«Resurrección» de Eugenio Polgovsky

María Virginia Jaua Alemán

Publicado el 2018-04-01

Este texto podría estar dedicado a personas que llevaré siempre 

en mi corazón por su brillantez, por su integridad,  por su amistad 

y por la fugacidad de su paso por el mundo.

Sin embargo quiero dedicarlo a las que siguen aquí, 

y que también han sido marcadas, de manera anticipada,

por el duelo y el deber de memoria:

 

a Mara y a Camille

 

“No hay casualidad”, me vaticinó de manera contundente el I Ching hace apenas unas semanas, en la voz y el acento de una enigmática mujer china. Aparte del contexto íntimo y personal en el que la frase me fue dicha, digamos que la sentencia en sí misma encierra toda la potencia que puede generar la suma de dos acciones que podrían parecer opuestas: una suerte de rebeldía que al mismo tiempo se responsabiliza. 

Digamos entonces, para ir entrando poco a poco en la materia, que no es casual que haya elegido este día tan señalado para hablar del último trabajo realizado en vida por el cineasta mexicano Eugenio Polgovsky (1977-2017) que se titula, precisamente porque no existe la casualidad, Resurrección.

No son pocos los motivos que me impulsan a compartir con los lectores mis reflexiones acerca de este y otros trabajos fílmicos de Polgovsky, es más, diría que son numerosos y que incluso muchos de ellos no los tengo del todo claros. Pero confío en que aun me quede tiempo y espacio para ir elucidándolos, a medida que vaya escribiendo estas líneas.

Conocí a Eugenio Polgovsky el día en que proyectó su primer largometraje de no ficción en la primera edición de Ambulante, el Festival de cine documental de la Ciudad de México, en el año 2006. Me lo presentó mi amigo Hubert Sauper, otro documentalista austríaco que para entonces ya tenía un amplio recorrido y gozaba de reconocimiento por la película Darwin’s Nightmare. Ocurrió en el cinépolis Diana, que para los que no conocen la ciudad, diré que es un cine que está en el Paseo de la Reforma a la altura de la célebre glorieta que alberga a la diosa situada en medio de una fuente.

Ese primer trabajo del entonces muy joven cineasta mexicano se tituló Trópico de Cáncer. En él se nos muestra un juego de espejos entre las personas que sobreviven, de manera precaria en el desierto de San Luis Potosí, vendiendo especies protegidas, y los conductores y viajeros que se detienen en la autopista, en su trayecto de ida o de vuelta, a ver o a comprar esos animales. La contundencia de los retratos deja al espectador literalmente atrapado en un dilema moral, pero también ocurre que el cineasta hace que nos vayamos de la sala cargados de preguntas y de cuestionamientos, acerca de nuestras propias vidas, aunque en apariencia poco o nada tengan que ver con una carretera que atraviesa gran parte del país.

 Fotografía Camille Tauss

Fotografía Camille Tauss

Ya se ha dicho en otras ocasiones, pero es importante volver a señalarlo ahora, que la proyección de esta primera película significó un antes y un después en la historia del documentalismo reciente en México. En primer lugar, porque quizás fue Polgovsky uno de los primeros de su generación de egresados del CCC, que apostó por este género de una forma determinante y determinada. Y fue precisamente esa determinación la que, por un lado ha inspirado a muchos cineastas más jóvenes a seguir los pasos, y por otro, también jugó su papel en la puesta en marcha de Ambulante, que es un festival con cierta relevancia a nivel internacional dedicado al género documental, pues no solo reúne a los creadores sino que se ha configurado como una plataforma que los jóvenes cineastas mexicanos necesitaban para dar a conocer sus filmes.

Me pregunto a qué se pudo deber el giro de Eugenio y su compromiso con este género. Regreso a las palabras del oráculo chino: un gesto de subversión que al mismo tiempo cobra consciencia de sí mismo y de su responsabilidad. Quizás ese sea el matiz que soy capaz de imprimir a la respuesta que sospecho me habría dado a mi pregunta acerca de la necesidad de hablar de una inabarcable cantidad de temas y problemáticas.

Una necesidad que hoy es urgente, cuando los periodistas son asesinados con total impunidad y se han incrementado hasta unos niveles insólitos las desapariciones de jóvenes estudiantes, los asesinatos de activistas medioambientales y de indígenas que han decidido enfrentarse a los atropellos de los grupos de la delincuencia organizada dentro y fuera del Estado, con o sin el consentimiento y la complicidad de este.

Además de la gran sensibilidad artística que Polgovsky expresó por medio de su fotografía, siempre manifestó estar en posesión de una enorme consciencia y responsabilidad con respecto a los cambios que estaba sufriendo México, causados por el regreso de un liberalismo aun más salvaje y depredador de los recursos naturales y humanos.

Más tarde realizó la película Los herederos. Otra vez resuena aquella máxima “no hay casualidad”. Quizás a ello se deba que yo estuviese el día que se proyectó en el festival internacional de documental Cinéma du Réel en París, en 2009, donde obtuvo una mención especial del jurado. Estuvimos ahí con Eugenio varios amigos, presentes en ese momento importante. Recuerdo que la gente aplaudió y lloró. Digo “la gente” en un vano intento de escaquearme y no llorar al traer el recuerdo mientras escribo, es decir, mientras revivo ese momento. 

La película es dura y hermosa, como todos sus trabajos. En ella registra el trabajo infantil en diferentes regiones rurales de México. Al tratarse muchas veces de niños aun muy pequeños se abre una herida, pero al mismo tiempo no recuerdo haber visto nunca un retrato más amoroso y por ello más respetuoso. Casi se podría decir que Polgovsky siente devoción y admiración por ellos. 

El director hizo esta película acompañado por Camille Tauss, quien se encargó del sonido, que entonces era su pareja y luego sería la madre de su hija. En la película prácticamente no hay diálogos. Solo se registran las diferentes tareas en las que los niños se implican. Vemos y escuchamos cómo es la labor de la cocina, la talla de la madera, la cosecha, el acarreo del agua, el cuidado de los más pequeños y un sin fin de trabajos que los niños desempeñan con una enorme seriedad y entrega. La cámara no los ve desde arriba ni los hace pequeños, tampoco los idealiza por medio del contrapicado, simplemente los mira de frente, les da su lugar. Me imagino que para ello Eugenio debe haber encontrado una manera de sostener la cámara en la que su mirada pudiera estar a la altura de la circunstancia y de la dignidad que consigue restituir.

 

Para mi esa película debería ser parte del programa de estudios de todas las escuelas de primaria, y no solo de México. Pero sobre todo debería ser obligatorio verla para cualquier político mexicano dentro y fuera del país, que se llenan la boca y los bolsillos con las mentiras y el dinero que tendría que repartirse para lograr una mayor equidad y justicia. Un película como Los herederos está destinada a todos aquellos que dicen amar a México pero que ignoran la realidad y miran hacia otro lado. Ya que es  el fruto de la entrega de alguien que sí amó profundamente a su país y a su gente.

Entre el 2008, fecha en que realizó Los herederos, y el 2016, que es cuando terminó Resurrección, su última película, hizo una obra bastante peculiar que se titula Mitote. Tuvimos la enorme suerte de coincidir en México durante una de mis estancias, y así lo invité a que les presentara esta película a los estudiantes con los que yo estaba trabajando en ese momento en un seminario de la Fundación Alumnos 47. 

Mitote es, por lo menos hasta ese momento, la única película de Eugenio de tema urbano. La filmó solo. Como en casi todos sus trabajos él hacía casi todas las funciones: cámara, fotografía, guión, montaje, sonido. A veces acudía a su familia, sobre todo a su hermana Mara Polgovsky o a Camille, para que le ayudaran en cosas muy puntuales. Era un cineasta que prácticamente gestaba él solo sus películas. 

En Mitote buscó, según sus propias palabras, “la radiografía del instante”. Esta frase hace que mi mente se dispare en diferentes direcciones. Por un lado me recuerda otras palabras, las de Xhevdet Bajraj, un poeta albano-kosovar refugiado en México tras la guerra de los Balcanes, quien una vez me dijo que en la esquina de su casa, él podía asomarse todos los días al Aleph. Lo cual es cierto, pero solo para quien quiera verlo. Pues en muchos puntos de la ciudad podemos encontrar concentradas un sin fin de realidades y de personajes. Por otra parte me hizo pensar en Salvador Elizondo y en esa obsesión suya de capturar el instante en la escritura de una imagen.

En esta película Eugenio hizo un retrato del Zócalo (también conocido como plaza de la Constitución), uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Para ello agarró su cámara y se dispuso a recorrer en un día el espacio de 46.800 m² (195 m x 240 m) delimitado por la Catedral de México, el Palacio Nacional, el antiguo edificio del Ayuntamiento y la sede del Gobierno de la Ciudad de México. Aunque también se desplazó por algunas de las calles adyacentes.

 Fotograma de  MItote  (2012)

Fotograma de MItote (2012)

Estoy segura de que con el tiempo este “retrato” será un documento de gran importancia histórica tanto para la ciudad como para el país, ya que el film fue realizado en un día del verano de 2010. Es decir, del año en que se conmemoró el bicentenario de la Independencia (1810) y el centenario de la Revolución mexicana (1910). Paradójicamente en unos tiempos (2010) en los que la sumisión y el despojo ha alcanzado niveles alarmantes, debido a la entrega del país a unos tratados económicos y a una corrupción que lo han ido destruyendo por dentro. 

A estas dos festividades que flotaban en el ambiente se suman el enfrentamiento de la selección mexicana en el mundial de fútbol de Sudáfrica y la huelga de hambre de los trabajadores del sindicato de los electricistas (SNTE). De manera que una parte del espacio de la explanada del Zócalo lo ocupaba el enorme escenario que las grandes marcas (Sony y Coca-Cola) habían patrocinado para ofrecer el espectáculo “gratuito” a la gente; mientras que la otra estaba ocupada por los trabajadores despojados. Así, en el film numerosas capas de realidades van superponiéndose, tal y como ha venido ocurriendo desde que ese lugar fue habitado por los primeros pobladores y erigieron allí mismo la antigua ciudad.

El tono del film es absolutamente realista pero también está salpicado de humor, de cierta psicodelia y del desmadre que lleva en sí el orden del caos, si fuera posible la articulación de dicho oxímoron.

Digamos que en el aleph visual y sonoro de Eugenio se concentran la tragedia, el humor, la enfermedad, la cura, la evasión, la estupidez, la represión, el despojo, el abuso de autoridad, la pobreza, la religión, el despilfarro, lo mitológico, la banalización, la risa, la historia, los ancestros, la modernidad, la indiferencia, la lucidez y, al final de todo, la fugacidad del instante, la imposibilidad de la imagen, es decir la conciencia de la muerte, la única a la que nunca le podemos ganar.

Todo eso nos lo transmite la gente con la que la cámara se va cruzando: el chamán, la señora enferma, el forofo que va a ver el partido, el sindicalista indignado, el conchero emplumado y lúcido, el vendedor ambulante, el borracho, los jóvenes, el policía, las máscaras de los dioses antiguos, la señora enferma, los que ignoran qué hacen, el animador, las campanas… Todo ahí habla, todo se expresa, todo vibra, todo salvo los poderes fácticos que siempre mueven los hilos en el más absoluto silencio.

Tras el pase de Mitote y la discusión con los alumnos, conversamos un largo rato acerca del proyecto en el que en ese momento estaba trabajando: Resurrección. Y es con la lectura de este último trabajo con el que iré cerrando este breve recorrido por una vida quizás demasiado fugaz pero también  rica en experiencias e intensa.

En un inicio Resurrección (2016) fue un encargo que Greenpeace le hizo a Polgovsky. Pero a medida que el cineasta se adentró en el tema se fue entregando por completo, como en todos sus trabajos, e hizo de esta película una obra muy personal. Como cada una de sus creaciones, esta también es única y distinta y, sin embargo, posee ciertas características que son su firma. Ella la emparenta con las otras.

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Aquí la lógica aberrante de la corrupción que carcome las entrañas del país y la enorme irresponsabilidad de los gobernantes y de los empresarios queda expuesta en una tragedia ambiental de la que, por supuesto, en México no se habla. Más bien al contrario, se hace todo lo posible por silenciarla.

En las inmediaciones del río Santiago, uno de los más contaminados de México, hubo hasta hace no mucho unas hermosas cascadas de agua, que atraían a los visitantes. Se las conocía como el Niágara mexicano. Hoy ese paradisíaco lugar, en el que la gente pescaba y se cultivaban todo tipo de  hortalizas y frutas, es un vertedero de muerte debido a un corredor industrial que comenzó a depositar sus residuos a partir de la década de 1970. A pesar de las quejas de los pobladores y de las graves enfermedades y muertes que padecen no se ha logrado que ni las autoridades ni las empresas cumplan sus reiteradas promesas de tratar sus residuos para que el río vuelva a su estado original.

Los habitantes que han sobrevivido en Ocotlán, El Salto y Juanacatlán dan sus testimonios. Cuentan cómo era la vida y lo que el río les ofrecía. En el film hay una parte en la que incluso una familia comparte unas diapositivas antiguas, que para ellos son la prueba de que ahí hubo alguna vez una vida generosa que les ha sido arrebatada en aras de la modernización del país.

Hay materiales de archivo en los que vemos cómo se promocionaba el valor turístico y natural del lugar; es devastador su contraste con las imágenes de los niños enfermos, de la desolación que reina en las calles, con la extinción de los animales y de los árboles y con todo el olor a muerte que se desprende de las aguas tóxicas que era donde se gestaba entonces la vida y que hoy, por la ambición y la codicia, solo son capaces de entregar devastación.

La pregunta que entonces nos asalta es: ¿por qué Eugenio Polgovsky tituló esa película Resurrección? Quizás por un real y legítimo deseo de que gracias a la visibilidad de las imágenes capturadas se despierten las conciencias y se comience a hacer algo. Quizás para honrar la labor de la familia de activistas que han decidido no claudicar y continuar luchando por su río. Quizás para que las próximas generaciones tengan una experiencia directa de la esperanza en un cambio de las políticas del agua y la gestión de los recursos naturales que son de los mexicanos.

La primera vez que vi esta película fue el pasado mes de noviembre en la sala Julio Bracho del centro cultural universitario de la UNAM. Fue un momento muy duro y triste para todos los que estuvimos allí, porque Eugenio Polgovsky ya no estaba con nosotros. Vinieron a la proyección muchos familiares y amigos, y también vino uno de los habitantes de la zona que trabajó con Eugenio y que sigue activo para que se sepa lo que está pasando, para que se cobre conciencia de lo grave de una situación que no solo afecta a un pequeño pueblo, sino que es un drama nacional. Ya que esto mismo está sucediendo ahora en muchísimos pueblos de México, en donde se está despojando a la gente de sus tierras y de los recursos básicos como el agua para entregárselos a empresas que las explotan, con graves consecuencias ecológicas para la vida.

Tras la proyección la gente volvió a aplaudir y volvió a llorar. Al dolor por México se sumaba el dolor por la pérdida del amigo. Lloré entonces y lloro ahora mientras escribo para ustedes, y me pregunto junto con Eugenio: ¿cuánto tiempo y cuánto dolor será necesario para que despertemos y comencemos a trabajar por la verdadera “resurrección” de nuestro ya difunto futuro?

 

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Recientemente el festival Documenta Madrid le dedicó un homenaje al trabajo de Eugenio Polgovsky en la Cineteca del Matadero. Ahí se presentó su filmografía y se pudo conversar con  Mara Polgovsky y con los programadores David Varela y Gonzalo de Pedro. También se pudieron ver algunas fotos y retratos, muchos de ellos hechos por Camille Taus.

https://www.documentamadrid.com/secciones/homenaje-eugenio-polgovsky