The End

Artavazd Peleshyán

The End (1992), del director Artavazd Peleshyán (Guiumri, Armenia, 1938), es la pieza que hemos elegido para despedir el 2018 y para continuar con las lecturas de las relaciones entre texto e imagen en movimiento. En este caso, lo textual se reduce a una sola palabra, el título que aparece al final, que define la pieza y también ese momento: fin. 

Se trata de un film claro, una metáfora evidente sobre el tiempo y la vida, que juega con el retrato, con lo que observa quien emprende un viaje y no espera más que lo que el propio viaje ofrece: tiempo y movimiento experimentados. Es un trabajo total, construido por imágenes que se van sumando para crear una pieza coral e indivisible. 

Como en otros trabajos de Peleshyán, Fin es un poema que propone una idea y una concepción sobre el cine y lo que éste significa, sobre la proyección y lo que circula: una máquina que da vueltas y proyecta tiempo y luz. La película propone un movimiento circular que se convierte en ventana y pantalla, una práctica de montaje que acumula imágenes y ritmos como si fueran palabras y frases sueltas que articulan el concepto del montaje a distancia que creó el cineasta armenio. 

Por otra parte, el film evoca momentos de otras películas y transmite sensaciones a través de imágenes y sonidos en los que la luz se disuelve y vuelve, se atrapa y escapa, como la marca húmeda que empaña una mesa de vidrio y desaparece por arte de magia en El espejo de Tarkovsky o el sonido de tren que nos transporta a los orígenes del cine y su historia. La marca que se desplaza a un ritmo maquinal de piezas giratorias, que acepta su condición esencial de road movie

La pieza de Peleshyán es un poema con un principio y un fin pero a la vez tiene la cualidad de verse en loop y volver a empezar, ir hacia adelante o hacia atrás. Se trata también de un trabajo que nos ayuda a despedir y saludar un año más, con la sensación de que “todo comenzó por el fin”, si evocamos el título del excelente documental de Luis Ospina. El “fin” se convierte en una promesa y al mismo tiempo en una paradoja, ya que todo comenzó cuando se hizo la luz y es esa misma luz la que nos deja encandilados: cuando hay en demasía, somos incapaces de ver, la luz nos envuelve en un inmenso vacío blanco.

“¿Acaso Fin es un film sobre la muerte?” —le preguntó Scott MacDonald a Artavazd Peleshyán en una entrevista en el año 2012 (1). A lo que Peleshyán contestó: “No, este film es también sobre la vida. Es sobre el hombre, el tiempo, sobre lo eterno y lo temporal; es sobre el cambio. Antes de que terminemos, me gustaría aclarar algo sobre el montaje a distancia. El montaje a distancia y los efectos que crea son envolventes, como una esfera. No es un montaje lineal, es esférico. Está en continuo movimiento. Si encuentro el sistema y lo construyo correctamente, éste va a funcionar y evolucionar en dos sentidos: irá desde el principio de la película hasta el final y se creará un efecto espejo: también puede ir en sentido opuesto.”

Fin como canto de ida y vuelta, como el cine, como un tren, como el año que vuelve a comenzar en donde el otro termina: “todos conocemos el tiempo. Es como una bacteria que poco a poco nos consume. Creo que el montaje a distancia destruye esa bacteria y se acerca al tiempo absoluto.” (2)

A partir de esta concepción del tiempo circular, despedimos un ciclo para saludar y dar la bienvenida a uno nuevo que inicia. 

Texto Ángela Bonadíes

Notas: 

(1) http://www.movingimagesource.us/articles/going-the-distance-20120106

(2) Ibidem.