Canciones de moda en el exilio*

Siegfried Kracauer

Publicado el 2018-11-25

Los sonidos de un organillo suben hasta mi despacho y penetran a través de la ventana cerrada. No sé lo que toca el hombre allí abajo en el patio, es probable que tampoco haya nadie que lo escuche. Fuera hace frío, mal tiempo para melodías. Por el pasillo resuenan los pasos, y las máquinas de escribir tabletean incesantemente haciendo que avance la mañana, que está tan ajetreada y ocupada que el organillo es incapaz de encontrar en ella un hueco.

Mientras aún suena, recuerdo otra mañana más amable con la música en la que me llevé una gran sorpresa, fue durante mi última estancia en París. Un público callejero, como el que el azar reúne, se había situado en una callejuela detrás del Palais-Royal en torno a dos músicos y a una mujer. La mujer interpretaba en aquellos momentos una canción de moda que el grupo de gente escuchaba con respeto. Cuando acabó de cantar, se metió entre el público y fue ofreciendo la partitura con el texto, que la mayoría de los asistentes efectivamente compró. Esto fue hace más o menos medio año, y toda

Francia celebraba por aquel entonces el triunfo de los aviadores transoceánicos Coste y Bellonte. La canción honraba este acto heroico. En cuanto el público la tuvo en sus manos, observé cómo muchos labios se movían afanosos y en silencio para memorizar los versos. Y cuando la mujer comenzó a entonar por segunda vez la canción exaltadora, el círculo de personas fue agrupándose poco a poco hasta formar una comunidad que a cada nueva estrofa cantaba cada vez más alto. Artesanos, mujeres de la pequeña burguesía y muchachos con el gorro en la cabeza: entre todos constituían una única gran familia que elogiaba a dos hijos gloriosos. Aunque yo participaba por primera vez en una escena así, era consciente de que ya la había presenciado con anterioridad. ¿En qué lugar del ancho mundo había sido? Mientras la gente se dispersaba, para llevar cual abejas la dulce carga de la canción a otros lugares, caí de pronto en la cuenta: en la película de René Clair Sous les toits de Paris (1). La había visto en Berlín poco antes de partir hacia París, y no había acabado de creerme que estuviese reflejando, sin más, la verdad desnuda.

«Sous les toits de Paris», ésa es la canción que está tocando el organillero abajo en el patio. La melodía desea trepar por las fachadas de las casas pero no lo logra, se ha marchitado, ya no tiene fuerzas. Recuerdo con qué mimo la cantaba entonces en su lugar de origen el pueblo, que cantándola se cantaba a sí mismo. Más tarde vino desde París a recorrer nuestros cines, donde seguía estando medio en casa porque la enmarcaban imágenes de plazas y callejuelas de aquí. Al cabo penetró en los salones y los cafés, como una visita exótica a la que se le concede sin problemas el derecho de asilo por un tiempo corto. Pero a los seres humanos les gusta el cambio, y así finalmente la pusieron en la calle. Unas calles que no conoce son ahora su exilio. Los peatones, que en este país siempre tienen prisa, la echan a un lado, y las máquinas de escribir tabletean por encima de ella.

El organillo ha enmudecido. Dentro de poco el cilindro se habrá desgastado.

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(1)  Kracauer la cita en francés: se trata de Bajo los techos de París, de 1930, que fue la primera película sonora del cine francés.


* Fragmento del libro de Siegfried Kracauer, Calles de Berlín y otras ciudades. Trad. Manolo Laguillo, Errata Naturae, Madrid, 2018.