Sobre la soledad*

Pascal Quignard

Publicado el 2019-06-30

Al final de la Ethica, Spinoza sueña con una comunidad de raros, de difíciles, de secretos, de ateos, de despiertos, de luminosos, de luminiscentes, de Aufklärer. Fundar un club antidemocrático cerrado a los sacerdotes, los magistrados, los filósofos, los políticos, los editorialistas, los profesores, los galeristas. Quizás hace falta retornar a una difusión más solitaria y clandestina de la obra de arte. Horror pleni, error pleni. Haría falta afinar un medio  para mostrar las obras como antaño la música sabia, apartada de la Corte. Como antaño Sainte Colombe. Como antaño Johan Jakob Froberger y las suites francesas. Como antaño Sprit, La Rochefoucauld, madame de Sablé, los retratos, las máximas, los fragmentos, las novelas: apartados de Versailles y apartados del derecho. Reservar un bolsillo para la rareza cuando se ha vuelto extrema, una cavidad en el corazón de la soledad, una grieta de la no reproductibilidad. Como Jacqueline Pascal al final de la noche que va del 3 al 4 de enero de 1652, en París. Está sola y no besa a nadie por temor a que lloren. No se tocan. Como Miguel Ángel un día, una mañana de enero de 1484, al alba, en la destrucción encantada de una estatua hecha de nieve, que se deshace a medida que el sol se alza y su resplandor se ilumina. No se mueve. Contempla ese derrumbamiento del cual no quedará, a sus pies, más que un agua mezclada con lodo. Reanudar la irreproductibilidad sagrada. Lo singular. La única vez. Poder cerrar la puerta de la galería a aquellos a quienes no se desea ver, poder rechazar la cesión de derecho a la comunidad internacional que coloniza o aterroriza, poder rechazar la venta a los analfabetos, discriminar a los familiares. Arrancar la accesibilidad misma a la repetición. Desubordinar la producción artística al éxito del número más grande, a la recuperación nacional, a la censura de una comunidad de creyentes. Es esto lo que intentamos hacer Emmanuel Hocquard y yo en 1971, en Malakoff, alrededor de una imprenta tipográfica, en la amistad. Nueve era entonces un número apenas pensable de “ejemplares”. Incluso dos manos enteras no bastaban para sostenerlos. Bebíamos más botellas de vino que reproducíamos los libros que componíamos.

Era de noche. Llegábamos por el callejón negro. Emmanuel empujaba la puerta del taller.

Una mujer muy bella, un perro terrible, los cuatro juntos éramos felices.

Se trata de traer el “Érase una vez” del origen.

La puerta es única y nuestro cuerpo está solo, en ella, entreabriéndola.

Es la puerta sexual a través de la cual nacemos solos.

Sófocles: pobres generaciones de mortales, no hay, entre cada una de ellas, más que una nada.

Ninguna ciudad puede ser erigida como una muralla contra la muerte.

Ningún ejército, por numeroso que sea, puede defenderte contra ella.

El diezmo que se paga es la muerte solitaria.

Es aún más solitaria que los nombres propios que distinguen unos de otros a los individuos.

La soledad es el último pase.

Pues los nombres propios que nos designan individualmente han sido retomados, uno a uno, de los labios de un muerto.

Y así cada cual entra solo por la puerta donde otro desapareció.

(…)

Se lee solo, de soledad en soledad, con un otro que no está ahí.

Ese otro que no está ahí no responde y, sin embargo, responde.

No toma la palabra y, sin embargo, una particular voz silenciosa, tan singular, se eleva de entre las líneas que cubren las páginas de los libros, sin sonar.

Todos aquellos que leen están solos en el mundo con su único ejemplar. Forman la comunidad misteriosa de los lectores.

Es una compañía de solitarios, como se dice de los jabalíes bajo la sombra tupida de los árboles. 

————-

Hemos elegido estos fragmentos del libro Sobre la idea de una comunidad de solitarios de Pascal Quignard para despedir a Julián Rodríguez, una persona muy querida, respetada y que deja un vacío inmenso en varios ámbitos de la cultura española y de los afectos. Desde aquí un abrazo muy fuerte a la comunidad de solitarios: que son amigos y que son lectores.