¿Qué hacer con los domingos?

Luis Ignacio Helguera

Publicado el 2019-01-27

Envejecemos, sobre todo los domingos.

Ramón Gómez de la Serna


Definitivamente, la invención del último día de la semana encontró a Dios ya cansado, aburrido, falto de inspiración y lucidez. Eso explica que los domingos sean aburridos, soporíferos, deprimentes, nauseabundos. Hay en los domingos algo enfermizo, una enrarecida decadencia, hipócritamente disimulados en el disfraz del descanso, de santidad, de convivencia familiar. Más que bíblicos, son infernales:


El infierno serían esos domingos,

Todos esos grises, sordos, ciegos,

Pantanosos domingos

Unidos en un ciclo sin semana


Dicen unos versos de Eduardo Lizalde. Judas metió su cuchara en la última cena, como Satanás la suya cuando creó el domingo.

Las mañanas de los domingos son ya feas, pero dejan todavía en nosotros un necio resquicio de ilusión, de esperanza de ser felices, de pasarla bien cuando menos. Con coquetería solar, farisea, despliega el domingo su abanico, su plumaje de pavo real de utilería. Están como opciones los suplementos dominicales, el fútbol, la misa de doce, las comidas familiares y amigos, los picnics, el zoológico, las multitudinarias excursiones a Xochimilco o Chapultepec (la multitud adora la multitud), el cine, el Valium. Son, en el fondo, más que formas de disfrutar, tácticas para llenar, para matar un día abominable que puede matarnos. La estadística no miente: el domingo es el día en que se producen más suicidios en todo el mundo. Los suicidas dominicales no pudieron matar el domingo y se mataron a sí mismos. Quizás algunos ya habían decidido suicidarse y eligieron el día de la semana ideal para hacerlo. Los consuman sobre todo por la noche. Pues ya por la tarde, después de una sobremesa generalmente pesada, lánguida, indigesta, el rostro del domingo se demacró, se afeó de manera mostruosa; al anochecer, refutada toda esperanza, la sensación de vacío, de profunda desolación, puede ser devastadora. El domingo es un desierto en el que vemos espejismos de felicidad. Y no aprendemos: cada domingo nos engaña con sus ilusionismos, sus tentaciones, sus apariencias, su guiñol de titiritero viejo y barato. Días tan bellos como el viernes o el sábado, escalera de euforia, conducen a un pantano que confundimos con un colchón blando y cómodo. Colchón apestoso, pantano, arena movediza; nuevo engaño: el domingo es estático, pero en esa estaticidad mustia nos empantanamos, nos hundimos como en una arena movediza. Una y otra vez caemos en esa dinámica falsa del domingo, tan falsa como su estaticidad.

Aprenderlo debimos (bueno, no quiero generalizar: debí) desde la infancia, cuando por defender las inapreciables delicias de viernes y sábados, las tardes y noches dominicales entregadas a las dichosas tareas escolares nos decían ya a las claras que el aprendizaje estaba no en ellas, sino en la desdicha de soportar el día que Dios inventó falto de lucidez, sea ebrio o crudo por el tinto de consagrar.

La masificación dominguera del gusto, la traumática multiplicación y mecánica repetición de planes de ser, no digamos felices, de ser a secas, es más evidente que nunca los domingos.

“Dominguero” es un adjetivo peyorativo que dice más de lo que decimos cuando lo decimos. Ningún otro día de la semana cuenta con un adjetivo tan denigrante. “Jornada sabatina” o “Año sabático”, por ejemplo, expresan un Saturno vigoroso y eufórico. “Lunático” tiene una connotación romántica, de ensoñación cuando menos respetable. En cambio, “Gatitas domingueras” (en Chapultepec, por ejemplo) es un verso, del populista a veces impopular Jaime Sabines, que expresa un hastío y un desprecio tigrescos inconfundibles (parecidos a los de “A estas horas aquí”).

Entre sábado y lunes se ubica ese remanso falsamente paradisíaco, a medias purgatorio, en el fondo infernal. Durante las muy escasas temporadas en que mi neurosis toleró oficinas, horarios, jefes, secres, mandar y ser mandado, admito que los domingos tendieron sobre mi vida su velo beato. El lunes se me volvió odioso: volver a empezar (¿a empezar qué?), recoger la roca de Sísifo y escalar de nuevo. ¿A dónde? A un domingo suave y enfermo desde el cual arrojar nuevamente la roca a un lunes que sólo puede tener de bueno que el domingo terminó. Adiós a las oficinas: vivan los lunes del freelancer. “No debe confundirse la plenitud del trabajo profesional con la plenitud de sentido de la vida creadora –escribe el psicólogo Víctor E. Frankl-; algunas veces, el neurótico procura, incluso, huir de la vida pura y simple, de la vida grande y entera, refugiándose en el trabajo profesional. El verdadero vacío y la gran pobreza de sentido de su vida se revelan inmediatamente tan pronto como su ajetreo profesional se paraliza unos instantes: al llegar el domingo.” Bien, pero confieso desconocer “la vida pura y simple”, tanto como “la vida grande y entera”. Me confieso asimismo un inepto para acatar el modelo edificante de vida que nos propone este autor: “En consecuencia, no debemos darnos por contentos con lo ya alcanzado, ni en los valores de creación ni en los de vivencia; cada día, cada hora, plantea la necesidad de nuevos hechos y abre la posibilidad de nuevas vivencias.” ¡Caramba!. Los domingos del doctor Frankl deben de ser fascinantes.

“Día de descanso obligatorio” es la santa definición de ese pantano infecto. Justamente, el descanso auténtico es el libre, desobligado, irresponsable, no el que dictan la ley, la obligación.

Luigi Amara me plantea un problema filosófico: ¿cómo distinguirías los domingos de los otros días de la semana en una isla desierta? Sin titubear mucho respondo que por su sol hipócrita y por el grado de depresión inconfundible que ocasionarían en mi ser.

Basta: este domingo ha llegado a su fin. Lo celebro con la convicción íntima de que después de crear el mundo, y soportarlo unos cuantos siglos, Dios se murió, como quería Nietzsche. Fue por cierto, de abulia, de aburrimiento, de fastidio. Fue por cierto un domingo.

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Foto: Picnic, 1937 © Lee Miller Archives.


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Luis Ignacio Helguera (1962-2003) Para quienes no lo conocieron, esta deliciosa diatriba del escritor y poeta mexicano es póstuma. Hace años la editorial Tumbona publicó varios de sus textos inéditos, compilados bajo el título de uno de los relatos: “De cómo no fui el hombre de la década”. Hoy queremos recordar a este amigo y por eso nos animamos a compartirles esta aplicada crítica a nuestro día favorito, por varias razones. La primera, una conjetura nos hace sospechar que si Luis Ignacio viviera y le pidiéramos una colaboración nos habría dado esta, incluso quizás con más saña. La segunda, es que el texto es un exquisito platillo que se ofrece a ser devorado, al mismo tiempo en que nos saciamos con la autofagia de nuestro propio impulso suicida, servido en una bandeja… au petit plaisir du matin.