Un chant d'amour

Silvia Gruner

 

Si esos tres personajes que se alternan detrás de un muro atravesado por un pequeñísimo orificio fueran presos o lo estuvieran… Y cuando digo presos entiéndaseme bien, me refiero a encarcelados, tras las rejas, despojados de sí mismos y del mundo… quizás nos encontraríamos ante aquella única creación cinematográfica de Jean Genet: Un chant d’amour.

 

Pero no, estos no son aquellos.

 

Y sin embargo, ¿os acordáis de aquellas imágenes? Esos dos presos presas a su vez del deseo. Un deseo tan potente que atraviesa el muro y sale expulsado en forma de humo a través de un pequeño orificio que atraviesa la pared que divide las celdas. Y el policía voyeur que ejercita el poder del ojo o de la violencia que participa de lo mismo.

 

Seguro recuerdan aquellas poderosas imágenes: el ramillete de flores balanceado por una cuerda de una ventana a otra por fuera de los muros de la cárcel; aquél deseo inmenso a punto de explotar, latente bajo las telas burdas de los trajes de los presos; la pajita, el pitillo o el popote (como lo queráis llamar) que expulsa el humo del cigarrillo o la expresión del deseo como prolongación del cuerpo ausente, quizás metáfora del efluvio sexual y seguro también recuerdan el cañón de la pistola del policía en la boca del condenado: la manifestación de impotencia de quien –a pesar de la fuerza y aunque para él no haya muros infranqueables- no consigue participar en los juegos del deseo, la plenitud no lo alcanza.

 

Una de esas pequeñas joyas filmográficas. Seguro ya la han recordado. Bien, ahora que lo han hecho deberán olvidarla. Borrarla. Delete.

 

Olvídenla un instante para poder recordarla de nuevo. Para que más tarde nos la traiga la pieza que Silvia Gruner realizó como homenaje a “Un chant d’amour” de Genet. Pues finalmente ha sido la suya -la de Gruner (2004), que se titula igual- la que ha irrumpido a destiempo.

 

Volvamos al inicio… “si esos tres personajes fueran presos” quizás la pieza hablaría del deseo, pero no lo son. A menos que consideremos el cuerpo como cárcel (y eso sería -aún en estos días- demasiado cristiano). Digamos junto con Blanchot que “sin la prisión, sabríamos que ya estamos todos en prisión”. Y eso es lo que Gruner en primer lugar borra: el espacio carcelario. Una vez que ese espacio se ha desvanecido y queda desnuda de sí la condición de apartado, otras mutaciones tienen lugar.

 

La segunda de esas mutaciones es que a la pareja masculina se suma la presencia de una mujer. Ya no son dos los personajes que aparecen a uno y otro lado del muro, sino tres. Y ahí podría surgir una pregunta: ¿acaso lo múltiple se reduce a dos? Y una respuesta: quien dice dos no hace más que repetir Uno (la unidad dual). Aunque se trace una figura triangular el resultado es el Uno, y ahora veremos porqué.

 

Un deseo desdoblado, duplicado, es decir dos seres deseantes: uno a cada lado de la pared. A un lado del muro el perfil de un hombre anhelante, que espera, que quiere entregarse y solo encuentra la imposibilidad. Del otro lado del muro otro perfil (el de una mujer o el de un hombre: otro o el mismo) se queda al límite de la caricia, del beso, y solo alcanza a exhalar una bocanada que atraviesa el muro, que respira como un conducto nasal. Curiosamente duchampiana de esa exhalación llegará primero el aliento: la huella cálida y perfumada de un ser ciego para sí, invisible para el otro.

 

Y ahí la tercera mutación: a diferencia del film de Genet, aquí el ojo pierde protagonismo. No sólo porque desaparece la mirada del voyeur como figura de autoridad y se traslada a la del espectador, sino porque los rostros de los personajes están abstraídos de la imagen de sí y de la del otro: narcisos ante un espejo opaco que no les regresará su imagen. Siempre los vemos de perfil y casi siempre tenemos la sensación de que sus ojos permanecen cerrados. A veces apenas alcanzamos a percibir sus labios y parte de la nariz.

 

No hay intercambio visual, no existe la tensión de la mirada, salvo la del propio espectador que recibe -casi pasivamente- la imagen de un intercambio de alientos. Un espectador que podría ser inhalado, besado, aspirado por esos labios ávidos. A pesar de que no hay sexo como tal, sino puro anhelo, hay ahí algo que erotiza, que hipnotiza, pero que está más allá del poder del ojo.

 

Quizás porque la mediación erótica del humo viene cargada con la infralevedad del ser que “desemboca” al otro lado del muro por medio del delgadísimo conducto, o su negación: el chicle con el que uno de los personajes “clausura” la obertura: el poro por el que se da el intercambio de respiraciones: ambas expresión de una enorme potencia vital.

 

Pero, ¿qué buscan cada uno de los personajes? Al parecer lo que ahí se busca es alcanzar al otro: franquear el muro, “salirse” de sí. Franquear el límite del sí mismo y en cierto sentido, quizás inconsciente, abandonarse, dejar de ser: recibir al otro, o lo que del otro pueda llegar como forma de aliento. Sin embargo, ese intento de otredad resulta vano y termina estrellándose en los muros y quedándose atrapado en su misma mismidad. Quizás ese anhelo del otro, de desprenderse del sí mismo en su fracasar triunfa, tal como Blanchot nos dice: el ‘yo’ no se pierde porque no se pertenece. Por lo tanto, solo es yo como perteneciente a sí mismo, y por ende como siempre ya perdido.

 

En el silencio “mortuorio” de la pieza, que no es el de la muerte como fin sino advenimiento continuo de lo “sin fin” como agonía del ser, quizás también aquello habla desde ese no tiempo, desde ese no lugar de la muerte, desde esa imposibilidad. Y en ella, la cámara no realiza más que un continuo transcurrir del fragmento, de la fragmentación a la fragmentación de un personaje a otro (indistinto) separados por un muro. Y recordemos una vez más a Blanchot cuando dice: “signo de una coherencia tanto más firme que debiera deshacerse para ser alcanzada, no siendo un sistema disperso, ni tampoco la dispersión como sistema, sino el despedazamiento (el desgarrar) de lo que nunca ha preexistido (real o idealmente) como conjunto ni podrá juntarse en alguna presencia ni podrá venir. Espaciamiento de una temporalización que tan solo se aprehende –engañosamente- como ausencia de tiempo”.

 

Lo que finalmente encontramos en esta experiencia “estética” o como prefiráis llamarla: acto por medio del cual se hace visible lo invisible, revelación, es ese afán de ser en el espaciamiento: el eterno transcurrir del fragmento que sin querer somos

 

¿infinito limitado, eres tú?, pregunta Blanchot y aún seguimos buscando la respuesta...

 

María Virginia Jaua

Una versión de este texto apareció publicada en Salonkritik

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El trabajo de Silvia Gruner acaba de ser objeto de una amplia revisión en un solo show en Americas Society y próximamente se presentará en el Museo Amparo de Puebla.

Publicado el 2016-07-23

Máquinas de visión

Sección "curada" en la que se presentan obras audiovisuales y con la que se busca activar el dispositivo propio de las imagen-movimiento. Las cuales por su condición técnica son las que mejor podemos "reproducir" y proponer al lector, manteniendo cierta fidelidad.