Guardianes del canon

Marcos Giralt Torrente

Publicado el 2016-05-27

En su reseña del libro Conversaciones con Manuel Borja-Villel, publicada recientemente en este mismo medio, Mariano Navarro aprovechaba una nota a pie de página para arremeter de forma intempestiva, y a mi modo de ver injusta, contra la muestra de Juan Giralt que se celebró en el Museo Nacional Reina Sofía entre diciembre y febrero pasados. Dicha nota se abría tras esta afirmación de su autor, referida al trabajo museístico de Borja-Villel: «desconfío de la independencia que pretende respecto al mercado del arte; dudo que la tuviese en la Tàpies y el MACBA; desde luego no en el MNCARS, donde varios de sus movimientos se sustentan en intereses de parte». El lector habría esperado que, después de una afirmación tan contundente, Mariano Navarro diese algunos ejemplos de esa supuesta parcialidad del director del Reina Sofía señalando, en cada caso, dónde reside el supuesto interés de parte. Pues bien, Mariano Navarro nos da efectivamente algunos nombres, pero allí donde debería explicar en qué consiste el interés espúreo se conforma con descalificaciones simplistas de los artistas citados que en el caso particular de Juan Giralt alcanzan una inusitada agresividad. Este es el texto íntegro de la nota:

«Sirvan de ejemplo muestras como las que ha realizado de artistas cuando menos de calidad e interés discutibles, como las recientes de Andrzej Wroblewski y Nasreen Mohamed o pasadas como la de Renée Daniels, comunes entre sí en su coincidencia de poco conocidos, extranjeros y con obra cuando menos estética y formalmente deficientes. O exposiciones bien de artistas comerciales, así las realizaciones recientes de Cristina Iglesias o aún menos explicables como la actual de Juan Giralt, comisariada por Carmen Jiménez (Sic), con un formato y un catálogo que desobedecen todas la normas que el mismo Borja-Villel fija en el libro, pero que revaloriza a un artista de mediana importancia, epígono de sus contemporáneos, que le permite jugar al “descubrimiento” de un artista marginado (que, por otra parte, no lo fue nunca)».

Más allá de la incuestionable libertad de Mariano Navarro para opinar lo que quiera de la obra de un artista, sorprenden tanto los términos taxativos con que lo hace, como las confusas ideas que parecen asomar por detrás. Por ejemplo: acusar a Juan Giralt de epígono de sus contemporáneos, además de semánticamente contradictorio (epígono es el que viene después), resulta vago, y por ende frívolo, si consideramos que empezó su carrera expositiva en 1959, encuadrado como tantos de su generación en las filas del informalismo, y que, luego de romper con este a finales de los 60, atravesó por diversos períodos –la nueva figuración en los 70, la abstracción en los 80– hasta culiminar, desde comienzos de los 90, una síntesis de sus etapas previas que consituye su estilo más personal y reconocible. Puesto que no pudo serlo en todas sus etapas y de todos sus contemporáneos, cabe preguntarse a qué etapa se refiere Mariano Navarro tachándolo de mero epígono. ¿A todas o sólo a una? ¿A la de los 70, en que, al decir de otros protagonistas de la escena artística, fue uno de los pioneros en la ruptura generacional con el informalismo?[1] ¿O a la última, la de los 90 y 2000, en que casi todos los críticos que se ocuparon de sus exposiciones subrayaron su condición de solitario? Debemos suponer que a ambas, ya que alrededor de ellas –la primera como introducción y la segunda como parte central– orbitaba la muestra del MNCARS.

Resulta fácil descalificar la obra de un artista en la brevedad de una nota a pie de página y hacerlo con afirmaciones rotundas, despojadas de contexto y ajenas a cualquier esfuerzo argumentativo. Y más fácil con la sospecha –en tiempos tan abúlicos como estos– de que probablemente nadie se tome la molestia de contestar. Mariano Navarro afirma que Juan Giralt es un artista mediano y ahí queda dicho, aunque ello vaya en contra de lo glosado por muchísimas voces al menos tan cualificadas como la suya. Lo acusa de epígono y no le tiembla el pulso aunque ni lo fuera en los 70, como convienen quienes vivieron a su lado ese período, ni lo fuera en los 90, cuando su condición de outsider era insistentemente señalada. Sostiene que la exposición celebrada en el MNCARS y su catálogo contradicen los preceptos fijados por Manuel Borja-Villel en el libro de conversaciones y no se preocupa de más, aunque por supuesto no explique en qué términos los contradice y él, como crítrico, enmudezca ante muestras en el mismo espacio con planteamientos similares de artistas de su predilección[2]. Más grave, sin embargo, es su afirmación de que el responsable último de la exposición ha jugado en ella a los descubrimientos presentando como marginado un artista que en realidad no lo fue. Sobre lo primero, lo de jugar a los descubrimientos, vaya esta reflexión: tendemos a pensar que uno de los cometidos de los museos debiera ser el de revisar el canon establecido trayendo al estrado, a modo de propuesta, a artistas que en su día no se beneficiaron del calor de los focos. Quiero creer que Mariano Navaro no está en contra de algo tan elemental. ¿Qué pasa entonces? ¿Que si los artistas en cuestión son de su gusto estamos ante una revisión necesaria y, si no, ante un juego vanidoso? Sobre lo segundo, lo de artista falsamente marginado, una precisión: está en las hemerotecas que, entre 1970 y 1976, Juan Giralt fue uno de los artistas fundadores de lo que se llamó la Nueva Figuración Madrileña. Esa realidad, ya digo que comprobable, no ha sido en cambio reflejada en el relato predominante que con posterioridad se trazó de ese período[3], ni en las exposiciones realizadas ni en la mayoría de los textos críticos que las acompañaron. Los porqués son complejos, pero es seguro que ninguno de los responsables de la exposición del MNCARS ha alentado para explicarlo teorías conspirativas como las que connotaría el adjetivo «marginado» empleado por él. Al contrario: se ha subrayado que la razón principal procedía del enclaustramiento del artista durante los años 80. Así lo explicaba en mi texto del catálogo:

«El canon de los años sesenta y setenta se fijó en los ochenta a partir de las figuras que supieron recolocarse en esa ajetreada década en la que, a la vez que el mercado se expandía, surgían nuevas y fulgurantes figuras en escena y, quienes como él, no estaban allí en el momento en que quedó fijado, simplemente desaparecieron, se los borró retrospectivamente. El problema es que ese «sin historia», que podría haber funcionado como seductor banderín de enganche o como incentivo para revisar algunas falsas certezas, se demostró disuasivo para muchos que por muy diversas razones no estaban interesados en revisar nada. De ahí las dificultades a las que antes aludí en su recuperación y de ahí también el triunfo, cuando esa recuperación –aunque parcial– se produjo, de la etiqueta de outsider». 

Tal vez Mariano Navarro se haya sentido aludido en las líneas precedentes. Al fin y al cabo él irrumpió como crítico en los años 80 y desde entonces ha mostrado especial atención a artistas, generacionalmente próximos a Juan Giralt, que emergieron en esa década y la anterior[4]. No obstante, no incurriré yo en lo mismo que antes le criticaba. Prefiero pensar que sus actuaciones se fundan sobre criterios independientes, ajenos a todo interés propio, incluso a la defensa de su trayectoria como curador y crítico; del mismo modo que estoy dispuesto a dar por bueno que su desprecio de la obra de Juan Giralt no obedece a una razón oportunista, de carácter meramente instrumental, o que socavar su prestigio no es un simple movimiento de ficha en un tablero más amplio donde las complicidades se trabajan con gestos minúsculos como ese. Sólo me permitiré señalar una paradoja: si está tan seguro de la irrefutabilidad de su juicio peyorativo debería confiaren el criterio general y en que, por consiguiente, no se produzca la «revalorización» de la obra de Juan Giralt que a su modo de ver apuntala la exposición del MNCARS. De más está decir que no discuto su derecho a la crítica, sino su chocante asunción, extraña en un conocedor delmundo del arte, de que bastaría una exposición, aunque esta sea en una institución de la importancia del MNCARS, para «revalorizar» a un artista.

Creo, al contrario, que serían necesarias muchas exposiciones de ese tenor, que trajeran a la memoria a otros artistas olvidados del mismo período, contrastándolos con los que se benefician de una mayor proyección, para comprobar cuánto de cierto hay en algunas certezas inamovibles y, si cabe, hacer las revisiones pertinentes. Un crítico como Mariano Navarro no debiera asustarse de ello.

No hay que olvidar, por otra parte, como señalé al principio, que la exposición de Giralt en el MNCARS ponía el acento en los últimos quince años del pintor. Si así fue, se debió a que sus comisarios consideraron que, al margen de la valía de su trabajo en épocas precedentes, era la obra de esos años, que permitía contemplar a un artista en su plenitud, la que con más claridad merecía salir de los desvanes. Habría sido bueno que Mariano Navarro se hubiera quitado los anteojos para contemplarla, olvidándose de prejuicios adquiridos en tiempos tan remotos como los setenta, cuando el ímpetu juvenil de algunos de sus colegas necesitó manchar la reputación de unos para entronizar a otros[5].  

Cuidado con el menosprecio de las víctimas colaterales, porque –y esta es una reflexión vigente entonces como ahora– disparando sobre ellas para prestigiar o minar a un tercero podemos condicionar su vida entera.

Finalizo con una anécdota: el día que se concluyó el montaje de la exposición de Juan Giralt quienes participamos en ella estábamos felices, pues nos parecía que se había logrado un relato convicente y que, sobre todo, la obra exhibida en el meollo de la muestra era de una solidez meridiana. No nos parecía que hubiera resquicios para la crítica negativa, como en efecto apuntaron los artículos que salieron en la prensa después de la inauguración. Alguien más avisado de entre nosotros, atemperó sin embargo nuestro entusiasmo con palabras más extensas y específicas que estas: «Bueno, siempre habrá guardianes del canon que se crean custionados». Al parecer no se equivocaba.

Es mi convicción que Mariano Navarro tiene sensibilidad suficiente para ser mucho más que eso y que su principal pecado en este caso quizás haya sido la premura.

 

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 [1]   “La pervivencia oculta de elementos informales en transformación, creo que es una constante en pintores de mi misma generación artística. A boleo puedo recordar a Darío Villalba, Urculo, De la Cámara, Giralt, Orcajo, Alexanco, etc. Todos hemos partido de “informas”, expresionistas o puramente informalistas, y hemos ido enfriándolas, solidificándolas, hasta llegar algunos casi al constructivismo” (Luis Gordillo, Preámbulo del catálogo de su exposición de 1972 en la Galería Vandrés).
     “Juan Giralt fue, junto a Luis Gordillo, el maestro inicial e incontestable de la Nueva Figuración Madrileña” (Darío Villalba, Juan Giralt maestro, en Giralt, Oviedo, Caja de Asturias, 1997).
[2]   Atomic-Circus, antológica de Patricia Gadea en el MNCARS (2014).  Cito este ejemplo por ser cercano, ya con Manuel Borja-Villel como director del museo. El término «predilección» debe tomarse en un sentido laxo, el que corroboran las críticas siempre elogiosas que Mariano ha dedicado a Gadea. 
[3]   Se destaca siempre la figura omnipresente de Luis Gordillo, y, con él, la de aquellos artistas posteriores sobre los que ejerció una labor tutelar, como Carlos Alcolea, Los Esquizos, etc, olvidando que él no surgió de la nada ni estaba solo sino que tuvo compañeros de viaje con los que coincidió en planteamientos mucho antes de que su fama trascendiera. En el caso de Giralt, viene al caso citar unas líneas de la crítica de Gómez Soubrier a su exposición de 1976 en Vandrés (Opinión, Madrid, enero de 1977): «Un crítico (Castro-Arines) ha sido el único en señalar que las concomitancias con Gordillo existen desde hace diez años y nadie lo ha señalado hasta el lanzamiento de éste. Y no sólo porque durante tantos años han seguido un camino que puede parecer común, sino porque no se parecen y las diferencias son mucho más importantes que las similitudes».  
[4] Los ejemplos son innumerables y citaré algunos. Como comisario: Imágenes de la abstracción: pintura y escultura 1969-1989 (Fundación Caja Madrid, 1999), Los setenta, una década multicolor (Fundación Botín, 2001). Como conferenciante: Transiciones democráticas. Arte español de los años 70 y 80 (Patio Herreriano, 2011). Como prologuista de catálogos: Idea: pintura fuerza (MNCARS, 2014).
[5] Es en este contexto, creo, en el que deb entenderse la cita de Gómez Soubrier de la nota 3.

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Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) es escritor y crítico literario, autor de tres novelas: París (Premio Herralde de novela), Los seres felices y Tiempo de vida (Premio Nacional de Narrativa y Premio Strega Europeo); así como de los libros de cuentos Entiéndame, Nada sucede solo, Cuentos vagos  y El final del amor (Premio Ribera de Narrativa Breve). Es hijo de Juan Giralt y ha contribuido a la antológica del pintor en el MNCARS como asesor y autor de uno de los textos del catálogo.

 

 

 

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Sección dedicada al análisis de las prácticas simbólicas. Cada domingo se publica un texto desde la consideración crítica a las producciones culturales, que abarca un espectro amplio de disciplinas artísticas y temas asociados al quehacer cultural.