Lo que no tiene precio*

Annie Le Brun

Publicado el 2018-10-28

He aquí llegado el tiempo en que las catástrofes humanas se añaden a las catástrofes naturales para abolir todo horizonte. Y la primera consecuencia de este redoblamiento catastrófico es que, so pretexto de circunscribir sus estragos, reales y simbólicos, se impide mirar más allá y ver hacia qué abismo avanzamos cada vez con mayor seguridad.

Nuevo ejemplo de que todo va unido, incluso si la actual precipitación de los acontecimientos vuelve cada vez menos discernibles los efectos de las causas. Lo que tiene que ver con el agravamiento de esa “demasiada realidad” que evocaba yo, hace ya dieciocho años, como la consecuencia de una mercantilización delirante, indisociable del auge informático: demasiados objetos, demasiadas imágenes, demasiados signos neutralizándose en una masa de insignificancia, que no ha dejado de invadir el paisaje para operar en él una constante censura por el exceso. 

El hecho es que no se habrá necesitado mucho tiempo para que esa “demasiada realidad” se transforme en demasiados residuos. Residuos nucleares, residuos químicos, residuos orgánicos, residuos industriales de todo tipo, pero también residuos de creencias, de leyes, de ideas a la deriva, cual cadáveres y caparazones vacíos en el flujo de lo perecedero. Porque si hay una característica del siglo que comienza, es precisamente ese desechable que no sabe ni dónde ni cómo echar y aún menos pensar.

De ahí un afeamiento del mundo que progresa sin darnos cuenta puesto que ahora, más acá de los daños espectaculares, de un continente a otro, se brutaliza el espacio, se deforman las formas, se maltratan los sonidos, hasta modificar insidiosamente nuestros paisajes interiores.

Se quiera o no, es un asunto político de vital importancia. Porque, si bien es imposible definir la belleza viva, siempre conmovedora en su labor de recomponer el mundo a la luz suya, inédita, los dos totalitarismos del siglo XX han perseguido de igual manera las obras cargadas de ella, para imponer un terror sensible, cuyas normas se han revelado intercambiables entre realismo socialista y el arte hitleriano. Hasta afirmar, uno y otro, la misma inmoralidad de ese kitsch moralista, donde hasta el cuerpo humano habrá sido requerido como falso testigo de la mentira ideológica.

Que, a excepción de unos pocos, la casi totalidad de los revolucionarios no haya prestado atención a esta similitud y se haya preocupado aún menos por considerar sus incidencias, no es indiferente al hecho de que, desde la Segunda Guerra Mundial, la fealdad haya tenido vía libre.

Sobre todo, porque en el curso de los últimos veinte años, ese afeamiento parece haberse visto acompañado, cuando no sobrepasado, por una producción artística (artes plásticas y artes del espectáculo, reunidas) cuyas innumerables formas subvencionadas o patrocinadas a un alto costo habrán  logrado, so pretexto, cada vez más confuso, de subversión, sustituir toda representación por el reverso y el anverso de un envilecimiento continuo. Y ello, mientras esa falsa conciencia era respaldada por la fabricación paralela de una belleza falseada por la estética de la mercantilización, en la que algunos han reconocido la marca de un “capitalismo artístico o creativo”(1)

Situación en apariencia contradictoria pero cuya canalización creciente revela qué proceso de neutralización se ha puesto ya en acción para hacer aceptar cada cosa y su contraria, sin dejar nunca de erradicar todo rastro de negatividad.

Por ello sería demasiado simple pensar tras Stendhal que si “la belleza no es más que la promesa de la felicidad”, (2) la fealdad se convierte en una promesa de desgracia. Si nos quedamos aquí, corremos el riesgo de no ver cómo esta nueva “estetización del mundo”, por la que los más se felicitan, encuadra exacciones y devastaciones, para agravar, de arriba abajo de la escala social, una desensibilización sin precedentes (de teatro en museo, de centro de arte en fundación) a través de puestas en escena espectaculares, de performances o instalaciones donde, cada vez más, el cinismo va parejo a la indiferencia.

La consecuencia es la instalación de un orden de la negación desvergonzado, que cuestiona todos los modos de representación, pues los unos acaban por desvalorizar los otros en el curso de unas implosiones en cadena que conllevan que todo quede descarnado. Hasta el punto, de que cada ser, despojado poco a poco de lo que vinculaba sensiblemente el mundo, se encuentra solo e indefenso.

¿Dónde se ha dicho que, para escapar a esta soledad, solo quede la falsa comunidad de una nueva servidumbre, base del éxito de las “redes sociales”? ¿Dónde se ha dicho que, para escapar a la exclusión, haya que pasar por semejante domesticación?

Algo que parecería imposible de alcanzar corre ahora por delante de los hombres. No es más su futuro, que su presente, son sus sueños, que se les escapan.

【…】


Ya se trate de las industrias del lujo o del arte contemporáneo, el mensaje es idéntico: lo importante es formar parte o, dicho de otra manera, no arriesgarse nunca a ser excluido o expulsado de ese mundo donde todo tiene un precio. Convergencia esencial que explica por qué “el arte de los vencedores” está cada vez más financiado, promovido y pagado por los detentores de la industria del lujo.

En efecto, depende de ello el fin de la guerra entre ese mundo donde todo tiene un precio y ese otro, cada día más frágil, del que no se puede extraer ningún valor. Es una guerra feroz, donde la menor manifestación de lo que no tiene precio ha ser neutralizada de inmediato, cuando no subvertida, pervertida o, simplemente, aniquilada. Cuando se está convencido de que todo se paga, cómo no hacer esta declaración de Benjamin Péret:


Quería ser

Pues sin ti soy apenas el intersticio

Entre los adoquines de las próximas barricadas


¿Cómo suponer que no es en absoluto vendible la convicción de Jean Arp según la cual “nuestros actos son actos de soñadores, de nadadores enigmáticos? ¿O, menos aún, la línea de conducta de Francis Picabia, seguro de que “la evasión debe permanecer en la punta de los dedos como un juguete que se columpia”?

Por eso todo objeto, toda imagen, todo manuscrito, todo lugar que prueba materialmente la existencia de ese otro mundo se compra hoy a precio de oro como para probar la convertibilidad del aura en dinero. Sin duda lo inembargable ha fascinado siempre al poder. No obstante, las sumas colosales recientemente invertidas, que pretenden manifiestamente apropiarse de toda herencia cultural, anuncian una explotación descarada, no tanto para sustituir lo verdadero por lo falso como para legitimar lo falso hasta hacer olvidar lo verdadero. Y de la manera más rápida posible, para engañar acerca de una búsqueda que no tiene otro origen que la “sed insaciable de lo infinito” de la que algunos aún no han perdido el recuerdo. Tanto, que esa guerra se parece cada vez más a una carrera contra reloj.

Así que parece lógico que la increíble aceleración de los ritmos de la moda haya tomado el relevo de la huida hacia adelante que instauró el arte moderno, durante el siglo XX, a través de lo que el crítico Harold Rosemberg había identificado ya a principios de los años sesenta como la “tradición de lo nuevo”. Es incluso probable que la radicalidad de ese deseo de Rimbaud de “ser absolutamente moderno” fuera deformada por unos artistas preocupados por permanecer en primera línea, antes de que les imitaran unos publicistas atentos a recuperar las formulaciones más agitadoras. De suerte que, desde el momento en que la loca idea de “cambiar la vida” se convirtió en el eslogan que reivindicaron, en Francia, los renegados de mayo de 1968, la perspectiva utópica ya solo existió como horizonte que obstruir urgentemente por la novedad mercantil.

Tarea de la que se ha encargado alegremente el arte contemporáneo con el reciclaje de los residuos, preparando, instalación tras instalación, un paisaje privado de todo punto de fuga para que la mercantilización pueda invadirlo con sus trampantojos. No habremos esperado mucho para que, con ayuda de la superproducción de los residuos, la historia se haya visto asimilada a inmenso almacén de decorados y anécdotas, mientras que a los medios de comunicación les correspondía el papel de velar por que siempre pasara algo. Internet y la moda han ayudado, y mucho. Internet ofreciéndose como lugar de emergencia de todos los posibles, y la moda convirtiéndose en el modelo de la continua renovación para cambiar la condición histórica y la condición crítica.

No hay duda alguna de que es ante todo a esta inestabilidad, seguida de por esa pulverización de toda perspectiva, a la que responde la “belleza de aeropuerto” como señuelo ed un valor seguro. Los inversores no se equivocaban. Desde los años 1990 hemos asistido a los combates encarnizados que ha suscitado el control de las industrias del lujo. Porque, aunque esta estética, destinada esencialmente a exhibir el precio que cuesta, no es sino un sucedáneo de lujo, es ella la que determina la producción mundial de sucedáneos de ese sucedáneo, que alcanza hasta las poblaciones que la pobreza o el alejamiento parecían preservar de tal contaminación. Sólo daré como ejemplo el caso de los calamitosos bolsos Vuitton que se compran en varios miles de euros en las tiendas homologadas, mientras que sus innumerables falsificaciones las vende por unas decenas de euros cualquier vendedor ambulante en cualquier país del mundo.

Y esto es quizás lo más grave, porque prueba que los propietarios de esas marcas poseen otro poder, aparte del que les confiere el dinero. Ya que comprar el sucedáneo del sucedáneo es no solo un acto de sumisión redoblada sino también una manera de suscribir el orden que lo produce. Sin duda la fuerza de fascinación ejercida por las marcas no es un fenómeno nuevo. Lo que sí lo es, por el contrario, es que esa fuerza de fascinación se ha aprovechado de la llegada de la informática y de su poder mediático para atravesar la sociedad de arriba abajo, y convertirse en una de sus fuerzas estructurantes.

De suerte que la belleza forrajeada que resulta de ello tiene a convertirse en ley, a medida que una indiscutible anomia crece con la instalación del mundo conexionista. En el interior de este, numerosas son las conductas que pierden poco a poco su sentido, mientras que se requieren cada vez más nuevas cualidades de adaptación, véase de flexibilidad. ¿Será que los clichés de la elegancia burguesa bajo la forma constantemente “enriquecida” que propone la “belleza de aeropuerto” pueden ofrecer un semblante de estabilidad, incluso si solo se trata de accesorios?

Ciertamente y, sobre todo, si solo se trata de accesorios. Porque es en esta accesorización estética donde se encuentra “la belleza de aeropuerto” su poder paradójico de desensibilización, legitimando, contra toda coherencia sensible, la libertad de adoptar signos y posturas a condición de pagarlos al elevado precio de la sumisión. Tal es, de hecho, uno de los ejes a partir de los cuales se desarrollan las nuevas formas de depredación a las que me he referido. Así es como la perennidad de las marcas de lujo y el “enriquecimiento” bien calculado de sus productos vienen a contribuir a que la estética más adulterada se sustituya a la ética. 

(1) Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, L’Esthétisation du monde, Paris, Gallimard, 2012, p. 34. Ed. española: La estetización del mundo (trad. Antonio Prometeo Moya), Barcelona, Anagrama, 2015. 

(2) Stendhal, De l’amour, 1822, cap.XVII. Ed. española: Del amor (trad Consuelo Berges), Madrid:Alianza, 1973.

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*Fragmento del libro de Annie Le Brun Lo que no tiene precio / Belleza, fealdad y política, traducción de Lydia Vázquez Jiménez, Cabaret Voltaire, Madrid, 2018.