Del burgués cosmopolita al gran burgués. Una selección de textos alemanes de otros tiempos*

Walter Benjamin & Willy Haas

Publicado el 2017-05-07

[Estimados lectores, el escrito que les entregamos hoy apareció, como un número extraordinario de la revista Die literarische Welt, el 6 de mayo de 1932, hace exactamente ochenta y cinco años. Este número consistió en lo que figura a continuación, más una selección de fragmentos realizada por Walter Benjamin y Willy Haas, el director de la revista, que no hemos traducido, pero sí citado por orden de autores. Dichos fragmentos constituyen el grueso de la publicación, pero se han dejado fuera por las mismas razones por las que consideramos que este texto que los presenta, merece ser leído, y que el traductor, Manolo Laguillo, explica al final. Antes de entrar propiamente en la lectura, nos parece importante hacer una pequeña alusión a una serie de hechos "casuales" que no deben escapársenos. Además de la fecha de "aparición" a la que aludimos, la aparición en esta fecha señalada, coincide con la elección presidencial en Francia, cuyo desenlace sabremos a lo largo de la tarde. Esta "coincidencia" podría plantear una cierta correspondencia con lo que los autores apuntan: la dicotomía entre chauvinismo y cosmopolitismo, actualmente edulcorado y falseado por las derivas de una economía y una vida globalizada y del derrumbe político-ideológico que se ha infiltrado en cada ser, al igual que el éxito de la inoculación del pensamiento burgués en todos los órdenes, incluso más en los que insisten en negarlo y se autodenominan de izquierda. Hay otra coincidencia por lo menos en la intención, no menos significativa y humilde de que este texto aparezca aquí: la de cumplir una tentativa crítica, de otros modos de lectura a partir de lo fragmentario, pero también desde la libertad que ofrece un amplio espectro de intereses, disciplinas, voces, territorios en los que insistimos e intentamos ofrecerles cada domingo.]

 

Sobre este número de Die literarische Welt

Del burgués cosmopolita al gran burgués: el camino recorrido por la burguesía en nuestro país ha estado acompañado por los escritos de grandes escritores alemanes. En este número extraordinario agrupamos de una manera suelta fragmentos representativos de los mismos.

Si el término ‘antología’ significa en alemán ‘recolección de flores’, este número no es una antología, pues no conduce a un prado florido sino a una sala de armas, a la de las ideas de la clase burguesa en combate.

El modo antiguo de leer los antiguos libros, para acopiar material formativo y educativo, pertenece irremisiblemente al pasado. En lo que sigue hemos intentado demostrar que existe una manera nueva de frecuentarlos.

Es seguro que la experiencia de la que damos aquí cuenta no hay lector que no la haya tenido con sus libros preferidos: sin que por ello se pierda la totalidad, de esos libros sobresalen ciertos fragmentos cuyo valor vital inmediato —personal, político, social— se impone por sí mismo. Y cuando se los observa desde una distancia más próxima se ve que no se trata tanto de los trozos hermosos y edificantes como de los útiles, es decir, de aquellos que o bien confirman y aclaran nuestras opiniones y experiencias, o bien las ponen en duda.

El conjunto de los fragmentos que vienen a continuación configura un esbozo de la imagen cultural de la burguesía; el lector podrá hallar en este boceto, como en una caricatura, suficientes rasgos dramáticos y reales de la actualidad que le rodea.

 

Introducción

I

Antes de que vaya a haber elecciones políticas los partidos que en ellas se enfrentan publican promesas y programas. Prometen todo lo que un votante pueda llegar a soñar. Prometen la felicidad absoluta de quienes los voten, y también la de sus descendientes de cien, o mil, generaciones posteriores. Pero cuando el partido gana, nada de ello se mantiene. Esto es así desde que existen elecciones, ya lo sabemos, y tampoco nos enfadamos mucho por ello.

En la historia del mundo las cosas no son muy distintas. Las clases que pugnan por ganar cada vez anuncian que finalmente impondrán el orden mundial mejor y más perfecto, que garantizará la felicidad de todos los seres humanos. Y son capaces de demostrarlo fehacientemente… en la teoría. Pero luego lo prometido no acaba ocurriendo. La clase ganadora no es capaz ni de cumplir con su programa ni de hacer que se realice la felicidad general prometida. Ocurre como en las elecciones, pues la historia del mundo también es un plébiscite de tous les jours, para emplear una frase de [Ernest] Renan.

Pero sucede que no somos fácilmente conscientes de las faltas a la palabra dada que se producen en la historia del mundo. ¿A qué se debe esto? Muy sencillo: a que la experiencia de una vida humana no alcanza, pues es demasiado corta. Y lo que entra en la historia queda supeditado a la interpretación caprichosa de seres humanos, de los así llamados historiadores, que mienten y lo falsean a voluntad a causa de intereses materiales. Por eso siempre es correcto ceñirse a los documentos originales. Los más importantes de entre ellos son los que han cristalizado en la así llamada ‘literatura’, es decir, en las promesas de las jóvenes clases triunfadoras que han llegado hasta nosotros en forma de poesía, filosofía y ensayo, unas clases que se han puesto a cambiar el mundo en función de sus inconfesadas necesidades materiales y de los correspondientes ideales de ‘redención de la humanidad’, estos sí manifiestos.

II

No cabe afirmar fácilmente que todas las clases, por ejemplo el feudalismo, han erigido un programa formal en relación con el sentido de la historia mundial: los sueños imperiales mitad divinos mitad mundanos de la Edad Media, que enlazan con la Civitas Dei de san Agustín, no se pueden tener totalmente en cuenta.

La clase burguesa, en cambio, ha diseñado y fijado un programa para la humanidad positivo y totalmente acotado. Son las tesis políticas y económicas del parlamentarismo y el liberalismo ingleses, las filosóficas de la Revolución Francesa y, finalmente, las obras del gran humanismo alemán, del idealismo, que resumen las tesis francesas e inglesas y las sitúan en el reino del espíritu, del ideal y de la poesía. El idealismo dará lugar, por escisiones sucesivas, al romanticismo, al socialismo temprano, a las tendencias democráticas y radicales, etcétera, etc. El conjunto de todos estos documentos constituye, por así decirlo, el código de los programas de nuestra clase burguesa en relación con el devenir de la historia del mundo. Aquí nos vamos a enfrentar en especial con estos documentos literarios en alemán.

La sociedad burguesa no ha sido capaz de cumplir con nada de todo ello. Estamos lejos de ese radicalismo vulgar y carente de matices que culpa de este incumplimiento a los distintos miembros y estratos profesionales de la burguesía y que representa al burgués como alguien que es, a la vez, especialmente malévolo e idiota. Esto es completamente falso. La débacle de los ideales burgueses es un destino histórico e inevitable, y está motivada por determinadas contradicciones internas que no fue posible neutralizar o evitar desde el interior del espíritu de la burguesía. Aquí no podemos teorizar con profundidad sobre este punto.[1] Cuando la burguesía se vuelve realmente malévola y peligrosa es en la última etapa, en el período de la débacle, pues es entonces cuando pretende seguir en una partida en la que ya ha sido derrotada, y para ello usa todos los medios de la violencia, del engaño y de la sugestión. Pero también esto es un destino histórico, pues en la historia del mundo nunca ha ocurrido que alguien abandonara de buen grado una partida perdida.

La burguesía comenzó con las promesas más radicales y con la crítica más radical de las injusticias humanas, y ello como nunca antes se había dado en la historia del mundo. Comenzó con la tesis del cosmopolitismo, del ‘reino de la razón’, de la educación interminable de la especie humana, de la paz perpetua, de la compensación pacífica de la contraposición de los poderes materiales e inmateriales mediante un escalonamiento perpetuamente elástico y automáticamente cambiante de las capas sociales gracias a la ‘libre competencia’, que se oponía a la rígida jerarquía del viejo orden estamental.

Hoy vemos en qué han acabado esos ideales y promesas. En medio hay estadios de transición de todo tipo, nuevos inicios y ensayos, nuevas críticas del mundo y de la sociedad, nuevas tesis políticas e intelectuales, y el giro paulatino que va del burgués cosmopolita al gran burgués.

III

Los fragmentos de grandes obras literarias que aquí se presentan libremente concatenados abarcan desde un comienzo grandioso hasta el inicio de la decadencia. Dos de nuestros colaboradores más antiguos, Walter Benjamin y el director Willy Haas, los han escogido y comentado. Era impensable pretender una exhaustividad del tipo que sea, ni en relación con la historia de las ideas ni tampoco con una posible sistematización. De manera que ambos redactores han enfatizado con plena conciencia el carácter improvisado en el agrupamiento y la ordenación.

Estas piezas no son para ser disfrutadas como pasatiempo. Están destinadas a proporcionar instrucción y enseñanza. Pretenden estimular la lectura posterior, y más extensa, de las grandes obras de donde se han sacado. Desean fomentar algo que probablemente es lo que más importa fomentar entre nosotros: la memoria histórica.

“Nuestro pueblo tiene una memoria laxa,” dijo Hofmannsthal en su prólogo a Narradores alemanes [antología publicada en 1912]. “Lo que posee lo olvida una y otra vez.” Esto es algo más que un mero error. Quien olvida las experiencias de los siglos nunca llega a tener una auténtica autoconciencia histórica, una que se base en la conciencia actual de las experiencias históricas, en sus reflejos, en su control ejercido sin descanso. No se trata de jugar a ser el niño eterno que cada vez que amanece quiere dar inicio a un mundo nuevo.

Por ello deseamos que este número de la Literarische Welt no sea contemplado únicamente como una mera alternativa, más o menos agradable, a lo que aquí suele ser habitual.

La redacción de Die Literarische Welt.

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I. El burgués y su Estado

Burguesía mundial e imperialismo colonial

La confesión patriótica de Jacob Grimm con la que abre este apartado se basa principalmente en la confrontación de unos extremos fríos y destructivos con una zona situada en medio, de cuyo seno surge la ‘praxis dorada’[2]. Pues son unos extremos con los que se aborda el panorama que viene a continuación, el de las relaciones del burgués con su Estado: por un lado está el ideal del burgués cosmopolita, por el otro el chauvinismo de los estados industriales en la era del capitalismo avanzado. Conviene no olvidar, en este contexto, que incluso las aspiraciones cosmopolitas más frías del estado policial de Federico el Grande o del estado de la razón kantiano no han sido, ni mucho menos, tan desalmadas y desastrosas como el entusiasmo falaz del sentimiento nacional sobreestimulado del imperialismo. Pero lo que más importa es no perder de vista el lugar donde Grimm expresa su adhesión a una humanidad burguesa situada más allá y por encima de posiciones partidistas. Lo hace en su texto titulado “Acerca de mi despido”, con el que sella virilmente la protesta con la que salió al paso de la traición a la Constitución que llevó a cabo el rey de Hannover [en 1837].

A continuación vienen unas reflexiones de Herder tomadas de sus Ideas acerca de la filosofía de la historia de la humanidad y de los textos de filosofía de la cultura que las preceden. La caracterización de la locura nacionalista, y en especial la observación acerca del ‘jurista erudito’, han conservado hasta tal punto vergonzosamente su actualidad que hemos preferido alinearlas con su momento histórico, es decir, con la crítica de la política colonial que realiza el burgués cosmopolita, en vez de glosarlas poniéndolas en paralelo con sucesos históricos actuales. Pero cabe objetar que el estado burgués ‘necesita’ colonias, y ello por motivos económicos. No es nuestro asunto desactivar esta afirmación, pero sí que lo es añadir la argumentación que afirma que el estado burgués necesita condenas a muerte, y ello también por motivos económicos. La mejor manera de realizar esta argumentación es seguramente la que hace Bismarck en su discurso del 1 de marzo de 1870. Encontrar razones que se le opongan en el seno del orden burgués resulta, cincuenta años más tarde, una tarea ardua. Helfrich Peter Sturz lo tuvo más fácil cuando se enfrentó a los argumentos de Linguet a favor de la pena de muerte, puesto que este autor no utilizó motivos económicos sino morales. Estos no fueron capaces de lograr que un pensador y estilista del calibre de Sturz llegase a desconcertarse.

¿Pero de qué material están hechos quienes se ajustan a esta violencia burguesa? Ludwig Börne responde a esta pregunta de una manera aguda que a la vez avergüenza.

Las consideraciones acerca de los extravagantes, testarudos e individualistas alemanes que hace el extraordinario Karl Leberecht Immermann cuando habla de Ludwig Jahn con cariño y comprensión se relacionan con la cuestión de hasta qué punto debe el individuo único alejarse de la norma para llegar a ser humano y afirmarse, en vista de la adaptabilidad servil y la paciencia bovina de que hace gala la masa. “La fuerza de Jahn es ruda sensatez campesina.” Esto lo podría haber suscrito Bogumil Goltz, en cuya caracterización de lo alemán se reúnen ingeniosamente las verdaderas virtudes nacionales alemanas de la receptividad y la atención con respecto a lo extraño con su tendencia a ser raro y solitario.

Hemos señalado mediante una serie de estaciones el camino que lleva del viejo cosmopolitismo burgués al hoy burgués. Pensamos que el fragmento tomado de las Consideraciones acerca de la historia universal de Jacob Burckhardt crea adecuadamente el vínculo con los problemas más actuales de la burguesía.

Siguen los distintos textos de este primer apartado:

Jacob Grimm [1785-1863]: “El centro interior”.

Johann Gottfried Herder [1744-1803]: “Locura” y “Economía colonial”.

Otto von Bismarck [1815-1898]: “A favor de la pena capital”.

Helfrich Peter Sturz [1736-1779]: “En contra de la pena capital”.

Ludwig Börne [1786-1837]: “Servidumbre”.

Karl Leberecht Immermann [1796-1840]: “Alemanes únicos”.

Bogumil Goltz [1801-1870]: “Política nacional”.

Jacob Burckhardt [1818-1897]: “Liberalismo y democracia”.

 

II. El burgués organiza un desfile

Paz perpetua, guerra perpetua

La controversia “guerra perpetua o paz perpetua” ya es dominante en los inicios de la burguesía, y no ha menguado desde entonces.

Kant, al que no cabe tildar sin más de pacifista, y ello a pesar de su texto “Sobre la paz perpetua”, que como suponemos conocido de sobra no citamos aquí, contempló la guerra como un necesario estado transitorio en el fomento racional de una paz perpetua. En Hegel este estado transitorio se convierte en un requisito dialéctico. La guerra es necesaria como ‘negación’ necesaria en el ‘individuo’ Estado. El Estado como individuo genera inevitablemente el enemigo.

Ernst Moritz Arndt, sin duda un exponente literario del armamentismo, le mira a la cara a los horrores de la guerra: su narración de los sucesos en Vilnius después de que la abandonasen las tropas napoleónicas en retirada desde Rusia es un golpe, tanto como reportaje como en sus conclusiones finales, contra cualquier sermón del pacifismo burgués al uso.

A este fragmento le contraponemos dos textos de Ferdinand Kürnberger del año 1870 [inicio de la guerra franco-prusiana] y una carta de Schopenhauer de 1849, que funcionan de modo antitético. Lo característico aquí no es la propaganda que hace Kürnberger a favor de la anexión de Alsacia-Lorena, o la disposición antirrevolucionaria de Schopenhauer, sino lo que hay detrás y lo que saldrá de ahí. El hecho histórico de la victoria de 1870 se convierte en Kürnberger en una teoría de la raza de validez eterna, en la doctrina de la superioridad de la raza ‘germánica’ sobre la raza ‘celta’. El hecho de que el filósofo Schopenhauer necesite tranquilidad y el burgués Schopenhauer la quiera, se convierte en ‘conservadurismo’, y por lo tanto en una ayuda efectiva a un militarismo ajeno al país y profundamente reaccionario que opera en contra de los propios compatriotas alemanes, y en un apoyo auténtico a las masacres que realizan en las callejuelas de Frankfurt los regimientos checos y croatas. La burguesía estaba fabricando nuevas armas de guerra: concepciones del mundo, teorías racistas, metáforas políticas, humanas y filosóficas, que eran mucho más peligrosas, por mejor camufladas, que el viejo ejército profesional, humilde y limitado en sí mismo.

Pero como en la burguesía todo es objeto de controversia, a Kürnberger -que era vienés aunque no naciera precisamente en Viena- le replica su compatriota, contemporáneo y colega Daniel Spitzer, un folletinista de toda la vida, con su magnífica sátira acerca de la introducción del servicio militar obligatorio en Austria.

Al final de este capítulo aparecen de nuevo las palabras sublimes del viejo Kant: con su caracterización, en pleno absolutismo, de la república como la defensa negativa más potente contra cualquier guerra de agresión él avanza hasta los límites de lo que cabía reconocer en esos tiempos en los que los problemas sociales subyacentes aún no se habían manifestado.

Siguen los distintos textos de este segundo apartado:

Immanuel Kant [1724-1804]: texto de “Idea acerca de una historia general desde una intención cosmopolita”.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel [1770-1831].

Ernst Moritz Arndt [1769-1860]: fragmento de sus memorias.

Ferdinand Kürnberger [1821-1879]: fragmentos de artículos periodísticos sobre la guerra franco-prusiana.

Arthur Schopenhauer [1788-1860]: de una carta a Julius Frauenstädt del 2 de marzo de 1849.

Daniel Spitzer [1835-1893]: texto acerca de la introducción al servicio militar obligatorio en la monarquía de los Habsburgo.

I. Kant: fragmento de “El conflicto de las facultades”.

 

III. El burgués llama a las cosas por su nombre

La prehistoria del reportaje

El lector encontrará bajo esta rúbrica documentos de una época en la que la burguesía aún tenía la suficiente fuerza como para poder llamar a las cosas por su nombre.

Los recuerdos infantiles del actor y escritor de obras teatrales Johann Christian Brandes[3] [1735-1799] muestran cómo era la situación de ausencia fáctica de derechos de la pequeña burguesía sin recursos en la cultura del rococó. El pequeño memorial pedagógico de 1782[4] muestra a lo que llegaba, y no llegaba, la beneficencia en el estado absolutista de entonces, y cuán movedizas eran las fronteras entre la pauperización y la asistencia social. Si el espacio del que disponemos en este número no le hubiese puesto límites a los distintos textos quizás hubiese encontrado el lector en este punto unos extractos de los conmovedores recuerdos de juventud que publicó bajo el título “Anton Reiser” el vicerrector del Convento Gris de Berlín [Graues Kloster, el centro de enseñanza media—Gymnasium—más antiguo de esa ciudad], Karl Philipp Moritz, o también los recuerdos de Schulpforta [el internado cisterciense donde estudió Nietzsche] de Carl Friedrich Bahrdt, miembro de una clase social algo más elevada.

Al Vormärz y la Revolución de Marzo de 1848 lleva una carta que escribe un campesino a los berlineses en ese mismo año, y que nos llega por mediación de su destinatario, el poeta de la libertad Robert Prutz. Junto con el citado informe sobre las escuelas rurales y el texto de Möser se forma una especie de esbozo de la imagen cultural de la aldea alemana entre 1750 y 1850.

Las revueltas de los tejedores son conocidas gracias al drama de Gerhart Hauptmann. El reportaje social que redactó un joven suizo, Heinrich Grunholzer, por encargo de Bettina von Arnim (de soltera Brentano) sobre las espantosas condiciones de vida que imperaban en los bloques de pisos de alquiler que había a mediados del XIX ante la Puerta de Hamburgo de Berlín—era el así llamado ‘Vogtland’—, nos muestran cómo se repiten las mismas características en unos cambios sociales terribles: el empobrecimiento del pequeño negocio a causa de la pujante industria.

Comparten con las descripciones más tempranas de la vida del proletariado—por ejemplo las de Dickens—la consideración atenta de la inocencia y amenidad de las antiguas relaciones entre los seres humanos, algo que el proletario ya no podía percibir pero que sí registraba el observador externo. Esto es lo que diferencia a estos reportajes de los escritos desde el naturalismo, y de los actuales ni digamos.

Siguen los distintos textos de este tercer apartado:

Johann Christian Brandes [1735-1799]: “Justicia rural en la Alemania del XVIII” y “Una escuela rural en la Alemania del XVIII”.

Justus Möser [1720-1794]: “Sobre la educación de los niños campesinos”.

Robert Prutz [1816-1872]: “Carta de un campesino anónimo de Prusia Occidental en 1848”.

Heinrich Grunholzer [1819-1873]: “Las experiencias de un joven suizo en el Vogtland”.

 

IV. El burgués lo ve llegar

La revolución pasada y la que está por venir

Georg Lukács ha hecho la siguiente observación de largo alcance: cuando la burguesía alemana aún no había logrado derribar a su primer adversario, el feudalismo, ya tuvo plantado ante ella al más reciente, el proletariado.

Esta guerra a dos frentes en la que la clase burguesa se vio envuelta desde el momento mismo de su surgimiento es la expresión visible de las contradicciones internas que desde el inicio la amenazan. Y estas contradicciones se agrupan en mayor o menor medida en torno a la idea y el hecho de la democracia, que le dio al ser humano todos los derechos imaginables pero le quitó la energía que hacía falta para hacerlos efectivos. Esta contradicción no solo la señalan los socialistas, sino sobre todo los juristas de la reacción, sobre todo Adam Müller. Tras los fragmentos de este autor viene un discurso de Lassalle que bajo el título “Constitución” diferencia nítidamente entre las posiciones legales políticas y las posiciones del poder social. Hofmannsthal, sin duda un conservador, consideró que merecía ser incluida en su Deutsches Lesebuch [Antología de textos alemanes].

El texto de Heine parece que viene cargado de actualidad para el lector de hoy. Aporta un diálogo con el comunismo que difícilmente encontrará entre lo que se haya podido escribir en los últimos diez años algo que se le pueda comparar.

Concluimos con una cita de una carta acerca de la que poco más cabe decir sino que la firma de Goethe le confiere un carácter de hito histórico al que no resulta posible añadirle nada.

La progresiva hegemonía del burgués va acompañada de la cristalización de la posición extremadamente característica y sólidamente definida del ‘culto’ e ‘instruido’. Ya en los tiempos del feudalismo aparece el burgués de las ciudades como erudito, como magistrado, escritor y poeta junto al noble. Y con la decadencia del feudalismo la educación [‘Bildung’] se convierte en algo así como el primer privilegio del burgués antes de que se haga con el poder. Gracias a ella el burgués se legitima ‘a priori’ ante el juicio que pueda hacer la Historia Universal de su pretensión de llegar al poder mundial. No es extraño, así pues, que el erudito y el intelectual avancen hasta la primera línea del frente, hasta la política, inmediatamente después de que se ha producido la toma del poder. El profesor, el magistrado y el escritor alemanes son figuras decisivas, tanto en el sentido bueno como en el malo de la palabra, en el dominio burgués que acaba de nacer. El Parlamento en Frankfurt [1848-1849] marca su hora decisiva. A partir de ese momento su poder se desmorona, deja de dar el tono de los tiempos, y se limita a aceptarlo, a formularlo, a exagerarlo o distorsionarlo.

La dignidad de la misión política del intelectual burgués en ese momento álgido aparece con claridad en las palabras que Schelling, el gran filósofo romántico, pronuncia ante sus estudiantes en Munich en el contexto de unas revueltas universitarias. El lector puede si quiere trazar un paralelismo con la actualidad y sacar sus propias conclusiones acerca de lo que ha acabado ocurriendo con la altura moral y la pureza humana de aquella dirección académica.

Siguen los distintos textos de este cuarto apartado:

Wolfgang Menzel [1798-1873].

Adam H. Müller [1779-1829].

Ferdinand Lassalle [1825-1864].

Heinrich Heine [1797-1856].

J.W. Goethe [1749-1832].

Friedrich Wilhelm Schelling [1775-1854]: “Discurso de un profesor universitario”.

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*Nota del traductor

Este trabajo se publicó, ya lo mencionamos más arriba, en forma de un número extraordinario (Año 8, números 19/20) de Die literarische Welt el 6 de mayo de 1932.

La LW, una revista semanal dedicada a la literatura, ocupó un lugar preeminente en la cultura de la República de Weimar. De hecho fue la revista literaria en alemán más importante de esos años. Se fundó en 1925 por una iniciativa conjunta de Willy Haas y Ernst Rowohlt, el editor. Su primer número apareció el 9 de octubre de ese año, y el último el 15 de marzo de 1933, a los diez días de que el NSDAP ganara 'de facto' las elecciones que supusieron el hundimiento definitivo de la República de Weimar. Decimos 'de facto' porque los nazis no obtuvieron la mayoría absoluta en las urnas, pero inmediatamente formaron coalición con los centristas y los nacionalistas. Willy Haas pudo exiliarse ese mismo año en Praga. El momento álgido de la LW ocurrió en 1928. En ese año alcanzó una tirada de 28.000 ejemplares, una cantidad importante si se piensa que la de la Frankfurter Zeitung era de 60.000 ejemplares.

Son varios los motivos por los que una revista semanal (!) sobre literatura y cultura tuvo tanto éxito. En primer lugar se dirigió a un público realmente amplio, pues cubrió temas que interesaban a todo el mundo, como el automovilismo, el boxeo, los deportes. En segundo, utilizó con habilidad las encuestas. Además hizo uso de un diseño gráfico ágil e innovador, para que cada página no fuese como la precedente, y el lector saltase de sorpresa en sorpresa.[5] Si atendemos a la división en dos períodos que hace Peter Gay de la República de Weimar[6], la LW se situaría claramente en la segunda etapa.

Los comentarios críticos de Tillman Rexroth, el editor del vol. IV.2 de las Gesammelte Schriften de Walter Benjamin, que es de donde proviene el texto que se ha utilizado como base para esta traducción, se dejan resumir así:

“[…] Según se desprende de un primer boceto (Benjamin-Archiv, TS 2088), el título que se pensó inicialmente era otro, El burgués en el callejón sin salida, lo mismo que los epígrafes de las distintas partes. Estos rezaban así en este planteamiento esquemático:

El burgués controla el espíritu

El burgués promete la era dorada

El burgués la ve venir

El burgués organiza un desfile

El burgués monta la mejor escuela del mundo

El burgués deja de creer en sí mismo

El burgués ordena

El mejor de los mundos posibles

No se han conservado documentos que permitan determinar la contribución de cada uno de los autores a esta publicación. Willy Haas, que ocupaba una posición muy influyente en su calidad de director de Die literarische Welt, le cuenta a Tillman Rexroth en carta de 9 de marzo de 1972 lo siguiente: «No existe material escrito sobre la génesis de ese número. El material lo ordenamos por grupos y lo dispusimos como conjunto, y se imprimió según la manera que Walter Benjamin y yo decidimos. En realidad no debatimos nada en relación con esto, cada uno escogió lo que consideró que era correcto. La pregunta acerca de quién sea el autor de cada uno de los artículos incluidos en el número se deja deducir fácilmente a partir de la contribución y la introducción de cada uno de ellos. […]»

Exponemos a renglón seguido las razones que a nuestro juicio justifican la traducción y publicación de este texto, aún y omitiendo lo que en su momento le confirió su sentido.

Creemos, en primer lugar, que lo que hacen Benjamin y Haas en este trabajo prefigura la técnica del ‘collage’ que unos años después Benjamin utilizará en su Passagenwerk. Los procedimientos editoriales que usan (localización de los textos en una suerte de acotación del territorio, selección de los que vienen al caso, secuenciación en un orden determinado) son los mismos que desde siempre emplea el fotógrafo o el cineasta. Se trata, en definitiva, de un citar inteligente, guiado por una ‘motricidad lectora’ inquieta, curiosa y perspicaz, a la que no le preocupa lo supuestamente interesante, sino lo que tiene que ver con los aspectos más desdeñados, pero por eso mismo más significativos. Y lo interesante en todo esto es que ese conjunto de fragmentos acaba siendo algo más que un montón de trozos sueltos, que a partir de ellos surge algo con sentido propio.

Nos fascina hasta qué punto se anuncia aquí tanto la manera francesa de hacer historia (los Annales), como la microhistoria de E. P. Thompson o Carlo Ginzburg, pero insertándolo todo en un discurso típicamente alemán, atento a los grandes temas. Nos fascina, en definitiva, cómo practican el ir y venir entre esas dos distancias, la cercana que permite apreciar el detalle y la lejana en la que se vuelven visibles los grandes rasgos.

En este sentido pensamos que este texto ayuda a matizar una interpretación de la obra de Benjamin según la cual sus trabajos escritos en el exilio en París, a partir de 1933, habrían sido marcados por la necesidad de atender los gustos y requerimientos de quienes se los pagaban. El empeño que pone Benjamin en esos durísimos años por adoptar un punto de vista de izquierdas, marxista —del que décadas después, a finales de los años sesenta, hará uso Jesús Aguirre cuando se ponga a traducirlo al español— tendría, según esa interpretación, algo de impostado, artificial y forzado. Este texto contribuye a complicar el asunto, y eso nos parece oportuno.

Nos maravilla cómo los autores buscan que el espectro de temas en los que fijarse sea amplio y rico. Su tendencia a la inclusión, la deliberada manera de eludir las convicciones absolutas y el cultivo sistemático de la duda son, por supuesto, características de la República de Weimar. Lo que la siguió careció por completo de ellas.

Finalmente, nos proporciona placer recuperar un texto de Benjamin al modo benjaminiano, es decir, prestándole atención a lo que no está en las filas delanteras de su obra.

Barcelona 6 de mayo del 2017

Manolo Laguillo

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Notas

[1] A modo de ejemplo vaya este, tomado un poco al azar: el liberalismo burgués propagó la idea de “¡vía libre para el emprendedor!”. Pero permitió, como ya se objetó en el primer saint-simonismo, que persistiera el derecho a la herencia, algo que en sí mismo deja por completo sin efecto esa idea pues le niega a una parte en continuo crecimiento de la población la posibilidad de que pueda tener un comienzo nuevo.

[2] [La frase final del texto de Grimm dice así: “El centro interior es cálido, los extremos en cambio se han enfriado, en torno a ellos sopla la más volátil y aérea teoría, mientras que del seno de ese interior surge la praxis dorada.”]

[3] De una familia pequeñoburguesa que en su decadencia acaba proletarizándose, Brandes vivió en sus años mozos como vagabundo, vendedor ambulante y lacayo y apuró hasta las heces los sufrimientos inconmensurables que las clases superiores infligían a las inferiores con sus arbitrariedades sociales y jurídicas carentes de escrúpulos. Sus memorias son uno de los documentos literarios proletarios más conmovedores del XVIII. Finalmente logró entrar en una compañía de teatro ambulante. Su vida, y por lo tanto también sus memorias, ilustran la interesantísima transición del teatro ambulante, improvisado y de ‘Haupt- und Staatsaktion’ al teatro burgués ‘estable’, como institución cultural. Lessing, su principal iniciador, obsequió a nuestro Brandes con su amistad. Esta ascensión lo elevó finalmente también a él a las altas esferas de la gran burguesía respetada y tranquila. Murió cuando ya era un actor y escritor teatral famoso.

[4] Para completar y como apéndice a la descripción de la desoladora situación escolar en los pueblos publicamos un fragmento del texto de Justus Möser que es más o menos de la misma época, y que promueve programáticamente, con la buena conciencia del conservador auténtico, lo que esas escuelas hacían en la práctica: preservar el analfabetismo en el medio rural.

[5] “Cómo la Literarische Welt inventó el ‘bestseller’”. Véase la entrevista del 09.10.2015 en Die Welt al especialista en suplementos culturales Erhard Schütz: https://www.welt.de/kultur/literarischewelt/article147398425/Wie-die-Literarische-Welt-den-Bestseller-erfand.html

[6] Peter Gay (Weimar Culture: The Outsider as Insider. 1968) sitúa en 1924, el año en que se publica La montaña mágica, el punto de transición entre la primera época, eufórica y expansiva, y la segunda, de replegamiento y paulatino deterioro.

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