Barragán, no puede serlo, como tampoco su cuerpo o su cadáver, ya que este existe solo como cenizas (fragmentos de metales), sino algo -que aunque las incluye- pervive mucho más el tiempo: un legado. Por otra parte, el carácter católico y casi ascético del arquitecto ha sido bastante tergiversado o mal leído y demuestra que precisamente no se ha estudiado a Barragán en profundidad, ya que si bien es cierto que provenía de una familia tradicionalmente católica y su arquitectura tanto como la manera de decorar sus espacios era de una sobriedad elegante muy estudiada, el arquitecto sentía fascinación por Grace Jones y por la modelo Imán,  de quien fue muy amigo, y no sabemos por cuántas cosas más sintió atracción y formaron parte de su vida y de sus fantasías, todo lo cual podría contradecir o abrir otras lecturas acerca de su compleja personalidad.

Por eso quizás sea importante olvidar el anillo de la discordia y tomar en cuenta únicamente el cristal. No sólo el cristal con el que se mira, sino el cristal que en este caso mira, nos mira. El cristal que de alguna manera regresa, no sólo como testigo del destino de su propio pensamiento y de su propio trabajo; sino que, al ser él quien saca a la luz -evidencia por mediación de la artista Magid- todos los males de las lógicas mercantilistas y pseudo moralinas sobre algo que debe ser libre como el pensar,  regresa a cumplir una suerte de “venganza”.

Llegados a este punto me asalta esta frase con la que este pequeño texto podría terminar: “el cristal ríe –decía Smithson” (10), que otro escritor usó antes que yo no para concluir nada, ni siquiera como epitafio o texto póstumo, sino como una profunda idea de lo que puede ser el legado, con el fin de iniciar el compromiso de un pensamiento –ese sí libre y compartido– con el lector y que siempre –cada vez que se produce un texto– se renueva.

Seguro ya saben a quién me refiero.

;-)

------------------------------

* The Proposal forma parte de la exposición del mismo nombre, que se presentó del 4 de junio al 21 de agosto en la Kunst Halle Sankt Gallen en Suiza. Actualmente se puede visitar la exposición de Jill Magid “Ex voto” en la galería Labor del sábado 23 de julio hasta el sábado 3 de septiembre.

** Las imágenes que acompañan el texto pertenecen a ambas muestras, salvo la de Las Torres de Satélite.

Notas:

(1) Véase la entrevista a la artista en la revista Código, 4 de agosto de 2016. 

(2) Véase: Juan Villoro, “Anillo de compromiso”, Etcétera, 5 de agosto de 2016. 

(3) Dice Medina en su texto: «En su segundo artículo sobre el tema (“De vuelta a las cenizas”, Reforma 12/08/2016), Villoro reporta, sin faltar a los hechos, que la solicitud de la familia dio vueltas por el Congreso del estado y la Secretaría de Cultura local y que, al no encontrar motivo legal en contra, procedieron a exhumar las cenizas. Pero en lugar de celebrar que una autoridad en México no se extralimite, Villoro pasa increíblemente a reprochar la falta de prohibiciones: Magid ha puesto a descubierto “de manera involuntaria” “la falta de control del patrimonio”.» En: Cuauhtémoc Medina, “Un anillo embrujado”, Excélsior, 19 de agosto de 2016. 

(4) Op cit., Juan Villoro.

(5) Véase: Randy Kennedy, "Tug of War Streches Architect's Legacy", The New York Times, 3 de noviembre de 2013.

(6) Op cit., Código.

(7) El empresario suizo Rolf Fehlbaum, dueño de Vitra, compró los planos, dibujos, apuntes así como el copyright de todos los diseños del arquitecto. Impulsado por su joven esposa, la italiana Federica Zanco, historiadora del arte. Se afirma que ese fue su regalo de bodas.

(8) Aldous Huxley, Heaven and Hell. Londres, Chatto & Windus, 1956. Visto en: Elías Capriles, Estética primordial del arte visionario. 

(9) Op cit.

(10) Véase José Luis Brea, “Mineralidad absoluta” en Salonkritik.

 

Crítica & Reviews

Sección dedicada al análisis de las prácticas simbólicas. Cada domingo se publica un texto desde la consideración crítica a las producciones culturales, que abarca un espectro amplio de disciplinas artísticas y temas asociados al quehacer cultural.