Por el honor del nombre: William Faulkner

Margo Glantz

Publicado el 2019-02-10

“Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y simplificada la historia, asegura Borges, negando toda literatura realista, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido, casi infinito de biografías de un hombre, que destacaran hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo”. A Faulkner se le pasó la vida tratando de escribir la misma historia desde esos miles de ángulos mencionados por Borges. Basta leer solamente dos de sus obras más significativas: Luz de agosto y Palmeras salvajes (la última traducida por Borges a finales de los treintas y publicada por la Editorial Sudamericana en 1940) para darse cuenta de que la obsesión es pareja o forma pareja con sus personajes. En ambos relatos se entrecruzan dos historias: la historia de una mujer embarazada que peregrina por el sur y la huida de un negro perseguido por los blancos pobres, esa basura organizada por el Kukuxklan instaurando repetidas veces el fascismo en los estados del sur, de dónde provenía Faulkner y que revive de manera ominosa hoy en épocas nefastas. Y esa obsesión, nacida, según propia confesión del novelista–granjero, de una imagen entrevista una tarde de agosto, bajo la luz espectacular y magnífica de un atardecer en Mississippi, se amplía y se unifica hasta convertirse en parte de otras historias repetidas, desde cuyos ángulos el escritor trata de reconstruir una historia personal y una historia nacional, hechas siempre de esas minúsculas facetas esenciales que determinan una forma de ver la verdad, una sola forma repetida y diversa que constituye un intento desesperado por entender algo. Y en ese esfuerzo por entender se pasa la vida y también la escritura. 

La obsesión por la propia familia es definitiva. Tanto que Faulkner se convierte en escritor desde el momento en que altera su nombre y lo vuelve a escribir como lo escribían sus primeros antepasados. En efecto, en una carta dirigida a un crítico amigo, Malcolm Cowley, Faulkner confiesa:

“El nombre es “Falkner”, mi bisabuelo, cuyo nombre llevo, era una figura importante de su tiempo y de su provinciano lugar. Era un prototipo de John Sartoris: reunió, organizó, financió y comandó al 2” de infantería del Mississippi, 1861-2, etc. integró el flanco izquierdo de Stonewel Jackson en aquella parada del 1” Manassas; tenemos una cita de James Longstreet, su superior, escrita después de la 2” Manassas. Construyó el primer ferrocarril de nuestro país, escribió unos cuantos libros, hizo la gira europea de su tiempo, murió en un duelo y el condado erigió una efigie de mármol que aún se encuentra en el Condado de Tippah. Nuestro lugar de origen aparece en los mapas más grandes: un villorrio llamado Falkner, ubicado inmediatamente debajo de la línea que marca el ferrocarril de Tennessee.

Lo primero que recuerdo del nombre es que ningún forastero parecía capaz de pronunciarlo cuando lo leía, y que una vez pronunciado se escribía con el añadido de una “U”. Y a mí me parecía que todo el mundo estaba tratando de cambiarlo, y a menudo haciéndolo. Cuando comencé a escribir, aunque en esa época creía estar haciéndolo por pura diversión, tal vez tenía ambiciones y no quería aprovechar el renombre de mi abuelo, por eso acepté la “u” agradecido de esa manera fácil de distinguirme. Acepto ambas formas. En Oxford (donde vivía el novelista) no suelo llevar la “u” sino en los libros. Lo anterior es la versión paterna y materna de por qué le devolví al apellido la “u” que mi bisabuelo, siempre un poco impaciente con la gramática y la ortografía, le había retirado. Desconozco la verdadera razón que me llevó a tomar tal decisión. Sencillamente me pareció que una vez alejado del Mississippi mi apellido se completaba con esa “u”, lo quisiera o no. Continúo pensando que el asunto no tiene importancia y ambos apellidos me parecen bien”.

A mí me parece que sí tiene importancia. En español una u más o menos parecería no tener la más mínima validez, aunque una sola letra puede alterar definitivamente un nombre, pero en inglés una letra y sobre todo una vocal cambian totalmente una pronunciación, sobre todo en un nombre que mal pronunciado puede parecer obsceno. Además, regresar al apellido del bisabuelo, personaje mítico que deambula por todos sus libros obsesivamente, es retomar la descendencia y aceptarla, al tiempo que se va forjando un nombre que el propio bisabuelo ha rechazado. En varias novelas los personajes de Faulkner se cambian los nombres, por ejemplo en la ya mencionada Luz de agosto, donde la familia Burrington, que emigra hacia el sur, se cambia el apellido por el de Burden, que en español significa peso. Ese cambio es en sí mismo alegórico como la luz espectacular que alumbra los momentos más intensos de la novela. Otro de los personajes, Joe Christmas, el asesino de la señorita Burden, es un blanco con un tercio de sangre negra, invisible a primera vista, pero que los perspicaces y violentos blancos adivinan y reiteran al pronunciar ese apellido; para ellos absolutamente pagano. Joe Christmas es sospechoso de negrura, sólo porque su apellido evoca a Cristo y a la blancura impoluta de la Navidad. Su falta de nombre y su deseo de reiterar uno que le ha sido impuesto, casi como apodo, explican en parte su no pertenencia a ningún mundo y justifican su errancia antes de regresar a su lugar de origen donde encontrará, como debe de ser, la muerte y, en melodramática y dickensiana conclusión casi telenovelada, la explicación de su procedencia. 

Faulkner sabe muy bien quiénes son sus ancestros, no sólo lo sabe sino que lo reitera al desprenderse de una letra que lo liga demasiado a un pasado. Para poder mirarlo con objetividad recoge al paso una “U”. Quizá parezca exagerado. No lo es, si se tiene en cuenta que Faulkner vive en el mundo de los nombres, es decir, en el mundo bíblico, en el que, tenaz y fatigosamente, cada generación se representa por su nombre, y en el que, sólo Dios tiene un nombre prohibido que no se ha de pronunciar en vano. 

 La distancia con que el novelista contempla la historia de su propia familia, a la vez una realidad histórica, le permite juzgar con objetividad impresionante una sensibilidad. Y lo que aquí se afirma tan tranquilamente es en realidad una forma de coraje especial, una de esas formas tan bien articuladas y compuestas como las que Borges elegía para fijar a alguien en la historia, aunque esta historia fuera la de una infamia. En sus libros y en su vida, Faulkner mantuvo una conducta ejemplar, definiendo sin miedo y con constancia una visión sobre un mundo desmesurado y violento sin permitir que la violencia apenas lo tocase, aunque ella fuese la materia misma de las muy diversas formas de su historia personal y de la otra historia, escondida y ramificada por los caminos polvosos del Sur donde hasta los blancos llevaban los zapatos en la mano para no gastarlos, pero en donde el orgullo no estaba en la desgracia de la degradación sino en la procedencia racial, en la limpieza de sangre, profundamente sospechosa y maculada como la misma Navidad. No en balde Joe Christmas, aparentemente tan blanco como sus perseguidores, es linchado por su conducta, sólo explicable si en su sangre lleva la impureza y la constatación de la blasfemia, reiteradas en su nombre.

Faulkner nació en un pueblo de Mississipi llamado Ripley y no puedo dejar de hacer una asociación con el “Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y simplificada la historia, asegura Borges, negando toda literatura realista, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido, casi infinito de biografías de un hombre, que destacaran hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo”. A Faulkner se le pasó la vida tratando de escribir la misma historia desde esos miles de ángulos mencionados por Borges. Basta leer solamente dos de sus obras más significativas: Luz de agosto y Palmeras salvajes (la última traducida por Borges a finales de los treintas y publicada por la Editorial Sudamericana en 1940) para darse cuenta de que la obsesión es pareja o forma pareja con sus personajes. En ambos relatos se entrecruzan dos historias: la historia de una mujer embarazada que peregrina por el sur y la huida de un negro perseguido por los blancos pobres, esa basura organizada por el Kukuxklan instaurando repetidas veces el fascismo en los estados del sur, de dónde provenía Faulkner y que revive de manera ominosa hoy en épocas nefastas. Y esa obsesión, nacida, según propia confesión del novelista–granjero, de una imagen entrevista una tarde de agosto, bajo la luz espectacular y magnífica de un atardecer en Mississippi, se amplía y se unifica hasta convertirse en parte de otras historias repetidas, desde cuyos ángulos el escritor trata de reconstruir una historia personal y una historia nacional, hechas siempre de esas minúsculas facetas esenciales que determinan una forma de ver la verdad, una sola forma repetida y diversa que constituye un intento desesperado por entender algo. Y en ese esfuerzo por entender se pasa la vida y también la escritura. 

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Nota a pie

Faulkner nació en Ripley, Mississipi: no puedo dejar de asociar el nombre de esa localidad con el de uno de sus contemporáneos, el famoso caricaturista Robert L. Ripley, quien se convirtiera en una celebridad por coleccionar en sus columnas periodísticas, y, luego en museos de cera, las noticias más asombrosas y menos creíbles del mundo, agrupadas bajo el nombre de Aunque no lo crea ni Ripley.

© Imagen de portada Walker Evans.

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Margo Glantz  (Ciudad de México, 1930) es  escritora, ensayista, crítica literaria y académica, además de una gran lectora y viajera. Sus obras nos invitan a recorrer un mundo amplio en el que aparecen temas como el erotismo, la sexualidad y el cuerpo, además de la migración, la memoria y la propia escritura. Su curiosidad es infinita, de ahí su trabajo y su experimentación con nuevas formas de expresión digitales y en red. Ha recibido una gran cantidad de reconocimientos. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y  Premio Nacional de Ciencias y Artes.