Mujeres sin comillas y entre comillas (1)

Nelly Richard

Publicado el 2019-03-10

Deseos de... 

Un territorio de intervención política es un campo de fuerzas atravesado por relaciones de poder y resistencia entre prácticas, discursos, identidades, subjetividades, cuerpos e instituciones. Existe politicidad en cada lugar y situación donde operan codificaciones de poder y donde estas codificaciones de poder pueden ser alteradas mediante actos críticos de oposición que subviertan escalas de valor, normas autoritarias y mecanismos represivos. Esto quiere decir que el “adentro” de las instituciones universitarias (un adentro gobernado por los sistemas de control y vigilancia de los poderes-saberes académicos) es tan político como su “afuera”, aunque generalmente no lo creen así ni el feminismo militante ni el activismo homosexual. En efecto, los movimientos feministas y las agrupaciones de la diversidad sexual suelen oponer la exterioridad de la calle al cierre-encierro de la academia, como si la institución universitaria que estructura el mundo académico no fuera en sí misma y de por sí un estratégico campo de batallas donde luchar contra los privilegios y las censuras que imponen las jerarquías del conocimiento avalado como superior. El Colectivo Universitario por la Disidencia Sexual (CUDS) sí tiene claro que la academia y la universidad son un declarado terreno de intervención crítico-política: “Un circuito que (nos) implica y (nos) provoca, que está en la universidad como espacio donde queremos —y más aún— debemos tensionar”(2). 

Las universidades son territorios en los que se despliegan las máquinas de producción y reproducción del saber: un saber organizado en disciplinas y a su vez disciplinado por los ritos institucionales de la enseñanza académica. La decisión política de elegir lo académico-universitario como territorio de intervención se justifica por cómo los programas de estudio se encargan de dictar las reglas y métodos de un conocimiento fundado en un canon de la autoridad masculina que, en las ciencias y la filosofía, habla trascendentalmente en nombre de lo “exacto”, lo “verdadero” y lo “universal”: un canon que desacredita aquellos saberes no clasificados que Michel Foucault llamaba “saberes inferiores, locales, discontinuos, no centralizados, diferenciales, incapaces de unanimidad”(3), entre los que se encuentran, por supuesto, los saberes de la subalternidad, del feminismo y de la disidencia sexual. 

Los integrantes del colectivo CUDS provienen de la historia, la biología, las artes visuales, la poesía, las comunicaciones, las ciencias sociales, el teatro, etcétera. Sin renunciar a sus disciplinas de procedencia, experimentan revoltosamente con los desórdenes de géneros en los bordes internos y externos de la máquina académico-universitaria. El colectivo CUDS parecería haber renunciado incluso a dejarse circunscribir por el (ya cómodo) recorte —departamentalizado y compartimentalizado— de los estudios de género, mostrándose así de acuerdo con la siguiente preocupación de Patricia Espinosa: “¿Es el espacio universitario un espacio donde se ha anulado el sexismo, la división masculino/femenino, el control del cuerpo de las mujeres, la violencia material y simbólica sobre nuestros cuerpos? Si bien el feminismo ha logrado, en nuestro país, cierta legitimación teórica, no ha logrado consolidarse a nivel de maestro/as alumno/as... La universidad parece haber amurallado el discurso sobre género a los departamentos de estudios de género”(4). Las y los integrantes del colectivo CUDS prefieren salirse del reducto de los estudios de género para contagiar las fronteras de las disciplinas con el indisciplinamiento creativo de talleres y performances que movilizan a la comunidad estudiantil en torno a preguntas sexualmente disconformes con el modelo imperante de la “Academia”: “Actualmente, la CUDS es la única organización QLBG chilena que trabaja teniendo a la universidad como referente político [...] Mirábamos la importancia de influir en el discurso de un movimiento social importante en Chile como es el movimiento estudiantil, con temáticas de la diversidad sexual. Estábamos convencidos que debía realizarse la ocupación estratégica de un espacio privilegiado en la producción de saberes, como es la Academia. Queríamos instalar la crítica académica de los estudios postfeministas y queer en el activismo antihomolesbofóbico, feminista y de izquierda, para propiciar en estos estrategias más diversas, lúdicas y tecnológicas”(5). 

El texto de Olga Grau publicado en este libro dice echar de menos, en la realización del Coloquio “Por un feminismo sin mujeres” cuyas sesiones tuvieron lugar en un recinto universitario de la Universidad de Chile, la tensión entre “un “intramuros” y un “extramuros” académico”: “Pese a que el circuito invita a un desplazamiento de lugares y nomadismo, se privilegia el espacio académico... Habría sido interesante como fue en ocasiones en el pasado que estas reflexiones ocurrieran en lugares políticos heterogéneos”(6). La mención a estas “ocasiones en el pasado” recuerda desde ya el modo en que el feminismo de los ochenta en Chile participaba directamente de las luchas de resistencia a la dictadura, primero, y luego de recuperación democrática que se daban en la calle. Pero la CUDS nace en el espacio transicional de una democracia neoliberal donde las instituciones gobiernan a la sociedad y la cultura a través de las políticas normalizadoras del consenso que fueron despolitizando a la ciudadanía. ¿Deberíamos resignarnos a abandonar las instituciones a su suerte, como si nada heterogéneo pudiese nunca ocurrir en su interior? Me parece que no conviene descartar tan fácilmente la posibilidad de trazar en el interior de cada institución (en este caso, la universitaria) ciertas líneas de fuga que activen las disputas entre lo centralizado y lo periférico, lo hegemónico y lo contrahegemónico, lo consensual y lo divergente. Estas disputas micropolíticas que cruzan los ejes de dominancia y validación del saber controlado por la academia convierten a la universidad en una provocativa zona de agitación y confrontación donde alterar los ritos institucionales con preguntas sexualmente disconformes. 

En todo caso, a diferencia de lo que ocurría con el feminismo de los ochenta, el “afuera” de la universidad no es, para la CUDS, solamente “la calle”. Sin descartar la protesta y la marcha que también forman parte de su repertorio de acciones públicas, el afuera de la universidad abarca también y sobre todo la plataforma web como soporte interactivo de una esfera de comunidades virtuales. La web funciona como una red de enlaces multilocalizados que recorren espacios y tiempos simultáneos con la velocidad de los vectores “acceso” y “distribución” que amplían horizontalmente las fronteras de lo colectivizable en materia de identidades, sexualidades y género. Queda, sin embargo, una duda pendiente: ¿podrá la no-duración de la huella electrónica de los encuentros virtuales de las imágenes queer retener las sombras del valioso pasado feminista del que forma parte O. Grau? ¿Podrá volver su memoria perdurable en una web que parece más interesada en la transitoriedad de los flujos que editan la novedad que en la necesidad de oponer resistencia crítica a la evanescencia del recuerdo histórico? ¿Alcanzarán aquellas trazas de la identidad política del feminismo de los ochenta a preservarse en algún archivo, antes de que “las mujeres” desaparezcan del todo como referencia bajo la presión académica-metropolitana de una colonización queer que expande su fantasía de cuerpos irreales a aquellos tiempos y espacios neoliberales en los que se viven procesos demasiado reales de erradicación de la memoria histórico-social? (7)

Tratándose de una constelación deseante que ocupa el zigzag para deslizarse por las orillas de la sexualidad, la política, la universidad y la sociedad cruzando territorios móviles de intervención, no corresponde analizar a la CUDS como programa (una secuencia de acciones prediseñada coherentemente) sino como diagrama: un agenciamiento provisorio de flujos transitivos y conectivos. No existe certeza sobre el futuro del colectivo CUDS. Tampoco hay cómo adivinar con qué pluralidad de fuerzas sus integrantes mezclarán sus impulsos antinormativos de cuestionamiento a la ideología sexual dominante. No importa que no sepamos bien cuáles van a ser las continuidades o las interrupciones, las segmentaciones, las concentraciones o las dispersiones, mediante las cuales este colectivo va a seguir (o no) conjugando su multiplicidad diagramática. Aún no es tiempo —y quizás nunca lo sea— de preguntarle al colectivo CUDS por el destino operativo de su funcionamiento grupal. Hoy nos encontramos con un colectivo que desordena las identificaciones conocidas interpelando críticamente al feminismo, al mundo de la diversidad sexual y al movimiento homosexual, sin temerle a la imprecisión, el desacierto o la exageración de algunos de sus postulados que, sin complejos, navegan “entre la contradicción y lo irreal, entre la injuria y el error”8. Por el momento, celebro la intensidad transfeminista de sus suspensivos “deseos de...”, sin sentirme en la obligación de terminar la frase con el complemento directo de acciones que deban verificarse en algún plan certero y efectivo. Las potencias de descontrol contenidas en estos “deseos de...” abren márgenes de riesgo y aventura cuyos destinos y alcances no pueden ser calculados de antemano porque no tenemos cómo anticipar con cuáles microtexturas locales se va a topar la CUDS para soñar, desde la fascinación o el rechazo, con próximos agrupamientos o con futuros desbandes. 


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El presente texto es un fragmento del libro Abismos temporales / Feminismo, estéticas travestis y teoría queer publicado por Metales pesados, Santiago de Chile, 2018.

(1) Postfacio de Por un feminismo sin mujeres, que recoge los textos del Coloquio “Por un feminismo sin mujeres” convocado por el Segundo Circuito de Disidencia Sexual CUDS y realizado en la Universidad de Chile (2010). Santiago, CUDS, 2011. 

(2) Jorge Díaz, “Como si quisiéramos un feminismo sin mujeres”, op. cit., pp. 7-8. 

(3 )Michel Foucault, Microfísica del poder. Madrid, Las Ediciones de la Piqueta, 1979, p. 130. Las cursivas son mías. 

(4) Patricia Espinoza, “La contrapráctica como táctica a lo heteronormativo”, en Por un feminismo sin mujeres. Santiago, CUDS, 2011, pp. 39-40. Las cursivas son mías. 

(5) En www.disidenciasexual.cl (2010). 

(6) Olga Grau, “Por el lugar de los intersectos o de las subjetividades en intersección”, en Por un feminismo sin mujeres, p. 40. 

(7) El rescate de la “memoria” del feminismo de los ochenta como una necesaria capa de significados histórico-sociales en la reflexión sobre poder, género, violencia y de- mocracia tiene que ver con lo siguiente: “La lucha antidiscriminatoria implica la memoria como un trabajo material con las condiciones de producción de cultura en términos de lenguajes, espacios, temporalidades y cuerpos, en la medida en que se actúa desde lo que se percibe como rastro, trazo y configuración de la perpetuación de la opresión en el presente”. Silvia Delfino y Flavio Rapisardi, “Cuirizando la cultura argentina desde la Queerencia”, en revista Ramona, “Micropolíticas Cuir: Transmariconizando el Sur”. Fernando Davis y Miguel A. López (Editores), Buenos Aires, 2010.